Las guerras imperialistas, lejos de caer del cielo, se gestan durante años, engendradas de las propias contradicciones del sistema capitalista mundial en su fase imperialista. Años en los que se somete a la clase obrera y a los sectores populares a una sobreexposición a mensajes ideológicos que van enculturando en la inevitabilidad de la guerra, así como en la necesidad de alistarse bajo la bandera ajena de la burguesía nacional.
Para ello cuentan hoy, además de con los medios de comunicación tradicionales, con múltiples refuerzos en forma de plataformas tecnológicas que permiten individualizar los mensajes y conocer el grado de penetración de los mismos. Por ello les resulta aterradoramente sencillo la promoción de visiones distorsionadas de la realidad; el desprecio por la ciencia que permite poner al mismo nivel una verdad científica que una opinión infundada; la aceptación del uso indiscriminado de la violencia y la censura institucional contra las expresiones populares tanto políticas como culturales; la impunidad de los actos violentos por parte del escuadrismo fascista; el fomento del desprecio por las vidas ajenas, especialmente si son distinguibles por su color de piel, acento, religión, origen u opinión política; la represión y criminalización de la lucha obrera. Y todo, bajo el paraguas de un anticomunismo feroz y generalizado que reescribe la historia para poner al mismo nivel al verdugo y a la fuerza libertadora.
La ofensiva de nuestro enemigo de clase está ahí, las consecuencias a las que nos encamina son claramente deducibles de la experiencia histórica, pero lejos de conformarnos debemos aprender también de esa experiencia cuáles son y cuáles no las herramientas para frenar esas sombras que ennegrecen nuestro presente y amenazan con sumirnos en un futuro cercano de barbarie. Debemos dejar de ser notarios de una involución y propulsar la puesta en pie de un movimiento obrero que, como en el pasado, se convierta en fuerza eficaz de la lucha de clases, capaz de infligir derrotas al capital.
Como siempre, no basta decir: hay que conocer y planificar, comprender para actuar e implementar acciones en el terreno ideológico, político y organizativo en todos los frentes de la lucha de clases. Sin idealizar escenarios, sin confundirse de aliados, pero con una confianza en la clase obrera como sujeto revolucionario a prueba de todo derrotismo.
El escenario no es sencillo. La situación del movimiento obrero en nuestro país está lejos de ser la deseable: atravesamos un período de profunda descomposición y dispersión orgánica, agravado por la ausencia de un horizonte revolucionario claro que permita a la clase trabajadora mirar más allá de la mera supervivencia inmediata. Esta crisis de organización y de perspectiva no es accidental; responde a esa ofensiva prolongada del capital y a la deriva sistemática de un movimiento sindical cautivo de la aceptación y sumisión a un modelo basado en la concertación social que no es más que otro nombre para denominar a la conciliación de clases.
A la par de esto, millones de trabajadores, afiliados o no, ven a las organizaciones sindicales no como un espacio de participación y acción colectiva, sino como aparatos burocratizados, alejados de sus necesidades cotidianas y completamente integrados en el juego institucional. Ello facilita la entrada de discursos reaccionarios antisindicales y, por un lado, contribuye al retroceso constante en las condiciones de vida y trabajo y, por otro, supone el caldo de cultivo perfecto para la penetración de posiciones reaccionarias y nacionalistas que dividen a nuestra clase y la enfrentan a sus verdaderos intereses.
Pero no podemos señalar el desafecto de las bases sin criticar duramente a las cúpulas sindicales. Estas direcciones, facilitadoras de la hegemonía socialdemócrata en el movimiento sindical, son responsables en gran medida de esta debacle. Su apuesta por la concertación social, su vinculación orgánica con las agendas institucionales y su supeditación plena a los intereses del Gobierno de la socialdemocracia las inhabilita como alternativa y las convierte en correas de transmisión de los intereses del capital.
Mientras tanto, sus discursos sobre la paz son abstractos, vacíos de contenido de clase, que mientras piden la paz favorecen la reconversión de la industria civil hacia la fabricación de armamentos facilitando la militarización de la economía, cuando no se ponen directamente del lado de quienes propugnan la llamada «autonomía estratégica» europea, que no es más que la pretensión de los monopolios de la Unión Europea de jugar su propia partida imperialista, con sus propias guerras y su propio reparto del mundo.
Frente a esta situación, debemos afirmar con claridad nuestra perspectiva: la clase obrera, mediante su recomposición organizativa, política e ideológica, es la única fuerza capaz de desarrollar un movimiento antimilitarista y por la paz verdaderamente efectivo. No hay paz posible dentro del sistema imperialista; la guerra es su forma de existencia, su método para resolver las crisis de sobreacumulación y el reparto de mercados y materias primas. Por eso, nuestra lucha contra la guerra es inseparable de nuestra lucha contra el capital. Un movimiento obrero que se reconstruya sobre bases de independencia de clase, que recupere su memoria histórica y su conciencia revolucionaria, será la única alternativa real a la escalada bélica que nos acecha. Nuestra paz no es la de los mercaderes de la muerte ni la de los burócratas de Bruselas; es la paz de los pueblos, que sólo puede edificarse sobre los cimientos de la abolición de la explotación asalariada en la sociedad socialista-comunista.
Para ello, es imperativo que el movimiento obrero recomponga su acción independiente. Debemos dejar de ver frenadas nuestras reivindicaciones por los límites que imponen el capital y sus Gobiernos. No podemos seguir aceptando que las necesidades de la clase trabajadora queden subordinadas a la «competitividad» o a los «equilibrios presupuestarios». Hay que situar el conflicto capital-trabajo en el centro del debate y de la movilización. Frente a las cúpulas sindicales entreguistas, debemos construir herramientas de lucha desde la base, asamblearias y combativas, que articulen las luchas económicas con la denuncia política del imperialismo y la guerra. La recomposición de nuestra clase pasa por romper con cualquier forma de colaboración de clases y por recuperar nuestro propio programa: el que apunta a la sustitución del orden capitalista por una sociedad libre de explotación.
En definitiva, la situación no es fácil, pero no debe haber lugar para el desánimo. La situación nos obliga a la crítica más implacable de lo que somos y de lo que hemos dejado de ser como clase, pero también a la afirmación más firme de lo que debemos llegar a ser. El imperialismo prepara nuevas guerras, la reacción más extrema avanza y, mientras, la socialdemocracia nos desvía hacia falsas salidas. Solo la clase obrera, recompuesta y consciente de sus intereses irreconciliables con los del capital, puede poner fin a esta barbarie. Esa es nuestra tarea, nuestro horizonte y nuestra única garantía de victoria. Organicémonos para hacerla realidad, nos va la vida en ello.