Los resultados de las elecciones autonómicas de Castilla y León han abierto un período de reflexión en lo que algunos llaman «el espacio a la izquierda del PSOE». De aquí a las elecciones autonómicas andaluzas queda tiempo para que esa reflexión vuelva a ser igual de inútil que todos los períodos anteriores, de reflexión, de escucha o de qué sé yo.
Las elecciones andaluzas serán un punto de inflexión que nos permitirá ver si finalmente hay o no hay adelanto de las generales. No voy a desvelar aquí todas mis apuestas, pero me parece que está muy claro que Pedro Sánchez no va a apretar el botón electoral en tanto no se haya puesto un poco de orden en esa charca que, ahora mismo, conforman todas esas entidades y organizaciones que aceptan gustosamente ser definidas por su posición geográfica respecto del PSOE.
Creo que conviene empezar fijando una idea básica sobre este nuevo «proceso»: está abocado al fracaso. No hablo ya de que sea más o menos fácil que se pongan de acuerdo las Belarras, los Maíllos o los Yolanders. Tampoco de cuánto serán capaces, juntos o por separado, de sumar con Rufianes y nacionalistas progres. No, los tiros no van por ahí.
Cuando digo que toda esta reflexión terminará en fracaso lo digo porque parte de una base que ya expresa claramente la bancarrota de todos ellos: el único horizonte que son capaces de formular es el que ata sus destinos al futuro de la vieja socialdemocracia que representa el partido de Pedro Sánchez. Porque la única reflexión que son capaces de articular es la que se asienta en la idea, quizás no confesada, de que no hay nada que hacer si el PSOE no está en el Gobierno, pero mientras el PSOE pueda alcanzar el Gobierno, cabe la esperanza de influir lo suficiente como para hacer «políticas a favor de la gente».
Estamos, quizás, ante el momento más patético en la historia de muchas de las entidades y organizaciones que ocupan ese espacio. Pero el patetismo no viene de los magros resultados electorales o de las encuestas pesimistas, sino del completo abandono de cualquier tipo de planteamiento político independiente que no pase por intentar sobrevivir a través de las instituciones legislativas o, mucho mejor, ejecutivas, del aparato estatal.
Ese abandono tiene causas ideológicas, que nadie lo dude. Varias de estas entidades y organizaciones se presentaron en algún momento como adalides de una ruptura –más o menos rupturista de verdad– con las inercias y consecuencias de lo que llamaban el «régimen del 78». Ese tiempo pasó. Hoy no saben qué hacer si no es gestionando migajas. Gestionando con rostro humano, gestionando con sensibilidad, gestionando para la gente, pero gestionando migajas, insisto.
Hasta tal punto ocurre esto que ya nadie se acuerda del régimen del 78 porque, oh caramba, «nuestra democracia» (sí, la misma del régimen del 78) tiene que ser protegida de los bárbaros que vienen a demolerla liderados espiritualmente por un anciano yanki de piel naranja y conducidos a nuestra piel de toro por un ex del PP que lleva toda la vida chupando del primer bote que le ponen a tiro.
Rescatado entonces el fetiche de la democracia, no nos puede extrañar que se recupere entonces el fetiche de la unidad. Unidad de siglas y de egos que aspira a repetir resultados electorales de cuando se pretendía ser rupturista, pero sin serlo ya ni por asomo. Unidad demandada por el simple y llano miedo a la desaparición y a la irrelevancia porque, si no es en la política institucional, ya no saben actuar ni sobrevivir.
A nosotros nos han llamado muchas veces irrelevantes. Más de las que me puedo acordar. Básicamente, porque nuestros resultados electorales han sido a menudo parecidos a los que ellos obtienen ahora, con muchos más euros invertidos que nosotros. Bienvenidos, entonces, a la irrelevancia, muchachos. Aunque con una notable diferencia: cuando vosotros hayáis «abandonado la política» porque os haya salido mal el intento de ser ministros o diputadas, nosotros seguiremos organizando en los centros de trabajo, en los centros de estudio y en los barrios, con paciencia y confianza, a nuestra clase. Y lo haremos, entre otras cosas, para que no se deje camelar por charlatanes como vosotros, que sin moqueta que pisar ya no sois nadie y que hace mucho que dejasteis de representar ninguna esperanza de cambio real. Cambio real que viene, ese sí, de la ruptura con la explotación y quienes la gestionan.