Groenlandia y el ocaso de la OTAN

En los pasillos de Bruselas, 2026 comenzó con euforia. Estados Unidos bombardeaba Venezuela y secuestraba a Nicolás Maduro. Irán se sumergía en una espiral que bien podría anunciar la siguiente «revolución de colores». Saquen el confeti: no se preocupen, todo está bajo control.

Tras décadas de práctica, el mecanismo está bien engrasado. Washington enuncia un relato: cárteles imaginarios, un surtido variado de afrentas contra los derechos humanos y la democracia, la posesión del tipo de arma que surja o el apoyo al grupo terrorista de turno. La Unión Europea, por su parte, se hace eco. Estados Unidos ataca. La Comisión Europea responde con un vago comunicado repasando principios generales del derecho internacional. El águila calva cede migajas y la hidra europea apacigua sus objeciones. ¿Para qué improvisar, si funciona?

Pero 2026 interrumpe de forma abrupta el plácido sueño de previsibilidad y estabilidad de los burócratas de Bruselas. Esta vez, el objetivo son ellos. O, mejor dicho, la posesión colonial danesa de Groenlandia. Peor aún, no hay relato: sólo amenazas. ¿Cómo se atreven estos yanquis?

Más allá de las formas, poco hay de nuevo. Desde 1867, Estados Unidos ha intentado comprar Groenlandia en cuatro ocasiones y llegó incluso a presentar una oferta formal en 1946. No se trata de la última payasada de vanidad de Trump, sino de la vieja y sempiterna normalidad de las relaciones internacionales bajo el imperialismo.

Es posible que, de tanto repetir lugares comunes sobre el imperio de la ley y el orden basado en reglas, algunos dirigentes europeos hayan perdido la capacidad de distinguir entre la realidad y su construcción ideológica. Democracias frente a autocracias; el orden liberal frente a quienes lo niegan; o, desde el bando contrario, la multipolaridad frente al Norte global. No hay que negar el poder aglutinador de la buena retórica, siempre que se entienda que la ideología justifica los intereses, no los crea. A posteriori, no a priori.

La UE se presenta ante el mundo como el último creyente del antiguo credo liberal. Ya sea por convicción genuina de algún dirigente o porque no tiene nada más que oponer al poder militar de Washington. «¿Cómo me vas a atacar, si también soy una democracia?», parecen querer decir.

Porque esto nunca fue de democracias, querida Ursula. La plañidera derrama sus lágrimas, estafada una vez más por el predicador cínico que le vendió su Biblia.

Lenin advertía que era un error creer en la posibilidad del «ultraimperialismo»: la idea de un orden estable entre potencias imperialistas del mundo, capaz de explotar el mundo sin conflicto entre ellas. Los estrategas de Bruselas siguen anclados en esa ensoñación.

La fuerza internacional del comunismo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial generó, como reacción, una alianza temporal entre el capitalismo estadounidense y el europeo, no exenta de contradicciones. El precio a pagar fue doble: la renuncia a los imperios coloniales y la subordinación de la acción militar exterior a los dictados de la OTAN.

En algunos casos, esa renuncia buscaba evitar el triunfo de los movimientos de liberación nacional encabezados por la clase obrera. En términos generales, sin embargo, la independencia de los nuevos países los abría a un mercado mundial dominado por el capital estadounidense.

Sin embargo, la versión romantizada destinada al público europeo crea la ficción de una suerte de ultraimperialismo. Estados Unidos y Europa se habrían aliado para defender la democracia frente al totalitarismo. Su amor por la libertad los llevó a renunciar a los antiguos imperios. Las intervenciones militares en Yugoslavia, Iraq o Libia –entre un larguísimo etcétera– fueron presentadas como acciones punitivas por violaciones de derechos humanos. De la Red Gladio y de la represión interna mejor no se habla.

Lo peor es que los propios dirigentes europeos parecen ignorar que esta versión romantizada es una construcción ideológica, pensada para el consumo de la plebe, no una guía para la acción política. Han sustituido el proceso del duelo por un círculo vicioso de negación e ira: esto no puede estar pasando, somos democracias aliadas, ¿por qué a mí?

Pues, tal como indicaba Lenin, porque la idea del ultraimperialismo ignora el desarrollo económico desigual y la jerarquía que impone una mayor acumulación de capital. También subestima la lucha por los mercados, los recursos, las rutas comerciales y las esferas de influencia. En otras palabras, porque los límites de las relaciones entre imperialistas los marca la correlación entre subordinación e interdependencia y, en estos momentos, Trump puede y quiere.

La ruptura con Rusia ha llevado a Europa a depender enormemente de Washington en materia energética. De manera similar, aceptar definir a China como «rival sistémico» ata a Bruselas a la tecnología estadounidense. Ambos fenómenos comenzaron con la administración Biden y se consuman bajo Trump. Algunos dirán que el problema no es de las relaciones imperialistas, sino de la personalidad de un presidente. Von der Leyen, Rutte y Kaja Kallas nos llamaron a una yihad ideológica contra las autocracias, pero las armas de los «rivales sistémicos» eran bien materiales: gas natural y coches eléctricos. Cavan su propia tumba, pero con soberbia.

Y, más allá de que puede y quiere, ¿por qué Groenlandia? De hecho, Estados Unidos ya tiene un control militar efectivo del territorio. ¿Qué podría cambiar con la anexión?

Groenlandia es rica en níquel, zinc, hierro, plomo, tierras raras, oro y uranio. Sus aguas también contienen petróleo y gas natural. En los círculos cercanos a Trump sienten aversión por las barreras medioambientales que limitan la explotación de recursos, catalogadas como woke. Los monopolios mineros critican la evaluación de impacto social y la ley que impide explotar yacimientos entre los que exista uranio, como ocurrió con Kvanefjeld, donde se sospechaba que podía haber tierras raras.

Sin embargo, la ubicación y las condiciones climáticas hacen que la minería en Groenlandia resulte cinco veces más cara que en otras regiones. Incluso si se eliminan barreras políticas y ambientales, la explotación de tierras raras y su refinado no sería realidad hasta dentro de 15 o 20 años. Y no olvidemos que China, el verdadero objetivo en tierras raras, controla no solo los mayores depósitos, sino también el 90 % del procesamiento global.

Otro posible motivo tiene también bastante de hipotético: las rutas comerciales árticas. Rusia ha invertido durante décadas en puertos y rompehielos que podrían acortar en un 40 % el transporte entre China y Europa Occidental. Pero las ventajas del cambio climático favorecen menos al hemisferio occidental, típicamente más frío y con hielo más persistente.

Si los recursos y las rutas comerciales son atractivos pero inciertos, ¿el motivo real sería militar? Groenlandia forma parte del corredor marítimo GIUK y es importante para la alerta temprana frente a misiles balísticos. Pero Estados Unidos ya cuenta con la base aérea de Pituffik y, según el tratado con Dinamarca de 1951, puede abrir tantas bases como desee.

Así, a primera vista, el control de Groenlandia parece prometedor. Pero sus beneficios son dudosos. Incluso para Dinamarca, Groenlandia es un territorio fundamentalmente deficitario.

El discurso mediático se ha centrado entre poco y nada en el pueblo de Groenlandia. La propaganda televisiva europea trató de tocar la fibra sensible del espectador con reportajes emitidos en cadenas de todos los países. El mensaje era que los groenlandeses no podían dormir. Mensaje débil, si me preguntan.

El eje real es que el pueblo está privado de control sobre su propio destino. Dinamarca ha sabido mover sus fichas y los cinco partidos políticos del parlamento de la isla han acordado apoyar el statu quo durante este conflicto. Estados Unidos, por su parte, ha hecho varias operaciones de inteligencia para tratar de generar influencia. Según la denuncia danesa, el operativo buscaba crear listados de groenlandeses favorables a la toma de la isla, cultivar contactos con políticos, empresarios y ciudadanos locales y explotar divisiones existentes o crear nuevas tensiones. La visita del vicepresidente J.D. Vance en marzo de 2025 fue el pistolazo de salida a esta campaña.

La injerencia estadounidense es un ejemplo perfecto de por qué la autodeterminación, en las condiciones del imperialismo, es imposible. En todo caso, el futuro que se presenta al pueblo de Groenlandia es de más militarización, destrucción del medio ambiente, explotación de trabajadores y de recursos. Será así tanto bajo posesión danesa como estadounidense, incluso bajo una independencia formal, ya que estas no determinan lo sustancial: el poder de clase.

¿Qué podemos esperar para las próximas semanas o meses? ¿Un ataque militar? ¿Presión y entrega danesa? Es difícil saber los medios que se usarán, pero en el proceso del duelo, las autoridades danesas ya han dado síntomas de estar dispuestas a la negociación. Los dos pasos restantes son la depresión y la aceptación. La soberbia europea acostumbra a coquetear con el vasallaje, cuando de lo que se trata es de la salvaguarda militar de la oligarquía: la OTAN.

Para los comunistas, lo fundamental es que quienes sí estén preparados sean la clase obrera y el pueblo. Ninguna confianza en los Gobiernos imperialistas, ni el que amenaza con las anexiones ni la plañidera que entre lágrimas traicionará al pueblo.