Editorial

Se acerca el final del curso político, un buen momento para pararse a analizar dónde está cada cual. Este es el último curso antes de un año, el 2027, en el que se celebrarán elecciones municipales, autonómicas en la mayoría de las comunidades y tal vez unas elecciones generales que unos anhelan a toda costa para este mismo año y que otros intentan como sea evitar adelantar.

Tras el pasado ciclo de elecciones autonómicas concentradas, pronto nos adentraremos de lleno en un bucle de la política parlamentaria que conocemos bien: el de la campaña electoral casi permanente. En los últimos años hemos acumulado experiencias suficientes de Gobiernos socialdemócratas, a nivel tanto central como autonómico, como para conocer la jugada. En abril de 2019 y la repetición electoral de noviembre fue la «alerta antifascista» que había enunciado Pablo Iglesias unos meses antes, tras la entrada de Vox en el Parlamento andaluz; en julio de 2023 fue, en la misma línea, impedir la llegada al Gobierno del PP de Feijoo, porque traería de la mano a Vox. En varios procesos electorales autonómicos celebrados por el camino, la consigna ha sido la misma: impedir que gobernaran «la derecha y la ultraderecha». Esta bandera ha sido enarbolada tanto por el PSOE como por la amalgama de fuerzas a su izquierda, cada vez más subordinada al «hermano mayor». Y todo ello, con la inestimable colaboración de unas cúpulas de las grandes centrales sindicales que están dispuestas a ligar estrechamente sus destinos al del Gobierno de coalición, implique eso lo que implique.

En todos estos años, el crecimiento de las posiciones reaccionarias y su virulencia ha ido desplazando las fichas en el tablero de juego. La derecha y la ultraderecha, buscando un cabeza de turco, han puesto a la clase obrera migrante en el centro de la diana, pretendiendo normalizar la xenofobia y el racismo, haciéndolo pasar por «sentido común». Han cargado, también, contra la lucha por los derechos de la mujer y contra la violencia machista. Y toda acción tiene una reacción.

Enfrente se ha pretendido situar el conjunto de fuerzas «progresistas» que han gobernado en distintos niveles durante la última década y cuyos Gobiernos no han alterado lo más mínimo las bases de la explotación capitalista ni han cuestionado la integración de nuestro país en las principales estructuras imperialistas de las que forma parte, y de hecho han participado de la escalada bélica mundial. Pedro Sánchez llegó a la Moncloa hace este mes de junio justo ocho años, y Unidos Podemos llegó al Gobierno en enero de 2020. Desde entonces, cualquiera reconocerá que las condiciones materiales de la mayoría trabajadora, sobre todo en lo tocante al acceso a la vivienda, no han mejorado sustancialmente, si es que no se ha cronificado su precariedad. Resulta más sangrante si se analiza en términos relativos, es decir, si se compara dichas condiciones con las cuentas de beneficios de las grandes empresas. ¿O es que 48 trimestres consecutivos de encarecimiento de la vivienda son responsabilidad única de los Gobiernos autonómicos del PP que se niegan a aplicar una tibia Ley de vivienda?

Lo cierto es que, cuando uno carece de un proyecto diferente en lo fundamental al de esas fuerzas reaccionarias –eso pasaría por cuestionar la base del propio sistema capitalista–, solo le queda una salida: magnificar las diferencias con ellas y azuzar el miedo a que lleguen al poder esos otros. Esos otros que siempre se hallan, desde luego, dispuestos a atacar con mayor virulencia las condiciones de vida y de trabajo de la mayoría. Ese será el bucle que comenzará de cara al próximo año electoral; el bucle que, en realidad, ya prácticamente tenemos en el día a día de la política burguesa patria. El espectáculo está servido.

Así, cuando uno va basando su práctica política cada vez más exclusivamente en «pero ¡¿has visto la barbaridad que propone ese de enfrente?!», puede acabar reivindicando, desde posiciones históricas de la llamada «izquierda», a Joe Biden, a Amancio Ortega, a Zapatero o hasta al Papa, como vemos estos días.

Desde sectores de la izquierda se ensalzan las palabras de León XIV solo porque suponen una cierta enmienda a las posiciones más reaccionarias de la derecha y la ultraderecha. No estamos ante un Papa revolucionario. No hay necesidad de alinearse con el discurso de la Iglesia católica. Pero algunos ya han hecho su propio viaje en el tablero.

El cambio en el Gobierno que, hace hoy ocho años, llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa se fundamentó en impugnar la corrupción del PP de Mariano Rajoy. Hoy, cuando la cúpula del PSOE y del Gobierno se ve salpicada por varios casos, queda el «y tú más» y las apelaciones al lawfare que puedan estar haciendo sectores de la judicatura. Dictaminen lo que dictaminen finalmente los tribunales, hay hechos de Ábalos, Cerdán o Zapatero que están ahí. La ética y la decencia fueron las banderas para echar a Rajoy de la Moncloa. ¿Qué tienen que decir ahora quienes han sido la muleta de los dos últimos Gobiernos de Sánchez? Una vez más, ¿todo vale porque lo que no puede ser es que «la derecha» llegue al poder?

¿Qué viaje han hecho quienes un mayo de hace 15 años gritaban «PSOE y PP la misma mierda es», impugnaban el «régimen del 78» y su servidumbre ante los bancos y Bruselas y luego han pasado años alabando la figura del Zapatero que presidía aquel Gobierno del PSOE? ¿Qué pueden argumentar hoy? En definitiva, ¿mañana en las urnas será nuevamente culpable la gente de perder todo resto que le quede de confianza en el turnismo burgués, votarán «mal», serán «irresponsables» por no llenar las urnas del sempiterno voto al mal menor?

Quienes prometieron asaltar los cielos y se han quedado gestionando en los márgenes de posibilidad del capital han realizado su propio viaje. Si alguna vez existió, al menos en lo retórico, algún cuestionamiento de los principales consensos del dominio capitalista en nuestro país, el alineamiento hoy es incuestionable: sí a la explotación asalariada, sí al dominio de los grandes monopolios, sí a la integración de España en la UE y la OTAN (aderezada con un poco de «autonomía estratégica europea», si hace falta). Todo ello, justificado de forma sistemática con la excusa de oponerse a «la derecha y la ultraderecha». Si acaso, alguna medida para contener los desgarros que genera el capital y garantizar así la paz social. Entre los factores que lo explican, la falta de firmeza en los principios, la absoluta ausencia de una propuesta alternativa al capitalismo y la única voluntad de amortiguar –si acaso– sus efectos negativos más visibles, por un lado, y asegurar la propia supervivencia política y personal, por el otro. De telón de fondo, el hecho de que en su mayoría no pertenecen a los nuestros o, si lo hicieron, renegaron hace tiempo. Los que siempre hemos estado en el mismo lado del tablero, los que no nos hemos movido, los que no hacemos piruetas para justificar el último bandazo, los que no buscamos en el parlamentarismo burgués una supervivencia política, somos la clase obrera, y urge que levantemos nuestra oposición a los partidos del capital.