Ha vuelto a pasar. Comienzan los yanquis y los sionistas a bombardear Irán, se cierra el estrecho de Ormuz y una de las primeras consecuencias es la subida espectacular del precio del barril de petróleo. A las pocas horas, este incremento ya se refleja en los carteles de las gasolineras y mucha gente se pregunta cómo es posible que pase esto cuando el combustible que le ponemos al coche se compró meses antes de que cayera el primer misil de esta temporada sobre Teherán. Pasó también con Ucrania y el gas, ¿recuerdan?
Con otros productos básicos, como las grandes distribuidoras de alimentación, pasa un poco parecido: ante cualquier fenómeno más o menos disruptivo, la repercusión casi inmediata en los precios de venta resulta notable. De hecho, es frecuente escuchar el argumento de que «ahora nos suben los precios rápidamente y mañana, cuando baje el petróleo, no lo vamos a notar tan rápido», y este argumento es esencialmente correcto porque parte de la constatación de hechos.
Ante esto, no faltan voces que señalan directamente a la codicia empresarial. Es una explicación sencilla, intuitiva y fácil de compartir: hay empresas que se aprovechan de la situación para ganar más. Sin embargo, aunque pueda haber comportamientos oportunistas, quedarse solo en esa idea es simplificar demasiado el problema. Además, asienta la visión engañosa de que, en el fondo, el capitalismo depende de que haya empresarios «buenos» o «malos», más o menos avariciosos, cuando en realidad el funcionamiento del sistema no depende tanto de la moral individual.
El capitalismo no se rige por la ética personal de quienes participan en él, sino por una serie de reglas que empujan a las empresas a comportarse de una determinada manera. Lo que vemos en las gasolineras o en los supermercados no es simplemente el resultado de decisiones individuales, sino la expresión de cómo funciona el sistema en su conjunto.
Un punto clave para entenderlo es que los precios, en determinados mercados, no se fijan en función de lo que costó producir o comprar un bien en el pasado, sino de lo que costará reponerlo en el futuro. Cuando sube el petróleo, las empresas actúan pensando en cuánto les costará volver a comprarlo y no tanto en cuánto pagaron por la remesa anterior. Por eso los precios se ajustan tan rápido en ciertos sectores, porque el precio de venta de hoy lo determina el precio de compra de mañana.
Además, la dinámica capitalista hace que las empresas no tengan en realidad mucha opción. En el salvaje entorno de la competencia entre monopolios, si uno de ellos decidiera no subir precios mientras los demás sí lo hacen, vería reducidos sus beneficios y perdería posición frente a sus competidores. Son las reglas del juego, y lo que deberíamos preguntarnos es qué hace que las reglas sean así, más que enjuiciarlo moralmente.
La sensación de que las subidas son rápidas y las bajadas son lentas es real. En muchos sectores, especialmente los más concentrados, las empresas tienen suficiente poder como para trasladar rápidamente los aumentos de costes o expectativas a los precios, pero luego no reciben presión para reducirlos a la misma velocidad si la situación cambia. Esto no se explica tanto por la psicología individual de los CEO de las empresas como por la estructura monopolista del mercado y el poder que tienen ciertos actores dentro de él.
Por eso, hablar únicamente de «avaricia» es errar el tiro de lleno y ayuda a desviar la atención de lo importante. Plantear el problema como moral hace que parezca que tiene carácter individual, cuando en realidad es un problema del sistema en su conjunto. Si achacamos a un fallo individual de tal o cual capitalista los efectos negativos del capitalismo, nunca pondremos en duda al capitalismo en sí.