Quizás hace unos años usted era de los que se preguntaban cómo había sido posible que un país como Alemania fuera el escenario del nacimiento y desarrollo de una de las más abominables obras humanas. Quizás usted se escandalizara en su momento con las explicaciones sobre los campos de concentración y de exterminio nazis, y con el proceso que condujo a que millones de personas consideradas «seres inferiores» fueran masacradas sin contemplaciones. Al mismo tiempo, puede ocurrir que usted sea hoy de los que justifica que se organicen persecuciones y linchamientos contra la población extranjera en alguna localidad española. No se me escandalice, pero, si esto es así, usted ha dado el primer paso en el proceso mental que, en poco tiempo, puede llevar a justificar crímenes como los cometidos por los nazis.
Las líneas argumentales que están utilizando los sectores más reaccionarios del panorama político español ante el fenómeno de la inmigración son evidentes y, lamentablemente, efectivos. Eso es así porque las proclamas racistas no se proclaman en el vacío, sino en un contexto social y político en el que ya han operado previamente otro tipo de mensajes que favorecen la penetración de discursos cada vez más desquiciados.
No es ningún secreto que hay sectores que han decidido hacer carrera mediática, política o empresarial mediante la utilización descarada de los miedos de la población. Hay publicaciones que han hecho de ello su razón de ser, recurriendo al sensacionalismo más ramplón con el objetivo de poner en la diana a sectores concretos de la sociedad, generando con sus exageraciones y desinformaciones interesadas un clima de preocupación que cala muy eficazmente en determinados sectores de la población que, en general, no conocen a nadie que haya sufrido los problemas que les preocupan, pero sí, invariablemente, a «alguien que conoce a alguien».
El fenómeno de la «okupación» es un caso claro de cómo opera este tipo de discursos, hasta el punto de que se está naturalizando el fenómeno de que existan empresas dedicadas no ya a llenar las casas de cámaras y sistemas de alarma, sino a desalojar por la fuerza a cualquiera que haya sido acusado de residir ilegalmente en una vivienda. El miedo a que a uno le ocupen la vivienda mientras sale a por el pan opera, y mucho, en amplios sectores de la población. Y ese miedo ha sido fomentado y alimentado ampliamente.
Lo mismo ocurre con la población extranjera, hacia quien se dirigen ahora los cañones de la propaganda reaccionaria. Lo que hemos visto recientemente en Torre-Pacheco nos muestra con mucha claridad por dónde van a discurrir las consignas del enemigo en el futuro próximo. Una de las más llamativas es la que se esfuerza por caracterizar como lumpen a la población inmigrante. Sin medias tintas. Realmente cuesta saber qué es más preocupante, si el uso alegre del término lumpen o el desconocimiento de la realidad en que vivimos, pero esto está operando eficazmente y está llegando a sectores que dicen estar politizados en el marxismo.
Para esos que dicen ser comunistas y compran los argumentos ajenos, cabe un amigable recordatorio de que lo primero que un comunista debe preguntarse cuando quieren convertir a alguien en su enemigo es si explota o está explotado. Y luego ya todo lo demás, pero antes es necesario conocer si esa persona a la que quieren que te enfrentes es de los tuyos o no. Porque si es de los tuyos, si es de los explotados, hay que hacer todo lo posible para unirlo a nuestra lucha común contra los que nos explotan a ambos, que son, casualmente, los que más se benefician de nuestro enfrentamiento, de explotar nuestros miedos y de hacernos creer que vivimos en una realidad en la que ellos son los «buenos» y todos los demás somos poco menos que seres inferiores.