Pérez-Reverte, el chopped y el sentido común de la Guerra Civil

A inicios del pasado mes de febrero, el académico Arturo Pérez-Reverte presentaba unas jornadas de debate tituladas 1936: la guerra que todos perdimos. Al conocerse el cartel y el título de las jornadas, el novelista David Uclés declinó participar, alegando la participación en ellas del expresidente José María Aznar y del exdirigente de Vox Iván Espinosa de los Monteros. A raíz de la decisión del escritor de La península de las casas vacías, el debate se multiplicó en redes sociales –con la salida de las jornadas de Antonio Maíllo, líder de Izquierda Unida–, en columnas de opinión, en tertulias televisivas y en una entrevista en La Resistencia.

Es curioso: la mayoría de los debates historiográficos rara vez saltan al espacio público. No he hecho fact-checking, pero me extrañaría bastante que en artículos publicados en ABC y en El País se desarrollase una fructífera conversación sobre la transición de las sociedades al capitalismo, el clásico debate entre Paul Sweezy y Maurice Dobb, o que David Broncano abordase las causas del atraso industrial español en el siglo XIX recogiendo las aportaciones de Jordi Nadal, Miguel Artola o Ramón Gabarrón. Sin embargo, cada cierto tiempo salen a la palestra ciertos temas, a saber: la pertinencia (o no) del uso del término «Reconquista»; las supuestas leyendas negra y rosa de la Monarquía Hispánica bajo la dinastía de los Austria; y el que nos compete ahora: la caracterización de la Guerra Civil española. Ninguno de estos debates es anodino; todo lo contrario: más allá del interés que puedan tener para académicos o no, corresponden a elementos superestructurales fundamentales para el mantenimiento del statu quo. Los dos primeros, en función de cómo se resuelvan –independientemente de la verdad histórica, suponiendo que tal cosa exista–, son piedras angulares en la construcción cultural de la identidad nacional española, y el tercero se convierte en el elemento central de la justificación del régimen del 78.

Nos tenemos que preguntar: ¿qué lleva a dos señores que claramente no son historiadores a debatir sobre historiografía? Es más, ¿por qué la posición de Pérez-Reverte, que es profundamente minoritaria en la investigación especializada, se convierte en hegemónica en la sociedad española? Porque, dejémoslo claro, el consenso académico es el siguiente: la Guerra Civil sería el resultado del fracaso de un golpe de Estado dado contra un Gobierno democrático liberal por buena parte del Ejército, con el apoyo –en una conspiración– de los elementos más reaccionarios de la sociedad (terratenientes y ciertos sectores burgueses que temían una revolución proletaria), representados por diputados de una derecha accidentalista que pregonaban la necesidad del golpe, por los paramilitares falangistas que provocaban algarabías en las calles y por los curas desde los púlpitos de las iglesias, entre otros.

Sin embargo, la posición de quien es llamado por sus seguidores «don Arturo» es otra. Aunque ahora haya vuelto a la palestra, sus ideas no son nuevas. Hace unos años publicó el libro ilustrado La Guerra Civil contada a los jóvenes. En él, el autor de Alatriste planteaba una versión, según él, «objetiva» de la historia reciente de España. La guerra española quedaba reflejada como un enfrentamiento entre «hermanos». Pérez-Reverte habría escrito, a diferencia de los historiadores académicos, «sin clichés partidarios ni etiquetas fáciles» sobre la «espantosa» guerra que enfrentó «al hermano contra el hermano», según dejó escrito en el prólogo del libro. Su objetivo no sería otro que «evitar que tan desoladora tragedia vuelva a repetirse nunca».

Desconozco cuántos libros ilustrados para niños ha vendido nuestro académico de la RAE, pero os puedo asegurar que la mayor parte de mis alumnos –y de las personas a las que pregunte el lector por la calle– defienden una opinión similar. ¡Y eso que la mayoría no habrá oído hablar jamás de semejante cómic! Pero es que las posiciones historiográficas –e ideológicas– no solo se introducen a través de los debates académicos o del currículo escolar, sino que lo hacen por múltiples medios. Pensemos, por ejemplo, en el lacrimógeno anuncio anual de Campofrío. En estos anuncios, el de la última Navidad, dedicado a la malvada polarización, se nos muestra la importancia del amor fraternal frente a la España cainita que nos llevó a esa desoladora tragedia. Más explícito es el de 2016, que nos mostraba el amor entre un «rojo» y una «nacional» en plena Guerra Civil, unidos en santo matrimonio por la mortadela de pavo baja en sal.

Detrás de esta idea –que ya aparecía en el manifiesto de Franco el 18 de julio de 1936 y fue explicitada en pleno franquismo durante los fastos de los «25 años de paz»– se nos presenta la tesis de que la guerra fue una tragedia a la que, de forma natural, nos abocó la inestabilidad política y social anterior. Es decir, la culpa recaería en el movimiento obrero organizado, que se enfrentó a unas condiciones de miseria durante el bienio negro, pero también –y especialmente– frente al Gobierno de la Conjunción Republicano-Socialista presidido por Azaña. La dictadura se convertía así en un periodo pacífico frente a la convulsa Segunda República.

Pero esta narrativa resulta aún más funcional para el régimen posterior. Si la Guerra Civil fue una guerra entre hermanos, la modélica Transición sería un momento en el que los españoles de ambos bandos aprendimos a convivir sin rencores sobre el pasado. La monarquía parlamentaria sería así esa reconciliación entre los prójimos gracias a las habilidosas gestiones de líderes salidos del franquismo, como el rey, Suárez o Fernández-Miranda (idea claramente representada en la reciente serie de Movistar+ que adapta a la televisión Anatomía de un instante, el libro de Javier Cercas). En palabras de Pérez-Reverte, en su cómic para niños, «España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos». El sistema político del 78 tiene en esta idea su mito fundacional.

Por mucho que pese a los departamentos de Historia Contemporánea de las universidades de nuestro país, influye más en el sentido común sobre la guerra un anuncio de Campofrío o cuatro aspavientos del exreportero de guerra que toda la investigación histórica realizada con rigor y contrastada por pares. Pero es que la reconciliación entre hermanos es un elemento central de justificación del régimen del 78, formando parte del sentido común que se reproduce de forma orgánica (y, por lo tanto, no siempre planificada) en la escuela, los productos culturales, las columnas de opinión o las intervenciones políticas –incluso de representantes de la socialdemocracia–.