El bloqueo que ejerce EE.UU. contra Cuba ha entrado, en estas últimas semanas, en una nueva fase. No es ningún secreto que la isla pasa, desde hace un tiempo, por serias dificultades económicas y materiales que no han hecho más que agravarse con los ataques y amenazas constantes por parte de Estados Unidos. Para poder entender de verdad la dimensión de esta agresión, la situación actual debe analizarse en el marco de una prolongada política de bloqueo en todos los aspectos –pero especialmente económico– contra Cuba por parte del imperialismo estadounidense.
Esta política, que supone un acto de guerra y provocación constante, lleva aplicándose de manera sistemática desde hace más de seis décadas con el único propósito de «rendir» por hambre, miedo y desesperación a la población cubana. A lo largo de los años, además, este bloqueo se ha ido blindando con los diferentes Gobiernos estadounidenses mediante distintas iniciativas legislativas como las leyes Torricelli y Helms-Burton. Esta última ha sido rechazada en multitud de ocasiones a nivel internacional por su carácter extraterritorial, ya que permite a cualquier ciudadano estadounidense demandar en EE.UU. a empresas extranjeras de cualquier tipo y origen que ellos consideren que «trafican» con propiedades estadounidenses confiscadas tras el triunfo de la Revolución. Este punto, precisamente, el Título III de la Ley Helms-Burton, significa que EE.UU. se otorga el derecho a sancionar a cualquier empresa y país que intente mantener relaciones comerciales con Cuba.
A pesar de que año tras año y votación tras votación en la Asamblea General de la ONU la comunidad internacional condena el bloqueo estadounidense hacia Cuba por una gran mayoría, EE.UU. hace case omiso y sigue con su política injerencista.
En los últimos años, y especialmente en los últimos meses, y relacionado con la invasión y el posterior secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Caracas, estamos asistiendo a un salto sin precedentes de la agresividad de la administración estadounidense. El recrudecimiento de las medidas del bloqueo afecta de manera directa a las posibilidades de desarrollo del país y a las condiciones de vida del pueblo cubano.
Una de las caras más crueles de esta estrategia de asfixia, que recuerda lamentablemente a la lucha de David contra Goliat, es el actual sabotaje energético. Estados Unidos, a través de diferentes decretos, ha establecido una persecución insólita contra el suministro de petróleo a Cuba, coaccionando e incluso interceptando cualquier tipo de barco que intente acercarse a la costa cubana para llevar combustible. Esta persecución no es un mero trámite administrativo, sino una táctica fríamente calculada para paralizar y asfixiar al país entero: sin petróleo, el transporte público se detiene, el transporte de alimentos desde las zonas agrícolas a las ciudades se vuelve casi imposible, la red eléctrica sufre apagones prolongados y el funcionamiento de infraestructuras vitales, como la atención médica o la refrigeración de alimentos, se somete a una tensión límite.
Pese a esta situación, el heroico pueblo cubano demuestra, una vez más, su extraordinaria capacidad de resistencia, algo que ya no sorprende a nadie, pues se ha convertido, durante más de sesenta años, en una constante del pueblo y el Gobierno cubano, siendo también un referente de dignidad y solidaridad hacia otros pueblos del mundo, incluso en situaciones propias de gran escasez. Un ejemplo basta: las brigadas médicas que Cuba envía allí donde son necesarias, a pesar de las dificultades que mantienen en vilo a la isla, ayudan a millones de personas en todo el mundo a tener acceso a una atención sanitaria gratuita y de gran calidad. Su ejemplo firme en defensa de la soberanía nacional y de la construcción del socialismo, incluso en condiciones excepcionalmente adversas, no hace más que reafirmar la grandeza y superioridad del sistema socialista frente al capitalismo.
Mientras el capitalismo muestra la cara de la barbarie intentando someter a un país soberano mediante el despojo de los recursos más básicos, el socialismo cubano refuerza su superioridad ética y humana al garantizar que nadie quede abandonado a su suerte.
Pero cuando hablamos de bloqueo, no solo nos referimos a un bloqueo económico y comercial, sino que también debemos hablar de la constante guerra diplomática y mediática a la que se enfrenta Cuba. Por eso mismo es necesario e imprescindible levantar la voz en todos aquellos espacios que tengamos a nuestro alcance para manifestar el rechazo a la inclusión de Cuba en la infame lista de «estados patrocinadores del terrorismo», ya que esta designación, confeccionada de forma ilegítima y unilateral por el mismo imperialismo estadounidense, es una herramienta jurídica utilizada para aislar todavía más a Cuba del comercio, haciendo muy difícil intercambios tan comunes como pueden ser compras de insumos médicos, alimentos o repuestos industriales.
En este sentido, también es fundamental expresar la denuncia de cualquier tipo de maniobra injerencista en el país que tenga como objetivo derrocar al Gobierno revolucionario. Los intentos de desestabilización interna, financiados y orquestados desde el exterior aprovechando el comprensible malestar en la población generado por los apagones y la crisis económica que ellos mismos provocan deliberadamente, deben ser condenados con firmeza.
Ante la gravedad de este momento histórico, no basta con la solidaridad en abstracto. El PCTE reafirma su compromiso con la defensa de la Revolución Cubana y hace un llamamiento al conjunto del pueblo trabajador a intensificar toda muestra de solidaridad política y material hacia la isla. La solidaridad internacionalista es hoy más necesaria que nunca.
Ante esta coyuntura de resistencia, adquieren una importancia estratégica iniciativas concretas como la campaña de solidaridad «Petróleo para Cuba» impulsada por el Partido Comunista de México. Esta campaña no solo busca aportar un alivio material directo a la severa crisis energética de la isla, recolectando fondos para enviar combustible, sino que representa un acto genuino de internacionalismo proletario y de solidaridad contra el imperialismo estadounidense. Apoyar, financiar y difundir esta campaña en todos los centros de trabajo y estudio y en los barrios es un deber ineludible para la clase obrera y para todos aquellos que defienden el derecho inalienable de los pueblos a su autodeterminación.
La Revolución Cubana no está sola, ni lo estará jamás. La lucha del pueblo cubano por mantener encendida la llama de su independencia y de su proyecto emancipador es la misma lucha de todos los trabajadores y trabajadoras del mundo que aspiran a construir una sociedad libre de la explotación capitalista y del yugo asfixiante del imperialismo.
Por todo ello, el PCTE seguirá trabajando incansablemente para fortalecer el movimiento de solidaridad con Cuba y responder, junto al pueblo cubano, a cada ataque que reciba la isla contra su independencia.