ERE en Teka España

En junio de 2024 se anunciaba la compra del grupo de electrodomésticos Teka por parte de la multinacional china Midea. El holding Heritage B, accionista alemán que controlaba Teka desde abril de 2019, alcanzaba un acuerdo para transferir la propiedad de la histórica firma a este gigante industrial chino.

Un mes después de la operación, algunos miembros de la célula del PCTE de Santander se reunieron con representantes del comité de empresa de la planta de Santander. En aquel momento, la representación legal de los trabajadores observaba la compra con cierta esperanza: venían de un periodo prolongado de incertidumbre y la dirección de la empresa aseguraba que la adquisición no supondría problemas, argumentando que Midea ya operaba en Asia en el mismo sector.

El comité de empresa ni siquiera contemplaba entonces que, apenas un año y medio después del traspaso de la propiedad a Midea, Teka anunciara su intención de iniciar un procedimiento de despido colectivo por supuestas causas «productivas y organizativas». Un ERE que afectaría también a las plantas de Zaragoza, Alcalá de Henares y Madrid, así como a distintas delegaciones comerciales. Un auténtico varapalo para cerca de 580 trabajadores, que afrontan las navidades con el futuro laboral en vilo y el temor real a perder su empleo.

El reciente anuncio del ERE nos remite inevitablemente al año 2012, en plena crisis capitalista mundial, cuando la dirección de Teka comunicó un nuevo expediente de regulación de empleo que suponía el despido de 198 trabajadores de la fábrica de Santander, prácticamente la mitad de una plantilla que entonces contaba con 415 personas. La empresa justificó aquella decisión alegando «el descenso de la demanda provocado por el desplome del sector de la construcción y la crisis económica general».

Finalmente, el ERE se tradujo en una rebaja salarial de entre el 6,5 % y el 10 % para el conjunto de la plantilla y en una reducción del número de personas afectadas, que pasó de 198 a 171. De ellas, 107 serían recolocadas en la empresa belga Nestor Martin, que pretendía instalarse en Cantabria con la mediación del Gobierno autonómico presidido entonces por Ignacio Diego (PP). Del resto de trabajadores incluidos en el expediente, 36 fueron prejubilados, 13 externalizados a empresas de servicios vinculadas a Teka, 27 permanecieron en Teka Industrial y 15 perdieron definitivamente su empleo.

Aquel ERE ya se saldó de manera cruel, pero aún quedaba un último episodio, todavía más despiadado, de violencia contra la clase trabajadora: una auténtica estafa fruto del conchaveo entre empresarios y el Gobierno de Cantabria. Los trabajadores recolocados en Nestor Martin fueron obligados a ceder cerca de 3,5 millones de euros —entre 30.000 y 40.000 euros por trabajador, de media— procedentes de los finiquitos que les correspondían tras su despido de Teka. Ese dinero fue directamente a manos de los inversores, que por su parte apenas habían aportado unos 3.000 euros de capital para la creación de la nueva sociedad. A esos 3,5 millones procedentes de los trabajadores se sumarían otros 18 millones de euros de dinero público.

Tres años después de esta inyección de fondos, Nestor Martin entró en concurso de acreedores. Posteriormente, tras varios ERTE, que fueron consumiendo mes a mes las prestaciones por desempleo de unos trabajadores que habían financiado de su propio bolsillo la puesta en marcha de la planta, la fábrica cerró definitivamente en septiembre de 2015. Se consumaba así una estafa en toda regla contra la clase trabajadora.

Lejos quedaban ya los años en los que Teka había sido un baluarte de la industria en Cantabria. Desde que, a mediados de los años sesenta, sus propietarios trasladaron la sede desde Alemania a Santander, la empresa experimentó una fuerte expansión internacional, adquiriendo otras compañías e instalando fábricas en distintos continentes. Teka utilizó el deporte como herramienta de proyección de marca: patrocinó el Club Deportivo Teka de balonmano, campeón de Europa; un equipo ciclista vencedor de la Vuelta a España; y fue la primera empresa en patrocinar una camiseta en el fútbol español, la que lució el Racing de Santander en 1981 frente al Real Madrid. Posteriormente, sería el propio Real Madrid —tanto en fútbol como en baloncesto— el que llevaría la publicidad de Teka por todo el mundo.

En un contexto global marcado por la intensificación de los procesos de concentración y centralización del capital, en el que las marcas de electrodomésticos han ido quedando en manos de conglomerados empresariales cada vez mayores, Teka no ha sido una excepción. El grupo Teka Industrial emprendió una reordenación de las sociedades que lo componían, rebautizando el holding como Heritage B y trasladando su sede a Suiza. Este grupo, además de su actividad en los sectores de los electrodomésticos, la cocina y el baño, desarrolla también la fabricación de contenedores industriales de diverso tipo —incluidos barriles de cerveza—, ámbito en el que llegó a situarse como primer productor mundial.

Cien años después de su nacimiento, en 1924, ligado inicialmente a la fabricación de maquinaria agrícola, Teka iniciaba un nuevo siglo integrada en el gigante chino Midea, una multinacional tecnológica que cotiza en bolsa, cuenta con más de 190.000 empleados en todo el mundo y que cerró el ejercicio de 2023 con una facturación de 48.000 millones de euros. Sus actividades abarcan los electrodomésticos, los sistemas de aire acondicionado, los servicios y componentes industriales, así como la robótica y la automatización.

Tras el anuncio de este nuevo ERE, resulta esclarecedor repasar la nota de prensa de Teka anunciando la operación de compra-venta, en la que su CEO aseguraba que formar parte de Midea «fortalecería la competitividad de la compañía en un mercado cada vez más complejo y dinámico (…), asegurará un futuro prometedor para la empresa y sus marcas». Uno de los aspectos más importantes, señalaba, es el propósito del grupo Midea, «Humanizing Technology», que estaría «muy alineado con la convicción de Teka de centrar el desarrollo de la tecnología en las necesidades del cliente con el máximo respeto por el medio ambiente».

Los grandes olvidados son los cerca de 4.000 trabajadores y trabajadoras de Teka en todo el mundo. Para ellos no hubo comunicados grandilocuentes ni promesas de «futuro prometedor». Su realidad es otra muy distinta: expedientes de regulación de empleo, cierres de plantas, deslocalizaciones y una creciente precarización de las condiciones laborales. Lo que se presenta como una alianza estratégica orientada a la «competitividad» no es más que un episodio más del proceso de concentración y centralización del capital propio del sistema imperialista contemporáneo.

La integración de Teka en un gran conglomerado monopolista como Midea responde a la lógica descrita por Lenin: el dominio de los monopolios y del capital financiero, la exportación de capitales y el reparto económico de un mundo ya repartido. Bajo el barniz del marketing corporativo y la retórica de la innovación sostenible se oculta la esencia del imperialismo: maximizar la ganancia monopolista reduciendo costes laborales, sacrificando empleo y sometiendo a miles de trabajadores a los dictados de una oligarquía empresarial cada vez más alejada de cualquier necesidad social.

Y es que los monopolios capitalistas actúan de igual forma con independencia de su bandera: chinos, estadounidenses o españoles. Por mucho que se intente presentar el modelo chino como un supuesto «socialismo de mercado», lo que prima en la realidad son las relaciones capitalistas de producción, la concentración de la propiedad, la exportación de capitales y la subordinación a los intereses monopolistas. Para la plantilla de Teka, el resultado no es ni socialista ni alternativo: es el despido.

Sin embargo, algunos sectores del espectro político promueven abiertamente la ilusión de que China representa una salida favorable frente al imperialismo occidental. No es casual que recientemente el exvicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, participara en un foro organizado en Pekín por la Academia China de Ciencias Sociales, donde afirmó que «la amistad y la cooperación con China son hoy la mejor opción si Europa quiere aspirar a un futuro de paz y prosperidad económica sostenible». Este tipo de declaraciones no son inocuas: expresan una toma de posición política que, en la práctica, invita a la clase obrera a alinearse con una u otra potencia imperialista.

La promoción de la llamada multipolaridad no es, en esencia, más que un compromiso con aquellas potencias que pugnan por mejorar su posición en la pirámide imperialista frente a las que hoy ocupan los peldaños superiores. Bajo una retórica aparentemente antihegemónica se sitúa al proletariado bajo bandera ajena, convirtiéndolo en un mero peón en el juego de las contradicciones entre capitales rivales. El caso de Teka demuestra con claridad que, para la clase trabajadora, no hay nada que ganar en esta disputa: los monopolios chinos actúan exactamente igual que cualquier otro monopolio imperialista.

Frente a esta deriva, la postura del movimiento obrero debe ser inequívoca: independencia política y sindical respecto a todos los bloques imperialistas. La solidaridad de clase no se construye eligiendo entre Washington, Bruselas o Pekín, sino organizando la lucha contra los monopolios, sean del país que sean. Defender esta posición no es una abstracción teórica, sino una necesidad práctica con consecuencias directas en la acción sindical. Implica combatir los despidos, las deslocalizaciones y las reestructuraciones desde una perspectiva de clase, sin justificar los ataques a los trabajadores en nombre de ninguna estrategia geopolítica ajena a sus intereses.