A veces una camiseta basta para empezar

Un paso fundamental para organizarse en el centro de trabajo es hacer que esta tarea no sea solo trabajo de una persona, sino, al menos, de dos. Cuando no rumias tú solo las cosas, sino que tienes un compañero o compañera con quien contrastar las situaciones, dibujar tácticas y, al menos, apoyarte emocionalmente, las cosas resultan más fáciles. Caer en el desánimo, empequeñecerse frente al poder del jefe o abandonar la posibilidad de organizar a tus compañeros es una tendencia natural cuando no tienes ningún hombro en el que apoyarte.

Muchos militantes se han encontrado con la dificultad de empezar a organizarse en su centro de trabajo estando solos, y cada uno tuvo que encontrar la forma de dejar de estarlo para empezar a pelear en su empresa. En esta historia te contamos la forma en la que lo hizo la camarada Jimena, militante de los CJC.

Jimena acababa de entrar en una empresa donde no se movía ni el aire. Nadie tenía experiencia sindical ni de organización, ni existía nada parecido a un sindicato. Sí, por supuesto, se hablaba de política, como en cualquier lado, pero como se habla de una serie de Netflix: como algo que se observa, pero en lo que no se participa. Jimena sabía que la falta de movimiento se debía más al miedo o al desconocimiento que a que no «hubiera nada que hacer». La empresa pagaba por debajo de la media del sector, la organización del trabajo dejaba mucho que desear y eso despertaba molestias y quejas continuas. Sin embargo, no encontraba la suficiente confianza —algo habitual cuando llevas poco tiempo en un sitio— para hablar directamente de organizarse sindicalmente o de presentar un proyecto político comunista.

Así que decidió probar algo. Nada de panfletos ni discursos. Una camiseta, sin más: la del centro social del barrio. Una referencia sutil, de esas que quien sabe, entiende. Una especie de guiño: «si lo pillas, igual tenemos que hablar».

Y funcionó.

A media mañana, mientras tomaban café, una compañera le suelta medio en broma:

—¿Tú conoces el centro social o te la has puesto por postureo?

—Claro que lo conozco; si hasta he echado un cable por allí alguna vez.

—¡Anda! Pues yo también he estado por ahí…

A partir de ahí, la conversación fluyó sola. Hablaron del barrio, de la gente que pelea por mantener abierto el centro social y de lo inspirador que era el trabajo de solidaridad con Cuba que hacían. Y así, esa soledad que uno siente cuando se enfrenta a un mundo injusto y que, de forma egoísta, pensamos que solo vemos nosotros, se convirtió en una posibilidad de colaborar, de pensar conjuntamente cómo transformar las quejas habituales del curro en poder obrero.

Un par de semanas después, propusieron montar una charla divulgativa en el centro social sobre matemáticas e inteligencia artificial, un tema sobre el que Jimena estaba escribiendo un artículo para el periódico del Partido y que la compañera dominaba ampliamente. Esa camiseta, que parecía una tontería, abrió una puerta no solo a la organización en el trabajo, sino también a aportar y llevar algo distinto al barrio.

Organizarse no suele empezar —especialmente en sitios con baja organización previa— con grandes discursos ni asambleas multitudinarias. Empieza, muchas veces, con gestos pequeños, con señales que lanzas a tus compañeros para ver quién está dispuesto a iniciar una conversación. Organizarse en lo cotidiano empieza, muchas veces, en la pausa del desayuno. Y, a veces, con una camiseta bien elegida.

Análisis

Organizar, especialmente desde cero, depende en gran medida de crear las situaciones en las que pueden darse las conversaciones correctas, algo especialmente importante cuando crees que estás solo o sola en tu centro de trabajo.

  1. Prestar atención a lo sutil

Cada acción es una oportunidad para descubrir qué mueve a quién, para aprender quién es más escuchado, quién conoce mejor los problemas de la empresa, quién está familiarizado con el tejido asociativo del barrio o a quién le gustaría hacer algo más por un mundo que considera injusto. Pasar más tiempo escuchando que hablando, prestando atención a lo que nos dice cada compañero y compañera, es un primer paso. A veces basta con señales sutiles, como una camiseta o un pin, algo especialmente útil en empresas donde el riesgo de hacer trabajo político es mayor.

  1. La confianza es el punto de partida

A toda persona que trabaja le interesa mejorar sus condiciones laborales y le importa cómo marcha el mundo. A todo el mundo le importa algo, pero no tiene por qué ser lo que tú crees ni tiene por qué decírtelo de entrada. ¿Le hablarías tú de tu vida, de lo que te preocupa, te da miedo o te hiere, a la primera persona con la que hablas? La confianza es el punto de partida: sin ella, la conversación no pasa de la superficie y, sin ella, no existe posibilidad de organización verdadera.

  1. De la charla a la acción

Organizar no es solo empatizar: es dar un paso hacia la acción colectiva. Jimena y su compañera lo hicieron proponiendo una actividad concreta, una charla en el centro social, para vincular trabajo y barrio. Cada acción, por pequeña que sea, genera compromiso; valora hasta el más pequeño esfuerzo que tus compañeros y compañeras están dispuestos a hacer por organizarse.

  1. Unir el trabajo y el territorio

La organización a nivel de centro de trabajo no se limita únicamente a la empresa. No seas reduccionista: el mundo es más amplio, complejo y conectado. Hacer pancartas o reuniones del centro de trabajo en un centro social, dar a conocer las luchas del barrio en el trabajo y viceversa, abre un mundo de posibilidades e interacciones que ayudan a forjar conciencia de clase.