Los trágicos accidentes sucedidos en Adamuz (Córdoba) y Cataluña han sacudido con fuerza al sistema ferroviario de nuestro país. No solo han sembrado entre la opinión pública desconfianza en la red ferroviaria, sino que la respuesta de las organizaciones sindicales también ha provocado numerosas interrogantes entre los trabajadores ferroviarios. En estas líneas vamos a intentar contribuir a clarificar estas dudas que han provocado entre las plantillas de las empresas ferroviarias tanto el acuerdo alcanzado como la convocatoria y el desarrollo de la huelga.
A los dos accidentes ferroviarios las organizaciones sindicales respondieron convocando tres jornadas de huelga en el sector los días 9, 10 y 11 de febrero. La convocatoria de huelga y el apoyo que esta suscitó entre los trabajadores forzó al Ministerio de Transportes a abrir un periodo de negociación con el objetivo de acordar las medidas necesarias para mejorar la seguridad del transporte ferroviario. Dichas negociaciones desembocaron en un acuerdo entre las organizaciones sindicales mayoritarias (CCOO, UGT y SEMAF) y el ministerio, que llevó a la desconvocatoria de la huelga tras la primera jornada del 9 de febrero. Del acuerdo y de la propia convocatoria de huelga se pueden extraer las siguientes conclusiones:
- El hecho de que las organizaciones sindicales mayoritarias no hicieran extensiva la convocatoria de huelga a Adif expresa la incoherencia de su planteamiento, teniendo en cuenta que era Adif la empresa directamente afectada por los accidentes sucedidos en Adamuz y Cataluña.
- La incoherencia manifestada en la propia convocatoria de huelga es indicativa de un factor de la mayor importancia: las organizaciones sindicales mayoritarias se han visto forzadas a convocar la huelga por la presión que los trabajadores ejercieron sobre la representación sindical.
- La convocatoria de huelga frente a un Gobierno fuertemente cuestionado y en posición de debilidad ha permitido arrancar algunas medidas positivas para el sector. Y ello a pesar de que el acuerdo en su totalidad no es satisfactorio en tanto en cuanto no ataca de raíz los males que aquejan al sector ferroviario de nuestro país: la privatización y el trasvase de ingentes cantidades de dinero de todos los trabajadores para garantizar las ganancias de los monopolios a través de licitaciones de nuevas obras y contratos de mantenimiento.
La desconvocatoria de las dos últimas jornadas de huelga por parte de las organizaciones sindicales mayoritarias abrió un fuerte debate en el campo sindical y en las propias plantillas sobre lo oportuno o inoportuno de su continuación. Este debate, que objetivamente responde a intereses sindicales relacionados con la actual correlación de fuerzas que se da en el sector, tiene una mayor carga de profundidad de la que inicialmente se pretende colocar, ya que atañe directamente al modelo de acción sindical. Y el debate sobre el modelo sindical no es más que la búsqueda de respuestas a la pregunta de cómo se debe organizar la clase obrera para defender sus intereses frente a los capitalistas. Y, sin duda, este debate es del mayor interés para los trabajadores ferroviarios.
Para arrojar luz sobre esta cuestión es necesario señalar una serie de consideraciones de carácter general sobre la naturaleza de la huelga:
- La huelga es un instrumento de lucha de los trabajadores y las trabajadoras, independientemente de quién tenga capacidad legal para convocarla. Es decir, la huelga es de los trabajadores.
- Si afirmamos que la huelga es un instrumento, esto significa que no es un fin en sí mismo. La utilización de este instrumento de lucha ignorando esta elemental premisa conduce inexorablemente a la pérdida de su eficacia.
- De lo anterior se deduce que tanto su utilización indiscriminada, sin atender a las condiciones concretas en que se desarrolla el conflicto, que propugnan unos, como su utilización falaz, que aplican otros, perjudican seriamente los intereses de la clase obrera.
- La huelga no sólo es un instrumento de ofensiva en manos de los trabajadores para la defensa de sus intereses, sino que también opera como elemento organizador de la clase y eleva la conciencia de los trabajadores que perciben la fuerza de la unidad en su lucha frente a la patronal.
Lo expuesto nos remite a una idea principal: ninguna huelga, ninguna lucha se gana en los despachos de ningún ministerio o en las oficinas de la empresa. Las huelgas se ganan en los centros de trabajo con la participación masiva de los trabajadores parando la producción, organizando los piquetes, con la presencia de las organizaciones sindicales en los talleres como expresión organizada de la voluntad de enfrentar colectivamente las presiones que la empresa ejerce para evitar el éxito de la lucha obrera. Ello implica un determinado modelo sindical que necesariamente se articula y nace en los centros de trabajo. Un tipo de acción sindical que sólo se puede construir sobre la apertura de los canales de participación de las organizaciones sindicales a los trabajadores, a través de la cual se desarrolle un modelo de sindicalismo desde la base, que construye su unidad en su ejercicio concreto y donde la asamblea de trabajadores adquiere rango de órgano soberano que decide, en última instancia, todo aquello que afecta a las condiciones laborales de los trabajadores y las trabajadoras.
Estamos en condiciones de afirmar que ninguna de las diferentes corrientes sindicales presentes en el sector representa el modelo sindical descrito. Como consecuencia de ello, sus valoraciones del resultado y del desenvolvimiento de las movilizaciones resultan igual de ajenas a las necesidades organizativas de las plantillas y son percibidas por estas como un elemento más en la disputa por alterar los números de la actual representación sindical. Y es esta desconexión con la realidad material de los trabajadores la que hace confluir en un mismo punto ambas valoraciones: el ninguneo al papel jugado por los trabajadores en el desarrollo de las movilizaciones y en la propia jornada de huelga.
De esta manera, los que entienden que la huelga es un recurso puramente formal dicen que el acuerdo es un éxito fruto de su alta capacidad negociadora, y los que parten de una concepción fetichizada y ven la huelga como un fin en sí mismo afirman que el acuerdo ha sido un fracaso porque no se ha llevado esta a término. En ambos casos se sitúa a los trabajadores y trabajadoras ferroviarias en una subjetividad de derrota, haciéndoles creer que la huelga llevada a cabo con los escasos medios organizativos de los que disponían no ha servido para nada.
Evidentemente, estos análisis que desde ambas corrientes sindicales se trasladan a los trabajadores son erróneos por su carácter unilateral. No hay duda de que existen partes positivas del acuerdo (incremento de las plantillas, interiorización del mantenimiento, etc.) y que estas son el reflejo de la presión ejercida por la plantilla, que obligó a las organizaciones sindicales mayoritarias a convocar una huelga a un Gobierno fuertemente debilitado y al que se quería evitar un mayor daño político tras los accidentes sucedidos. En ningún caso se trata de un éxito de las capacidades negociadoras de quienes fueron arrastrados al conflicto con el Gobierno socialdemócrata.
La posición antagónica que afirma el fracaso total de las movilizaciones resulta igual de equivocada, ya que niega e ignora los aspectos positivos del acuerdo alcanzado desde un enfoque que roza el «misticismo» sindical igual de ajeno a la realidad cotidiana de los trabajadores en tanto en cuanto no ofrece herramientas organizativas eficaces con las que construir las estructuras de lucha de la clase. Toda su propuesta se sostiene sobre una retórica ultraizquierdista que se alimenta de la estrategia pactista de los sindicatos mayoritarios pero que, por sí misma, no cuestiona el modelo sindical imperante porque se trata de la otra cara de la misma moneda. Ambas corrientes sindicales presentan diferentes síntomas de una misma enfermedad: la ausencia de presencia organizada en los centros de trabajo.
El desarrollo de los sucesos tras los accidentes es la prueba palpable que señala una necesidad imperiosa para la clase obrera: la asunción por parte de los trabajadores del protagonismo que les corresponde en la defensa de sus intereses para impulsar el modelo sindical que la clase necesita, a través de su participación en las diferentes estructuras sindicales y articulando fórmulas unitarias de lucha desde los propios centros de trabajo, que les permita hacer avanzar sus reivindicaciones más inmediatas.