Editorial

En medio de un breve ciclo de elecciones autonómicas y con las generales en el horizonte no muy lejano, se agita el avispero. Todos ocupan sus posiciones. Con el PSOE estirando una legislatura atascada, haciendo malabares constantemente con Junts y Podemos para sacar adelante cualquier mínima medida e incapaz de atajar el enorme problema de la vivienda, Sánchez se saca de la manga la carta de desclasificar la documentación secreta del 23F, en un nuevo ejercicio oportunista de ese antifascismo inofensivo, blanqueador de la democracia liberal, que llevan años esgrimiendo, al presentarse como supuesto dique de contención frente al auge de la extrema derecha.

Vox, pese a ver confirmado su auge en los procesos electorales de Extremadura y Aragón, no está exento de problemas en casa: en medio de la continua laminación de oposición interna por parte de Abascal, los últimos episodios han provocado un verdadero incendio: en Madrid, con la expulsión de un peso pesado del partido como es Ortega-Smith, y en Murcia, con la defenestración del líder del partido en la región.

Feijoo, que sigue soñando con, esta vez sí, convertirse en presidente de España, ha visto cómo le ha salido el tiro por la culata la jugada de adelantar varios comicios autonómicos para deshacerse de su socio de extrema derecha y gobernar en solitario. Vox ha crecido, y el presidente que no fue presidente porque no «quiso» se las está viendo y deseando para no transigir con todo en la negociación de acuerdos de Gobierno en esas comunidades.

Y, ante ese panorama en los principales tres partidos ahora mismo, queda la izquierda a la izquierda del PSOE, aquello que hace una década larga se vino a llamar «nueva izquierda». De nuevo, la «ilusión». Juntarse todos para «volver a emocionar». «Ganar el país» (¿alguien puede explicar qué significa eso?). Ganar escaños a Vox «provincia a provincia». «Empujar al PSOE». Lo cierto es que para ese viaje no hacían falta estas alforjas: antes era sorpasso al PSOE, los de abajo contra los de arriba, la «casta»… y, al final, muleta del PSOE. Lleva tiempo siendo así, pero cada vez lo expresan de manera más explícita, sin sonrojarse, sin pudor.

Aunque parezca difícil de creer que lo sigan intentando con los mismos vocablos una y otra vez durante la última década, la socialdemocracia a la izquierda del PSOE no ceja en su empeño. Ahora, Rufián propone un nuevo artefacto de unidad donde quepan todos. Yolanda, en un alarde de terrenalidad, reconoce su declive, da un paso a un lado y deja paso a otro líder que pueda quemarse en un nuevo tiempo récord (qué decir de Errejón…). Los partidos de lo que ha sido Sumar en el Gobierno pretenden reiniciar el ya bien conocido bucle de generar ilusión-enfrentarse por las listas-defraudar expectativas-no hacer autocrítica-generar ilusión. Podemos, el último en discordia, tal vez esté dispuesto a ser seducido por sus compañeros del 23J de 2023 para reeditar la más amplia coalición posible, una vez que Yolanda ha quedado fuera de la ecuación, claro. Pero por ahora sigue siendo una incógnita si aceptarán negociar o preferirán seguir jugando la baza de aparentar ser la oposición más radical al Gobierno, con el consiguiente riesgo de quedarse en la marginalidad.

Lo cierto es que, mientras todas esas cosas ocurren entre moquetas, despachos y pasillos del Congreso, la vida de la mayoría trabajadora transcurre sin grandes cambios, por desgracia: salarios estancados o creciendo mínimamente por debajo del IPC, la precariedad como norma, los precios de la vivienda por las nubes, la reacción tratando de extender en los barrios obreros su odio y sus intentos de división de la clase… Y las mujeres trabajadoras siguen llevándose, en esta situación, la peor parte. Llega un nuevo 8 de marzo y persisten las abrumadoras cifras de brecha de género, excedencias para cuidados de menores y mayores o jornadas parciales no deseadas que perpetúan la situación de desigualdad de las mujeres trabajadoras.

A estos datos de una desigualdad económica enquistada se le suma el máximo exponente de la situación de subordinación que aún sufren las mujeres en la sociedad, la punta del iceberg de la violencia machista; durante los dos primeros meses de 2026 hemos visto cómo diez mujeres eran asesinadas por su pareja o expareja: una mujer ha sido asesinada cada cinco días. Este comienzo de año aciago demuestra, en contraste con un 2025 que arrojó la cifra más baja de la estadística (y fueron 46 asesinatos…) elaborada desde 2003, que no existe una tendencia decreciente desde el año 2011, como puede comprobarse analizando esa serie histórica.

El sistema que en teoría debe proteger a las mujeres hace aguas; se evidenció con el fallo en las pulseras que el año pasado dejó desprotegidas a víctimas de violencia de género o con las recientes denuncias por agresión sexual al ex DAO de la Policía Nacional, y se evidencia año tras año, con cada asesinato. Los esfuerzos que algunos defienden que vienen haciéndose desde los dos últimos Gobiernos feministas se dan de bruces contra una sociedad en la que la desigualdad de la mujer se perpetúa y se refuerza con su cosificación (y los ropajes nuevos con los que pretenden vestirla) y con los discursos reaccionarios contra la lucha de las mujeres que niegan la violencia machista.

En ambos casos, en la lucha por la emancipación de la mujer trabajadora y en la lucha general de la clase obrera contra el capitalismo que con la actual escalada belicista nos conduce hacia el abismo, las y los trabajadores debemos extraer una lección, en la que las y los comunistas nunca insistiremos lo suficiente. La mejora sustancial de nuestras condiciones de vida y de trabajo no va a venir de los despachos, del Consejo de Ministros, del BOE. La erradicación de la violencia contra la mujer y la consecución de una igualdad real entre hombres y mujeres no va a venir del ministerio de Igualdad, de Gobiernos autodenominados feministas.

En un mundo donde los imperialistas se están sacando la careta y quitan y ponen Gobiernos para imponer por la fuerza los intereses de sus monopolios, donde la reacción avanza dividiendo a la clase obrera en cada país, toda estrategia que implique depositar las esperanzas de cambio en la pata más a la izquierda del sistema equivale a darse un tiro en el pie. Necesitamos, con urgencia, ser conscientes del potencial que tiene nuestra asociación y fuerza colectiva, la organización independiente como clase. Y los recientes resultados electorales de Aragón lo dejan claro: mientras no construyamos un partido comunista fuerte que dirija y eleve las luchas de nuestra clase, seguiremos sometidos a los falsos dilemas y los rifirrafes de los distintos partidos burgueses, que no expresan más que las diferentes tácticas de los distintos sectores de la burguesía. Una burguesía que, en última instancia, persigue un fin común: mantener un sistema capitalista en el que la mayoría trabajadora no tenemos nada que ganar.