Genocidio, complicidad y solidaridad (parte 2): Autopsia de una paz efímera

Octubre de 2025. En las páginas de Nuevo Rumbo se publicaba el artículo Genocidio, complicidad y solidaridad: anatomía de una Franja en ruinas, con motivo del segundo aniversario del comienzo de las (nuevas) hostilidades israelíes contra Gaza. Al mismo tiempo, en el lapso entre la redacción del artículo y su publicación, Donald Trump decidió hacer cosplay de alumno que decide estudiar el día antes del examen y buscar a última hora ganar el Premio Nobel de la Paz. A tal efecto, decide dar un paso adelante en la situación internacional más candente del momento y presentar junto al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, un plan de 21 puntos con el objetivo –supuesto– de «detener la guerra» en Gaza. Un plan al que se adhirieron de inmediato la mayoría del «mundo civilizado» y que venía a renovar los distintos acuerdos de alto el fuego ya firmados en noviembre de 2023 y enero de 2025, con una duración oficial de siete días y dos meses, respectivamente. Esta segunda parte viene a analizar, precisamente, qué hay detrás de dicho acuerdo y su a todas luces inminente –nos atrevemos a asegurarlo– muerte.

La paz de los vencedores

Analicemos la situación: el tipo que propuso hace unos meses el desplazamiento de millones de palestinos para convertir Gaza en un resort turístico de lujo controlado por EE.UU. presenta ahora, desde la Casa Blanca, un acuerdo de paz donde uno de los bandos palestinos –porque Hamás no es el único bando en liza por parte de la población en Gaza– debe renunciar a los rehenes que utiliza para negociar (puntos 4, 5 y 6), a su permanencia en el poder –ciertos cargos de gobierno en la Franja de Gaza y la mayoría legislativa en la Autoridad Nacional Palestina desde las elecciones de 2006, principalmente porque Israel no ha permitido que se celebren elecciones desde entonces–, desarmarse voluntariamente y permitir un organismo de transición compuesto por técnicos y supervisado por el propio Donald Trump (puntos 9 y 13) a cambio de la ayuda humanitaria y la reconstrucción de infraestructuras (punto 7), además de la apertura del cruce de Rafah (punto 8) y, quizás con suerte, la autodeterminación palestina y el establecimiento de un Estado (punto 19 y no se explica ni qué condiciones han de cumplirse ni cómo se establecerá dicho Estado).

Pero, para más inri, no lo hace solo: en la presentación le acompaña el jefe del otro bando, Benjamin Netanyahu. A ese bando se le exige únicamente la retirada «escalonada» de sus tropas –sin plazos determinados, sujetos a las «negociaciones» internas entre Israel y su socio estadounidense– y la liberación de 1.700 presos palestinos detenidos en estos dos últimos años y otros 250 presos anteriores (punto 5), dejando casi intacta la situación de otros 7.000 presos palestinos. No solo eso, sino que el acuerdo también plantea que sean las fuerzas israelíes las que aseguren las fronteras y entrenen a la policía palestina (punto 15), y que sea el Gobierno sionista el que defina qué grado de cumplimiento es «suficiente».

El acuerdo, muy prolífico en cuanto a las sanciones para Hamás en caso de incumplimiento, no plantea ningún tipo de sanciones a Israel por incumplimientos. Salvo en las cifras de rehenes entregados, no hay garantía real ni objetivos medibles del nivel de cumplimiento del acuerdo, que quedan a discreción del régimen genocida, sin supervisión en la mayoría de ellos de agentes externos.

La asimetría del acuerdo presentado expresa una realidad tangible: que uno de los bandos tiene carta blanca para romperlo, mientras que el otro, obligado a aceptarlo sin negociación en menos de una semana desde su presentación y asediado por el hambre y las bombas, puede pagar caro cualquier mínimo desliz que al otro bando se le antoje. Y entre medias se sitúa el socio del primero que más ganas tiene de lucrarse con las desgracias del segundo. Es, sin lugar a dudas, la paz que ofrecen los imperialistas: la de la tregua temporal mientras uno descansa y se rearma.

Bombas y cortinas de humo

El acuerdo, que entró en vigor el 10 de octubre, no impidió los ataques israelíes –a escala relativamente menor pero igualmente condenables– contra la población palestina. Sin embargo, que Israel haya presentado un plan de paz es la forma que más útil se ha encontrado para vender en los grandes medios de comunicación las «buenas intenciones» del Estado de Israel, precisamente cuando más dañada tenía su imagen internacional merced a las imágenes de un genocidio indiscriminado, a los movimientos de solidaridad que ya analizamos en el artículo anterior y a la traslación de estos últimos al campo del parlamentarismo burgués a través de la socialdemocracia en su intento de mantenerse o conquistar Gobiernos capitalistas de todo el mundo.

Pero que nadie se lleve a engaño con este telón de fondo que presentan el régimen sionista y la Administración Trump. Como decíamos anteriormente, Israel puede bajarse en cualquier momento sin consecuencias, y que nadie se rasgue las vestiduras cuando desde el mismo bando se rompa –por tercera vez en dos año – un acuerdo de paz bajo cualquier justificación endeble, precisa y paradójicamente, porque el papel lo aguanta todo.

Porque han pasado varias semanas desde la entrada en vigor, pero la maquinaria de represión permanece activa y el paso de Rafah –la única puerta relativamente abierta de Gaza– sigue impidiendo la entrada de ayuda humanitaria vital. En medio de ese «cese de hostilidades» siguen llegando noticias de muertes de civiles, bombardeos y desplazamientos forzados.

La efimeridad de la efeméride

La situación general de Oriente Próximo y el caso particular de Palestina son una muestra evidente de lo que ofrecen las alianzas entre las grandes potencias imperialistas a los pueblos del mundo. Vivimos en un momento en el que las contradicciones interimperialistas se siguen agudizando cada día, las luchas por garantizar el acceso a todos los factores necesarios para conseguir el beneficio de los monopolios –materias primas, infraestructuras, mercados– adquieren un tinte cada vez más violento, y la aparición de nuevas potencias regionales –fruto del desarrollo del imperialismo, que nunca está de más recordar que es una fase concreta del capitalismo y se da a nivel mundial– supone el aumento de la competencia por dichos factores. Ante el aumento de amenazas, los mismos países que se están rearmando para una guerra cada vez más próxima también van a reforzar a sus aliados en cada una de las regiones, y de ahí se extrae que el respaldo militar, diplomático y político que recibe Israel actualmente tenga mayor intensidad que nunca.

El contexto y el contenido no dan lugar a dudas: el acuerdo de paz durará solo el tiempo justo para que Israel recupere el aliento. Para los sionistas, se trata a todas luces de un compromiso, un alto en el camino, que van a utilizar para volver a la carga con renovada energía. Así entienden ellos los compromisos, y la cuestión es por qué nosotros íbamos, precisamente ahora, a dejarnos llevar por la calma tensa en lugar de redoblar la solidaridad con Palestina y seguir denunciando que el acuerdo de paz es una efeméride, sí, pero efímera.

La solidaridad no se detiene

Precisamente por ello era y es necesario seguir realizando actos de solidaridad y concienciación, que es lo que sucedió el 15 de octubre con la huelga y como seguirá sucediendo con futuras convocatorias que como comunistas organizaremos directamente o en las cuales participaremos con un mensaje claro: que el pueblo palestino merece exactamente los mismos derechos que el resto de pueblos.

El acuerdo firmado el 9 de octubre no es la victoria de la paz. No hay lugar para la celebración, ni siquiera contenida. No es el triunfo de ningún eje ni de ninguna resistencia. Fue el chantaje –uno más– a un pueblo condenado al hambre y la muerte. Es la continuación de la política llevada a cabo por los imperialistas, y de hecho ni siquiera ha sido el freno total a las bombas imperialistas. Es una nueva muestra de que, en el capitalismo contemporáneo, la paz y la guerra son dos formas complementarias de conseguir los mismos fines. Y por tanto es una nueva muestra de que hay que asediar a los que asedian, hasta que se conviertan en el polvo que recubre un capítulo funesto de la Historia.