El próximo 31 de enero los CJC celebraremos nuestro XII Congreso, algo menos de tres meses después de que el PCTE celebrara el propio, sin el cual no es posible comprender el carácter de los debates que van a tener lugar. Esto no es una consigna: la centralidad revolucionaria, que no es un principio decretado sino una conclusión histórica, implica que la Juventud Comunista es una organización del Partido, con particularidades, pero subordinada a la dirección única y neurálgica. Por eso, nuestro Congreso es un momento —el de la concreción juvenil— de todos los debates y desarrollos que ha habido en la política partidaria en los últimos años y que desembocan en las tesis del III Congreso, celebrado este mes de noviembre.
El II Congreso del PCTE fue el de la aprobación del Manifiesto Programa, que los CJC concretamos a nuestra propia realidad a través de un anexo en el que se fundamentaba el carácter de escuela y correa de transmisión de la Juventud Comunista. Escuela, porque la particularidad juvenil hace que una organización específica, pensada para el aprendizaje teórico y práctico del comunismo, sea central en la preparación revolucionaria de las nuevas generaciones. Correa de transmisión, porque, a través del encauzamiento y la presencia en los espacios de vida de la juventud obrera y popular, es tarea esencial de todo joven militante hacer de la política del Partido una práctica concreta. Todos esos debates de fondo desembocaron también en una hoja de ruta de la cual se rinden cuentas en este Congreso.
El III Congreso del Partido es la demostración de los aciertos y de la claridad en el método que nos permite enfrentar también las debilidades. El Manifiesto Programa recuperó la estrategia y el programa propio e independiente. Pero la propia historia de nuestra tradición —su desenvolvimiento en condiciones históricas concretas, sus aciertos y sus errores— se enfrenta con método, crítica y práctica militante. Si el Manifiesto Programa recupera la actualidad de la revolución y, por tanto, su organización y preparación como tarea presente, esto exige una vinculación concreta con las tareas del Partido. Eso es el III Congreso del PCTE, en el que se ha profundizado en cuestiones vinculadas a la intervención de masas y al modelo de Partido, aunque para profundizar en ello existen diversos artículos en este mismo medio que recomiendo leer.
En lo que respecta a los CJC, nuestro XII Congreso es una proyección juvenil de los debates del III Congreso, tanto en lo interno como en lo externo. En lo interno, por un lado, se trata de profundizar en una mayor subordinación al Partido, al calor del propio proceso de desarrollo y crecimiento partidario, y de sistematizar los canales y formas organizativas de dicha centralidad. Por otro, este necesario aumento de la dirección partidaria facilita enfocar mejor nuestra tarea fundamental: el aprendizaje. En otras palabras, hacer de los CJC un espacio de irradiación de una cultura bolchevique que, a través de la promoción de una práctica política concreta, desarrolle y asiente formas de comprender la militancia basadas en el aprendizaje, la camaradería, la disciplina consciente y la responsabilidad colectiva y democrática.
Todo esto lo planteamos con una clara vocación exterior. Si la tarea presente es la revolución, mirando solo hacia dentro no avanzamos. Toda cuestión organizativa está vinculada al criterio de operatividad revolucionaria: la unidad política del proyecto revolucionario como cuestión estratégica clave; la funcionalidad de la estructuración organizativa particular de la juventud; la amplitud y laxitud de sus fronteras; y su propio carácter de escuela y espacio de preparación para la militancia en el Partido.
Por eso, la máxima de los CJC como escuela se sostiene sobre la noción de sintetizar la figura del agitador y la del cuadro obrero en el tribuno popular, el militante bolchevique. Por ello, todo debate de clarificación y desarrollo está vinculado a una propuesta de trabajo concreta respecto a cómo nos estructuramos en cada ámbito y lugar —en los barrios, en institutos y universidades y, fundamentalmente, en los centros de trabajo— y a qué camino aspiramos a seguir para organizar a la juventud trabajadora en ellos, a través de una práctica que estimule el combate y de un modelo de organización que facilite y promueva las condiciones para que la clase obrera retome sus herramientas de lucha y vuelva a hablar con voz propia en la historia.