En los últimos años se ha instalado la idea de que vivimos una época de fuerte polarización social. Se habla de bloques irreconciliables, de sociedades partidas en dos, de tensiones máximas. El término se repite en tertulias, informes y editoriales como si describiera una verdad evidente. Sin embargo, conviene detenerse un momento y preguntarse qué tipo de polarización es esa y entre quiénes se produce. Porque no toda polarización es igual ni toda confrontación es socialmente relevante.
Lo que hoy se presenta como polarización es, sobre todo, un conflicto entre élites. Son discusiones entre distintos bloques de la clase dominante sobre cómo gestionar el Estado, cómo repartirse los recursos o cómo orientar determinadas políticas. El enfrentamiento, la mayoría de las veces, es entre proyectos distintos de acumulación y de gestión capitalista, pero, en lo esencial, nadie discute la base material del sistema. El trabajo sigue subordinado al capital, la propiedad privada de los medios de producción permanece intacta y la explotación se da por sentada.
Eso no es polarización social profunda: es competencia entre burgueses, y tiene poco que ver con los intereses reales de la mayoría social.
La polarización de la que se habla no atraviesa la estructura de clases, sino que se despliega dentro de la clase dominante, y la mayoría trabajadora aparece, en el mejor de los casos, como público, como masa a movilizar tras intereses ajenos. Se nos pide que tomemos partido, pero no se nos permite definir los términos del conflicto. Participamos en multitud de disputas que no son nuestras.
Conviene ir nombrando el antagonismo fundamental de nuestra sociedad: quién vive de su trabajo y quién vive del trabajo ajeno. Cuando esa línea se hace visible, el debate deja de ser cultural, identitario o moral y se objetiva. Aparecen preguntas incómodas: quién decide, quién se beneficia, quién paga las crisis, quién acumula y quién pierde. Sin hablar de estas cuestiones, toda discusión política o social no es más que ruido.
Por eso resulta tan funcional al sistema hablar de polarización sin hablar de clase. Se construyen enfrentamientos laterales —territoriales, culturales, generacionales, simbólicos— que fragmentan a la clase trabajadora y la mantienen ocupada en batallas secundarias. Se fomenta la identificación con bandos que no cuestionan la explotación, pero que tratan de canalizar el malestar creado por el mismo sistema que defienden.
Los debates entre distintas secciones de la burguesía se presentan como grandes dilemas que nos afectan a todos: más o menos Estado, más o menos impuestos, más o menos regulación. Pero rara vez se discute para quién se gobierna. Las fuerzas de la socialdemocracia y las fuerzas liberales y conservadoras pueden enfrentarse con dureza en el plano discursivo, pero coinciden en lo esencial: preservar el marco económico que garantiza la acumulación de capital.
En ese contexto, la ausencia de debates en términos de clase no es casual. Es el resultado de un trabajo ideológico constante. Se despolitiza la economía, se tecnifica el conflicto y se presenta la explotación como una consecuencia inevitable de leyes impersonales. Se habla de «tensión social» sin señalar su origen. Se habla de «división» sin identificar a quienes se benefician de ella.
Cuando no se habla de intereses de clase, la política se convierte en un espectáculo en el que nuestro papel es asistir pasivamente al final de cada función, al cambio de intérpretes o a las modificaciones de guión. Cambian los discursos, pero no las relaciones de poder. Se alternan gobiernos, pero no se altera la base económica. La mayoría obrera puede sentirse interpelada, incluso movilizada, pero su situación material no cambia.
Introducir en la política los intereses de clase no significa simplificación ni consignas vacías. Significa claridad. Significa reconocer que los intereses de quienes viven de su salario no coinciden con los de quienes viven de las rentas. Que no hay conciliación posible entre explotados y explotadores. Que los conflictos reales no se resuelven con mejores relatos, sino con organización y lucha.
Sin hablar de las clases y de sus intereses, la política queda reducida a una pelea de cúpulas partidistas y de aparatos mediáticos. En cambio, al introducir el criterio clasista en los debates políticos, sociales y económicos, se abre la posibilidad de una confrontación real, capaz de transformar algo más que el tono del debate público. Todo lo demás puede parecer intenso, pero es superficial.