Los fatales accidentes ferroviarios del mes de enero han desembocado en la enésima trifulca entre los partidos parlamentarios. Nuevos cruces de reproches, acusaciones de mala gestión, desarrollo de teorías conspirativas y un largo etcétera que no solamente busca el rédito político, sino sobre todo conseguir que la opinión pública no atienda a las cuestiones más relevantes que están detrás de la tragedia de Adamuz.
No se cuenta, en el momento de escribir esta columna, con los datos definitivos de la investigación sobre las causas del accidente del 18 de enero que costó la vida a 45 personas. Pero sí hay informes preliminares que apuntan, con bastante consistencia, a que la causa concreta del descarrilamiento podría estar en la rotura de uno de los carriles, derivada entonces de un deficiente mantenimiento.
Si esto se confirma, existe el riesgo evidente de que haya quien pretenda adjudicar la responsabilidad específica por el accidente a los trabajadores de alguna de las empresas subcontratadas para el mantenimiento de esos tramos de las vías de alta velocidad, sin que en ningún momento haya un replanteamiento del modelo de transporte ferroviario que se viene implantando desde hace algunos años, que también tiene efectos en el mantenimiento y, por ende, en la seguridad de viajeros y trabajadores del sector.
Es de temer que muy pocos hablen de que, desde los años ochenta, la Unión Europea ha promovido de manera sistemática la liberalización del transporte ferroviario que, en nuestro país, comenzó por la división entre Renfe-Operadora y Adif allá por 2005, abriendo la puerta a la privatización progresiva de los servicios ferroviarios y del mantenimiento y la gestión de las infraestructuras, hasta el momento actual, en el que hay una entrada masiva de operadores privados y se han intensificado las externalizaciones y subcontrataciones de todo tipo de servicios ferroviarios.
Uno de los efectos más graves de este modelo ha sido el debilitamiento del mantenimiento de la red ferroviaria. No miente el ministro Puente cuando dice que la inversión en mantenimiento ha crecido año tras año. Lo que no dice es que esos miles de millones de euros han ido a parar, en buena parte, a grandes empresas del sector de la construcción que han visto un negocio redondo en el aprovechamiento de las concesiones estatales. Los millones licitados para el mantenimiento van, en una parte, a ejecutar la conservación de las infraestructuras, pero otra buena parte termina engordando las cuentas de beneficios de monopolios bien conocidos como Ferrovial, ACS o Acciona, entre otros, que actúan directamente o a través de filiales. La lógica del beneficio privado, basada en la reducción de costes y la maximización de márgenes, choca frontalmente con las necesidades de un mantenimiento exhaustivo, preventivo y continuado de la infraestructura.
Pero es que, además, las tareas de mantenimiento se han multiplicado porque también se han multiplicado los operadores y el número de viajes. En los últimos cinco años, el número de plazas ofertadas prácticamente se ha doblado en las principales rutas y el número de viajeros ha pasado de 33 millones en 2017 a casi 50 millones en 2024. Esto ha tenido como consecuencia una intensificación brutal del uso de la infraestructura: un 42 % en cinco años, siendo del 80 % en el corredor Madrid-Levante, un 43 % en el Madrid-Barcelona y un 28 % en el Madrid-Sur.
El accidente de Adamuz pone de manifiesto las consecuencias de esta política. Hay que señalar que el descarrilamiento es la trágica consecuencia de años de recortes, externalizaciones y falta de personal propio. Cuando el mantenimiento se subordina a criterios de rentabilidad, la seguridad se resiente. Lo de Adamuz no es un hecho aislado, sino la expresión de un modelo que fragmenta el proceso productivo, dispersa responsabilidades y dificulta el control efectivo sobre el estado de la red.
Los defensores de la UE y sus políticas de «liberalización», privatización y externalizaciones tienen mucho que reflexionar y, por más que intenten responsabilizarse unos a otros de su mala gestión, la realidad es que todos comparten el modelo que está detrás de este tipo de accidentes.