Huelguistas por encargo

Se nos presenta un otoño entretenido. El 11 de noviembre tenemos una huelga general. Pero antes, el 14 de octubre comienza en Madrid una huelga indefinida del profesorado de la enseñanza pública. Hay convocatorias y conflictos abiertos también en otros territorios y, para el mes de noviembre, están previstas nuevas jornadas de huelga en Castilla y León y Extremadura. Parece entonces que ya tenemos otoño caliente, al menos en el sector de la enseñanza.

Otoño caliente. Esa expresión que gusta mucho a la prensa porque permite resumir varios meses de conflictos sin tener que entrar demasiado en los motivos de ninguno.

Que no se equivoque nadie: organizar una huelga es bastante más complicado de lo que pudiera parecer. Hay quien piensa que la cosa consiste, más o menos, en que un grupo de trabajadores tenga problemas en su trabajo, intente solucionarlos, no lo consiga y termine llegando a la conclusión de que dejar de trabajar es la forma más sencilla de hacer ver a la empresa que, sin trabajadores, todo se para y nada se produce.

¡Ingenuos! Ahora sabemos que, antes de cualquier huelga, hay que hacer un estudio político completo. Es decir, si la huelga se produce en Madrid, habrá que averiguar qué interés tiene la oposición en desgastar a Ayuso. Si se produce donde gobierna el PSOE, seguramente alguien descubrirá que son el PP y Vox quienes utilizan el malestar de los trabajadores. Si afecta a un Ministerio, se recordará que determinadas competencias son autonómicas. Y si coincide con alguna campaña electoral, asunto resuelto: todo era por las elecciones. A este paso, los comités de huelga van a necesitar incorporar a politólogos.

Ya puestos, tampoco vendría mal algún experto en mapas autonómicos. Imaginemos a un profesor intentando saber contra quién debe protestar. Su nómina depende de una administración, una norma básica la aprueba otra, determinadas decisiones se toman en la Consejería, otras vienen del Ministerio y algunas dependen de unos presupuestos que han pasado por varios sitios antes de llegar al BOE o al boletín autonómico correspondiente. Antes de salir con la pancarta deberá asegurarse de no estar haciendo el juego a nadie, no vaya a ser que, de repente, salga alguien como la consejera de Educación de Madrid, Mercedes Zarzalejo, y diga que huelgas como las recientes de las educadoras infantiles son «huelgas políticas contra Ayuso y para salvar al soldado Sánchez».

Llama la atención que, cuando la CEOE dice que los trabajadores enfermos son «absentistas», nadie ponga el grito en el cielo y exija convocar una comisión de investigación para descubrir qué oscuros motivos pueden llevar a los empresarios a presentar a los trabajadores como caraduras y aprovechados.

En esta sociedad, la patronal promueve sus intereses y muy pocos lo llaman «política». Pero un trabajador quiere cobrar más y entonces, sí, sus intereses son «políticos» y empiezan las preguntas: ¿por qué precisamente ahora?, ¿quién está detrás?, ¿a qué partido beneficia?, ¿qué sindicato convoca?, ¿quién gobierna?, ¿hay elecciones cerca?

Pues claro que hay intencionalidad política en las huelgas, señora Zarzalejo. Las huelgas son una de las mejores expresiones de la política en sentido amplio, no en esa concepción parlamentaria y castrante que le dan personas como usted. Porque las huelgas exponen a las claras quién hace que las cosas funcionen a diario. Si el profesorado para un día, no hay clases; si usted no aparece por su despacho, ninguno nos damos cuenta. Es así de sencillo.

Resulta muy cansino tener que repetir que cualquier movilización obrera, aunque sea por reivindicaciones muy básicas, tiene un profundo carácter político, sobre todo para quien tiene que decidir si paga primero el alquiler o la factura de la luz.

Pero a los señores parlamentarios profesionales, que viven de aspirar a representar a la población, les gusta confundir lo político con lo partidista, y entender todas las dinámicas sociales en función de que le venga bien a su partido o no. Porque si el profesorado de una comunidad como Madrid hace huelga para desgastar a Ayuso, entonces ya no hace falta discutir demasiado sobre sus salarios. Si los de Castilla y León responden a algún interés sindical o partidista, nos ahorramos la conversación sobre tutorías, reducciones de jornada o burocracia.

Es un mecanismo cómodo y resultón. La huelga deja de pertenecer a quienes la convocan y la secundan para dejar el protagonismo a los partidos de la oposición parlamentaria que, en muchas ocasiones, se acercan para tratar de rascar algún titular o cazar algún micrófono pero, cuando luego son ellos los que ocupan los despachos de la Administración, donde dije digo, digo Diego. Los trabajadores, entonces, pasan a ser figurantes de una pelea que protagonizan otros. ¿Creías que te movilizabas por tu nómina? Pues no, chato, estás participando en la estrategia electoral de no sé quién. ¿Estás en huelga porque tus condiciones de trabajo son malas y quieres mejorarlas? Calla, calla, no eres más que un peón en una operación política de mucho mayor alcance. Y así una y otra vez.

Lo malo para la Zarzalejo y compañía es que, normalmente, los trabajadores tenemos la desagradable costumbre de saber por qué protestamos, dónde están nuestros amigos y, sobre todo, dónde están nuestros enemigos.