La historia ha demostrado que los procesos políticos de construcción de una hegemonía en clave revolucionaria requieren grandes dosis de paciencia, además de tenacidad y firmeza. La frase que mejor lo puede sintetizar y reflejar visualmente es que, en el camino hacia la superación del caduco capitalismo, «no existen atajos». Y lo cierto es que la izquierda «a la izquierda del PSOE» lleva más de una década –aunque parece claro que su objetivo no es construir una alternativa frente al capitalismo– buscando atajos por la vía parlamentaria, intentando dar con la tecla mágica. Por ahora, lo que ha cosechado, tras su efímero paso por algunos ayuntamientos y Gobiernos autonómicos y su convulsa permanencia aún en el Gobierno central, es terminar enredada en un bucle de enfrentamientos, demostraciones de ombliguismo e infructuosos intentos de volver a forjar la manida unidad y renovar las esperanzas debacle electoral tras debacle electoral.
El pasado diciembre se produjo en Extremadura una pasajera excepción a la caída en picado que acumula ese espacio desde 2019: la coalición creció y alcanzó un 10 % de los votos (con casi un 40 % de abstención, conviene no olvidarlo). Algunos volvieron a ilusionarse. Mientras tanto, el PSOE se dejaba casi 100.000 votos, y quien más reforzado salía era Vox, que casi duplicaba sus votos de las elecciones de 2023. Ahí radica la otra cara de la moneda del declive de esa «nueva izquierda» ya poco nueva: un amplio crecimiento tanto de la resignación y el hartazgo como de la extrema derecha. Apenas una semana después de esos comicios regresaba la tónica general de los últimos años: no lograban un entendimiento en Aragón, donde este 8 de febrero tres fuerzas «a la izquierda del PSOE» concurrirán por separado, con vetos cruzados entre Movimiento Sumar y Podemos. Por suerte, habrá candidatura comunista: habrá papeletas del PCTE, la oposición obrera.
Sin ser –por supuesto– los únicos responsables, las decepciones que el espacio antes conocido como Unidas Podemos ha ocasionado en parte de la clase trabajadora que confió en la prometida vía electoral han abierto una vía de crecimiento a la ultraderecha. En un contexto mundial donde al capital le resulta cada vez más difícil seguir reproduciéndose y los capitalistas disimulan cada vez menos sus exigencias y las posiciones reaccionarias avanzan, prometer acabar con algunos de los grandes males que afectan a la mayoría trabajadora de nuestro país para luego incumplir sistemáticamente esas promesas termina pagándose.
Y España no ha sido la excepción tan clara que algunos pretenden pintar. La extrema derecha no ha llegado, por ahora, al Gobierno central, pero han sido varios los Gobiernos autonómicos donde ha participado, y no parece intelectualmente muy honesto minimizar su crecimiento a nivel social solo por el hecho de que, a diferencia de en otros países, no ha llegado a ser primera o segunda fuerza; resulta bien fácil observar el proceso de radicalización de amplios sectores de la pequeña burguesía desde 2018 en adelante.
La estrategia parece cada vez más insistente por parte de Vox: toda vez que han logrado una implantación más o menos estable en los sectores de la pequeña burguesía afectados y radicalizados por las contradicciones capitalistas –por la espada de Damocles sobre sus cabezas que supone la ley de la concentración del capital–, su margen de crecimiento puede ubicarse en sectores de la mayoría trabajadora que se ven huérfanos políticamente. El intento de los de Abascal de arraigar en barrios obreros y populares encuentra en la inmigración una cabeza de turco; la burguesía necesita desviar la atención de los trabajadores de la contradicción fundamental de la sociedad, la contradicción capital-trabajo. ¿Y qué les ha solido dar frutos? Soliviantar las pasiones chovinistas; intentar convencer de que el principal conflicto es entre naciones o etnias; señalar a los más débiles, enfrentando al último contra el penúltimo.
Frente a una socialdemocracia impotente y una reacción en auge, la gran ausente y principal damnificada es la clase obrera. Toda la acción política del espectro a la izquierda del PSOE, junto con otras transformaciones ideológicas y sociales que no son objeto de estas líneas, ha contribuido a acelerar la pérdida de músculo organizativo de la clase obrera, que ya se encontraba en horas bajas. Votar cada cuatro años, librar una batalla cultural en las redes sociales y, a lo sumo, en el caso de algunos, pegar carteles en las campañas electorales es todo lo que –para algunos– demandaba la nueva relación partidos-individuos. La figura del activista resultaba moderna, atractiva, líquida, en consonancia con los tiempos que vivimos, con los postulados filosóficos predominantes. La figura histórica del militante resultaba anticuada, asociada a partidos y organizaciones sindicales del movimiento obrero.
Y, sin embargo, una vez que descendió el soufflé, una vez que el sistema político del bipartidismo –con la ayuda de otros resortes del Estado, como cierta guerra sucia– se fue recomponiendo para garantizar que, en términos de poder, nada sustancial cambiase, el panorama que queda es una clase desorganizada, con un tejido asociativo debilitado, sin fortaleza colectiva. Y una clase trabajadora cada vez más desnortada y desarmada ideológicamente se ve enredada en falsos dilemas, presa en cada debate público de elegir entre lo malo y lo peor: entre el mal menor socialdemócrata y la reacción envalentonada.
Por suerte, la dialéctica, que nunca deja de operar, nos deja una buena noticia, un resquicio de esperanza, como reverso de la reacción, por un lado, y de la popularidad del activismo, la cibermilitancia y el seguidismo a unos u otros líderes socialdemócratas, por el otro. Mientras unos caen en el desánimo y la resignación, otros basculan hacia posiciones reaccionarias y unos pocos aún siguen manteniendo una mínima esperanza en una izquierda que aglutina cada vez más formaciones políticas y cosecha menos votos, el fin de semana del 31 de enero y 1 de febrero, con el XII Congreso de los Colectivos de Jóvenes Comunistas, se marcaba un nuevo hito –humilde, pero reseñable– en un proceso sostenido de crecimiento del proyecto comunista en nuestro país. Se ha producido la promoción más numerosa de militantes de la Juventud Comunista al Partido Comunista en décadas. Podría parecer algo menor, pero no lo es: se trata de una firme respuesta a los atajos y el cortoplacismo, una ruptura consciente con el progresismo impotente, que desde el más puro electoralismo solo busca una masa de votantes y promueve, si acaso, un activismo como identidad cultural que resulta inofensivo para el poder.
Mientras unos pretendían recuperar lo que creían que se les arrebataba –el ascensor social al que aspiraban sectores de la aristocracia obrera– y, en consecuencia, promovían modelos organizativos ajenos al movimiento obrero, otros buscaban respuestas precisamente ahí: en la clase obrera y sus herramientas históricas de lucha y organización. Varias generaciones de jóvenes han vivido en sus carnes durante años la caducidad del sistema capitalista: «prisioneros de una vida en crisis», reza un eslogan de la campaña general de CJC. Lo acompaña un «transforma la rabia en respuesta». Y eso llevan años haciendo los CJC: intentando que una juventud atrapada en una crisis casi continua canalice su rabia, dejando atrás la apatía y el apoliticismo. Y lo hacen con una decisión, la de ser militante comunista, que es toda una declaración de intenciones: en este XII Congreso no promocionan al PCTE activistas, que se vinculan con una causa de manera más bien laxa y en función de apetencias o disponibilidades. Promocionan militantes comunistas, con una trayectoria probada en la lucha estudiantil y obrera, que asumen la causa de luchar por la emancipación de la clase obrera y la abolición de la sociedad de clases como parte fundamental de sus vidas.
Frente a artefactos de la unidad entre siglas socialdemócratas que realmente comparten casi todo en lo programático, pero también la voluntad inquebrantable de figurar los primeros en hipotéticas listas conjuntas, frente a atajos que terminan llevando a callejones sin salida y frente a fuerzas burguesas reaccionarias que representan el programa de máximos de la burguesía, el PCTE y los CJC siguen dando pasos firmes en la construcción de una oposición obrera al capital y la guerra, única senda que merece la pena transitar, por larga y sinuosa que sea.