Las amistades europeas: cómo convertir al enemigo de mi enemigo en un amigo

2026. La Unión Europea se ve sacudida por las tensiones con Estados Unidos por Groenlandia. Casualmente, semanas después logra cerrar, después de más de dos décadas de negociaciones infructuosas, dos acuerdos comerciales de gran envergadura con dos polos cuya importancia mundial crece: el Mercosur, por un lado, y la India, por el otro. Unos movimientos que no se pueden comprender como simples decisiones técnicas en materia arancelaria o regulatoria sino que, por el contrario, forman parte de una reconfiguración más amplia del sistema internacional, marcada por la intensificación de las contradicciones interimperialistas y la búsqueda desesperada de una autonomía cada vez más estratégica.

Unidad y lucha en el bloque euroatlántico

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los países de Europa occidental mantuvieron una relación preferente con Estados Unidos, fruto de las relaciones entre aliados durante la guerra, la necesidad de confrontar con el enemigo habitual –la Unión Soviética, a la que se sumaron todos aquellos países donde triunfaron revoluciones socialistas gracias a la intervención en la guerra de los movimientos partisanos o del Ejército Rojo– y las relaciones de interdependencia forjadas y ampliadas con préstamos y planes de asistencia económica.

Se estableció así una unidad firme entre ambos lados del charco, pese a la cual se mantenían las relaciones propias del sistema imperialista: los monopolios estadounidenses tuvieron una mayor capacidad de penetrar en mercados europeos que los monopolios europeos de hacer lo propio en el mercado estadounidense. Esta situación, que algunos calificaron y califican –erróneamente— de «subordinación a EE.UU.», y algunos iluminados de «colonización» de una supuesta «anglosfera», fue ampliamente tolerada e incluso fomentada por los representantes de los monopolios europeos en los distintos parlamentos y Gobiernos del Viejo Mundo. Lo hicieron porque la situación favorecía los intereses de los monopolios europeos, que tenían mayor capacidad de hacerse con cuotas de mercado en terceros países si iban de la mano de sus aliados yanquis en vez de intentarlo por separado. Es, en esencia, la misma filosofía que encontramos detrás de la creación de la Comunidad Económica Europea, en la década de los 50, y de su conversión posterior en la Unión Europea, tras la caída del bloque socialista.

La prueba de que esa asociación era desigual pero no de subordinación la vemos en los últimos años. La defensa de las políticas proteccionistas desde Washington, que alcanzó una nueva dimensión con la primera llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016, supuso un volantazo en las relaciones euroatlánticas. La imposición de aranceles, la competencia directa por sectores estratégicos (tecnología, energías renovables, industria militar) y la aprobación de paquetes de subsidios industriales en EE.UU. ya no gustan en Europa.

La guerra en Ucrania, cuyo cuarto aniversario se ha cumplido en febrero, agravó esta dinámica. La ruptura de relaciones energéticas con Rusia supuso para Europa la pérdida de acceso a gas barato, elemento fundamental para su competitividad industrial, y la dependencia energética del continente se desplazó entonces hacia Estados Unidos, formalizada en acuerdos para la compra masiva de gas natural licuado y petróleo a empresas estadounidenses, y en condiciones ventajosas para las mismas. Precisamente debido a ello, por cierto, España impulsó sus políticas de acercamiento a Latinoamérica y dirigentes como Emmanuel Macron se reunieron públicamente con el expresidente forzoso de Venezuela, Nicolás Maduro. Fueron los primeros pasos prácticos en la búsqueda de la autonomía estratégica, posición que en realidad ya llevaba formulándose teóricamente desde hacía décadas ante la evidente realidad europea: su pérdida de peso relativo frente a otras potencias imperialistas, particularmente China y EE.UU. Ante el nuevo endurecimiento de la política comercial estadounidense, Bruselas se ve obligada a diversificar tanto sus fuentes energéticas como sus socios comerciales. De ahí la intensificación de las negociaciones con India y Mercosur.

Mercosur o la contradicción económica europea

El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, tras más de dos décadas de negociaciones intermitentes, representa uno de los mayores tratados comerciales del mundo en términos de población y PIB combinados. Para la industria europea –especialmente la automotriz, química y de maquinaria– supone la apertura de un mercado de más de 260 millones de consumidores y la reducción significativa de aranceles.

En un contexto de declive competitivo, el capital europeo necesita urgentemente ampliar sus espacios de valorización. Mercosur ofrece acceso preferencial a economías como Brasil y Argentina, además de garantizar el suministro de materias primas agrícolas y minerales estratégicos. Desde la óptica del capital europeo, el acuerdo permite exportar productos industriales de alto valor añadido e importar bienes primarios, reproduciendo una división internacional del trabajo funcional a sus intereses. En este proceso, como todos los relacionados con América Latina, el papel del Gobierno socialdemócrata de España ha sido clave para desencallar las negociaciones y llegar a un acuerdo.

Un acuerdo que tiene el visto bueno de la mayoría de la patronal española. La CEOE, por ejemplo, señala las potencialidades para los monopolios patrios, especialmente en el automóvil, la industria farmaquímica y el sector servicios, y destaca su capacidad para mejorar la «competitividad en un entorno global adverso». Una posición que no comparten los empresarios del sector agrario, que temen cómo pueda afectar a su rentabilidad la entrada de productos agropecuarios sudamericanos. Hemos vuelto a ver protestas de agricultores en distintos países europeos, y ello solo confirma una cosa: que existe una contradicción interna dentro del propio capital europeo, donde sectores industriales y financieros chocan con fracciones agrarias menos competitivas.

India: “Another BRICS in the Wall”

La lógica detrás del acuerdo entre la UE e India, aun siendo esencialmente la misma que la del acuerdo del Mercosur, refleja otro de los frentes de lucha de los monopolios europeos.

Las contradicciones por las que pasa la UE como alianza imperialista no son exclusivas de dicha organización. De hecho, los países miembro de los BRICS pasan por una situación similar o incluso peor. India lleva tiempo teniendo en el punto de mira a la República Popular China, mientras ambas potencias asiáticas se miran con desconfianza. Razones tienen. No solo hablamos del apoyo tácito de China a Pakistán en sus reivindicaciones territoriales en Jammu y Cachemira frente a India, sino de los propios conflictos fronterizos directos entre India y China y a las relaciones bilaterales en un contexto de competencia entre los dos mayores mercados del planeta, vecinos entre sí.

Nueva Delhi buscaba alianzas que contrarrestasen a China en su zona de influencia. La Unión Europea era, por capacidad de exportación de capital y tecnología, el candidato idóneo para ello. Y para la UE, India representa un mercado colosal en expansión. Para el capital europeo, penetrar en ese mercado antes que sus competidores estadounidenses o chinos es una prioridad estratégica. Se trata no solo de exportar mercancías, sino de posicionarse en sectores clave como infraestructuras, digitalización, energías renovables y defensa. En ese sentido, la UE está situando a India –como lo hace también con Brasil en el acuerdo con el Mercosur– en el muro de contención que evite su colapso como bloque imperialista.

La alta volatilidad de las relaciones dentro del imperialismo

Vemos, pues, a la UE firmando acuerdos con un socio potencial en tecnologías energéticas y en acceso a rutas estratégicas del Índico –India– y con otros que ofrecen recursos naturales críticos, incluidos minerales esenciales –Mercosur–. En ambos casos, la UE busca recomponer su margen de maniobra en un entorno internacional cada vez más fragmentado.

Lejos de una globalización estable, asistimos a un aumento de la fragmentación del mercado mundial en bloques que compiten entre sí. Estados Unidos, la Unión Europea, China y Rusia pugnan por esferas de influencia económica y tecnológica, ya sea mediante la guerra económica o la invasión militar. India emerge como actor bisagra; Brasil y otras potencias regionales intentan aprovechar la coyuntura para ampliar su margen de autonomía.

La pregunta de fondo es si estas maniobras comerciales permitirán a la UE recuperar competitividad o si, por el contrario, profundizarán sus contradicciones internas y externas en un momento crítico. Lo que resulta indiscutible es que el escenario actual desmiente cualquier ilusión sobre un capitalismo global pacífico basado en el ultraimperialismo kautskiano o, adaptado al lenguaje actual, el «desarrollo de un mundo multipolar».

En los repartos del mundo que buscan los imperialistas, los acuerdos comerciales no son simples tratados económicos: son expresiones concretas de la lucha en una nueva fase de agudización de las contradicciones interimperialistas. Y haríamos bien en recordarlo.