Las trabajadoras de Educación Infantil de 0 a 3 años de Madrid llevan meses en huelga indefinida, acumulando horas de piquetes informativos, concentraciones y manifestaciones. Detrás de las protestas hay una realidad marcada por salarios bajos, falta de recursos y una sensación compartida de agotamiento. Pero también hay una reivindicación de fondo: reconocer el ciclo 0-3 como una etapa educativa con la importancia, los recursos y las condiciones laborales que merece.
Hablamos con Tamara Rupérez, educadora infantil y militante comunista, sobre el día a día en las aulas, el impacto de las condiciones de trabajo sobre la infancia, las razones que han llevado a muchas trabajadoras a decir basta y la evolución de estos meses de movilizaciones.
Nuevo Rumbo: Tamara, lleváis meses en huelga indefinida, concentraciones y manifestaciones. ¿Qué ha pasado para que tantas hayáis dicho «hasta aquí»?
Tamara Rupérez: Lo primero que hay que entender es que hablamos de un sector que históricamente no ha tenido una gran tradición de organización sindical. Pero la situación ha llegado a un punto en el que muchas hemos sentido que no había otra opción. Llevamos semanas de huelga indefinida porque trabajar así se ha vuelto insostenible.
Estamos hablando de una etapa muy delicada, de niños y niñas de 0 a 3 años con ratios muy complicadas. En la mayoría de casos hablamos de ocho bebés de 0 a 1 año por educadora, catorce niños de 1 a 2 años o veinte de 2 a 3. A veces hay personal de apoyo, pero sigue siendo insuficiente.
Es un trabajo muy exigente física y mentalmente, por lo que hay muchísimas bajas: porque te contagias de todo, por dolores musculares, de espalda, por ansiedad, por agotamiento. Y todo esto cobrando el salario mínimo o poco más. La realidad es que muchas seguimos aquí porque nos importa muchísimo la infancia y creemos en lo que hacemos. Pero también hay compañeras que se están planteando irse, no porque no les guste su trabajo, sino porque es muy difícil imaginar una vida entera sosteniendo estas condiciones y estos salarios.
NR: Todavía mucha gente habla de «guarderías». ¿Por qué es importante reivindicar que el ciclo 0-3 es una etapa educativa y no simplemente un lugar donde se cuida a niños y niñas mientras las familias trabajan?
TR: Llamarlas «guarderías» le quita valor al trabajo que hacemos. Los primeros tres años de vida son fundamentales para el desarrollo de una persona. Muchas veces la escuela infantil es el primer espacio donde un niño o una niña empieza a relacionarse con el mundo más allá de sus figuras de apego. Y ahí pasan muchísimas cosas importantes.
Seguimos entendiendo la educación solo como enseñar conceptos académicos, pero educar no es únicamente eso. En esta etapa trabajamos el lenguaje, la autonomía, la convivencia, las emociones, el vínculo, los ritmos… y lo hacemos a través del juego, de las rutinas y también de los cuidados.
A esto se añade algo muy importante: la detección temprana. Muchas veces somos las primeras personas en identificar señales de alerta en el desarrollo y quienes nos coordinamos con los equipos de atención temprana y con las familias. Y eso requiere tiempo, recursos y reconocimiento.
No renegamos de la parte de cuidados; al contrario, es fundamental. Pero cuidar también educa. Precisamente por eso una de nuestras reivindicaciones tiene que ver con que el ciclo 0-3 sea reconocido plenamente como una etapa educativa, con salarios, recursos, ratios y condiciones laborales acordes a la importancia del trabajo que realizamos.
NR: Desde tu experiencia, ¿qué ocurre en un aula de 0-3 que muchas veces no se ve o no se entiende desde fuera?
TR: Por ejemplo, algo tan cotidiano como un mordisco. En estas edades los niños todavía no tienen desarrollado el lenguaje y, cuando algo les frustra o no saben expresar lo que sienten, pueden morder o pegar. Es su forma de comunicación en ese momento.
Y claro, si una familia viene a recoger a su hijo y le ve una marca, se enfada. Lo entiendo perfectamente, pero si te preguntan «¿dónde estabas?», pues igual estaba cambiando el pañal a tres niños mientras otros diecisiete estaban en el aula. Y no quiero cambiar pañales de manera mecánica: también ese momento tiene afecto, intimidad, vínculo y tiene que dar seguridad. Pero tengo dos ojos y dos manos.
Lo mismo pasa con la comida. Veinte niños aprendiendo a comer solos, a coger la cuchara, a llevarse la comida a la boca, manchándose, necesitando ayuda. Desde fuera a veces parece algo sencillo, pero sostener todo eso a la vez es muy complicado.
NR: ¿Qué consecuencias tiene para la infancia y para vosotras que se infravalore esta etapa?
TR: Para nosotras se traduce en peores condiciones, agotamiento y frustración. Pero quienes más lo sufren son los niños y niñas. Nosotras podemos decidir cambiar de trabajo; ellos no deciden estar allí ni adaptarse a esas condiciones.
Muchas veces se habla de cómo puede afectarlos de adultos, pero se olvida que la infancia importa en el presente. Son personas que ya sienten, ya sufren, ya necesitan sostén emocional. No es justo que un niño llore y no puedas cogerlo en brazos porque no llegas.
A veces terminas el día pensando en ese niño más callado al que casi no has podido mirar. Y eso pesa mucho. Te vas a casa con la sensación de que alguien necesitaba acompañamiento y no se lo has podido dar. Para nosotras es frustrante, pero para ellos es su día a día.
NR: ¿Cómo es realmente el día a día de una educadora? Si algo ha quedado claro durante estas semanas es que desde fuera no se ve todo lo que implica vuestro trabajo.
TR: En mi caso, en un aula de 2-3 años, empezamos a las nueve recibiendo a niños, niñas y familias. Ese ratito ya sirve para hablar con las familias, porque muchas veces no tenemos tiempo real para tutorías. Después hacemos asamblea, cuentos, canciones, normas del aula, actividades de psicomotricidad, manipulación, experimentación, biblioteca… Hay una programación mensual que preparar y cumplir.
Durante todo ese tiempo estás observando a cada niño, adaptando actividades si hay necesidades educativas especiales, limpiando, cambiando pañales, saliendo al patio cuando se puede, sosteniendo conflictos, acompañando emociones. Luego llega la comida: alergias, necesidades concretas, veinte niños aprendiendo a comer. Después, la siesta, que también es una odisea. En bebés, muchos necesitan dormir en brazos, y faltan brazos.
Por la tarde hay que despertarlos, cambiarles, poner zapatos, peinarles, fomentar autonomía aunque tengas prisa. A las familias hay que contarles cómo ha ido el día, pero no hay tiempo suficiente. Sales agotada. Yo llevo un reloj que cuenta pasos y hay días que marca ocho kilómetros sin haber salido del aula.
NR: Se habla mucho de ratios, ¿qué significa en la práctica trabajar con ratios altas? ¿Qué cambia para vosotras y para los niños y niñas?
TR: Significa no llegar a todo. Significa no poder adaptarte a los ritmos de cada niño y que muchas veces sean ellos quienes se adapten a los nuestros. Al final, las rutinas se organizan también por pura supervivencia.
Bajar ratios es fundamental para cuidar y sostener a la infancia y para que nosotras podamos trabajar sin esa culpa constante de no llegar. Para ellos supondría mejor calidad educativa y mejores cuidados. Para nosotras, menos frustración y unas condiciones más dignas.
NR: ¿Cuántas veces al día piensas «esto no debería funcionar así»?
TR: Más veces de las que me gustaría. Lo pensamos todas a diario. Lo que pasa es que también acabas normalizando ciertas dinámicas. Si un día tienes quince niños en vez de veinte porque varios se han puesto malos, puedes llegar a decir: «Qué a gusto estoy hoy». Y luego te paras y piensas: quince niños de dos años siguen siendo muchísimos.
Esa normalización también forma parte del problema. Te acostumbras a trabajar en condiciones que, si las miras con un poco de distancia, son una barbaridad.
NR: Se trata de un sector muy fragmentado. Hay escuelas públicas, privadas, externalizadas… ¿Cómo afecta eso a las condiciones de trabajo?
TR: Afecta muchísimo. En las escuelas de gestión directa, al menos en la Comunidad de Madrid, las condiciones son distintas respecto a las de gestión indirecta. En algunas hay pareja educativa, mejores formas de trabajo y mejores salarios.
En las de gestión indirecta tenemos el mismo convenio que las privadas. Y ahí manda la patronal. Se decide plantilla, salario y organización desde criterios empresariales. En las privadas muchas veces la escuela funciona directamente como un negocio. La parte pedagógica existe porque las educadoras se dejan la piel para que exista, pero el modelo está pensado desde otra lógica.
Y esto también afecta a las familias. Hay muy pocas escuelas públicas, el acceso es limitado y muchas familias acaban dejándose una parte enorme del sueldo para poder conciliar.
NR: Denunciáis salarios bajos, parcialidad y mucha inestabilidad. ¿Hasta qué punto se puede vivir dignamente trabajando hoy en Educación Infantil?
TR: Es muy difícil vivir dignamente con estos salarios. Muchas compañeras tienen que compartir vivienda con una pareja, con compañeras de piso o con su familia para poder sobrevivir. Yo vivo sola y se hace muy cuesta arriba. Me veo obligada a trabajar por las tardes en lo que va saliendo: cuidar niños, trabajos extra, lo que sea para llegar a fin de mes.
Hay compañeras que han dejado el sector aunque era su vocación, porque necesitaban poder pagar un alquiler. Eso es muy triste, se expulsa del sector a gente que ama su trabajo y que sabe hacerlo bien.
NR: Hablamos de un sector formado casi por completo por mujeres. ¿Cómo crees que eso influye en cómo se valora vuestro trabajo?
TR: La feminización y la precariedad están muy relacionadas. Las tareas de cuidado han estado históricamente asociadas a las mujeres y al ámbito doméstico. Cuando se profesionalizan, se sigue dando por hecho que las hacemos por vocación, por una suerte de instinto maternal, casi como si no fueran un trabajo que debe pagarse y reconocerse.
Eso hace que los sectores feminizados estén peor valorados. Además, muchas compañeras tienen reducciones de jornada porque son ellas quienes asumen más carga doméstica y de cuidados en casa. Como tienen salarios más bajos, son ellas quienes renuncian. Es un círculo que se repite una y otra vez.
NR: Durante mucho tiempo parecía un sector difícil de organizar. ¿A qué se debe y qué ha cambiado para que ahora estemos viendo una movilización tan fuerte?
TR: El cansancio tiene dos caras. Por un lado, te deja sin fuerzas para organizarte. Llegas tan agotada que solo quieres parar. Pero, por otro lado, llega un momento en que estás tan quemada que necesitas dar un golpe encima de la mesa.
No queremos seguir tolerando que no podamos acompañar bien por el hecho de que se ahorren recursos o de que se considere que esta etapa no es tan importante. Esta movilización no es solo por nosotras, aunque también. Es por cómo concebimos la infancia y por cómo queremos trabajar con ella.
Ahora se está moviendo todo. No solo Madrid, también otras partes del Estado. Se está demostrando que las trabajadoras unidas somos muy fuertes.
NR: Tras las merecidas vacaciones que han servido para reponer fuerzas, ¿qué perspectivas hay para dar continuidad a la movilización con el inicio de curso?
TR: La perspectiva que tenemos las educadoras es seguir en huelga desde el día 1 de inicio de curso. No vamos a ceder hasta que veamos una mejora real de nuestras condiciones, y eso implica que seguiremos yendo a la huelga incluso en los momentos delicados como puede ser un inicio de curso. No es fácil empezar un curso teniendo que ajustar los servicios mínimos, y todo lo que esto implica, pero es necesario continuar organizadas y luchando.
NR: ¿Cuáles son vuestras reivindicaciones? ¿Qué tendría que cambiar para que una trabajadora dijera «ahora sí podemos trabajar dignamente»?
TR: Nuestras reivindicaciones son muchas, porque la situación es muy precaria. Pero, por resumir, queremos que el ciclo 0-3 sea reconocido plenamente como una etapa educativa: con salarios, recursos, ratios y condiciones laborales en consonancia con la relevancia del trabajo que desempeñamos. Eso significa equipararnos al resto de etapas educativas en aquello que tiene que ver con reconocimiento profesional y condiciones de trabajo. También significa que las escuelas dejen de concebirse como negocios. Hay que parar la privatización de la Educación Infantil. No puede ser que para que tu hijo o hija de 0-3 tenga educación, o simplemente para poder conciliar, tengas que tener dinero.
Trabajar dignamente sería sentir que podemos desarrollar nuestro trabajo, que la infancia está bien cuidada, que tenemos recursos, medios y tiempo. Ahora mismo, muchas veces sentimos que estamos sobreviviendo.
NR: ¿Qué opinas de los anuncios del Gobierno de España sobre reducir las ratios y de la Comunidad de Madrid sobre implantar la pareja educativa?
TR: La Comunidad de Madrid ha prometido la pareja educativa y el Gobierno de España, una histórica bajada de ratios. Lo primero que tenemos que poner en valor es que gracias a la movilización hemos conseguido que dos de las Administraciones responsables muevan ficha, aunque estos anuncios no se han concretado aún en nada.
Por ejemplo, el anuncio de la Comunidad de Madrid de pareja educativa para las nuevas licitaciones se hizo un jueves, cuando ese lunes se había publicado el 80 % de las adjudicaciones, por lo que la pareja se haría efectiva dentro de cuatro años para la mayoría de las escuelas en manos privadas.
El anuncio del ministerio de Educación de bajada de ratios por la vía de la modificación del Real Decreto 132/2010 sí es más significativo para la mejora de nuestras condiciones. No obstante, debemos analizar esta medida en un contexto de insuficiente oferta de plazas públicas de 0-3 años, oferta que se vería notablemente recortada sin que haya planes para contrarrestar esta falta de plazas ni desde el Ayuntamiento, ni desde la Comunidad. Estamos, por tanto, ante una medida positiva para niños y niñas y educadoras, pero que sin aumento de plazas va a suponer incrementar aún más el negocio de la privada en la etapa 0-3. En este sentido, la pelea debe ser por acabar con la privatización de la educación, en general, y en la etapa 0-3, en particular.
NR: Para terminar: si una educadora que te lee está también agotada y enfadada, ha participado en las movilizaciones y siente que aún no se ha conseguido nada, ¿qué le dirías?
TR: Creo que es algo completamente normal, teniendo en cuenta que llevamos en esta situación ya un tiempo. Pero también le diría que es necesario estar organizadas y seguir peleando, que es duro: perder parte de nuestro salario cuando de por sí no es muy alto, tener que ceñirnos a los servicios mínimos y no poder disfrutar de todo aquello que es nuestra vocación en nuestros centros de trabajo. Pero la lucha es el único camino y tenemos que seguir ahí hasta que dignifiquemos la etapa.