A falta de estadísticas oficiales sobre el año 2018 y de los datos consolidados de estas estadísticas que publica el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, los datos registrados de enero a octubre de 2018 nos hablan ya de más de medio millón de accidentes de trabajo, exactamente 510.107 accidentes que causaron baja, lo que supone 20.656 más que en el mismo período para el año 2017. El año que acaba de terminar será, pues, el sexto consecutivo desde el año 2012 en registrar un incremento ininterrumpido de la siniestralidad laboral, que crece por encima del 20%, alcanzando niveles no solo en el número de accidentes que causan baja, sinó también en el número de accidentes registrados como graves (7.3% más) y en los registrados como mortales (2% más). Además, estas estadísticas oficiales se verán notablemente corregidas y aumentadas cuando el Ministerio publique los datos consolidados de las mismas al contabilizarse como mortales aquellos accidentes de trabajadores y trabajadoras que inicialmente fueron clasificados como graves o leves y que al cabo de un tiempo fallecieron.

Con ser alarmantes estos datos, no faltarán medios de comunicación (léase aparatos de propaganda del sistema), gobierno y confederaciones patronales, que tratarán de tapar el Sol con un dedo, para justificar lo injustificable, resaltando “errores humanos”, “infortunios” o “imprudencias”, obviando así las verdaderas causas reales y estructurales de la siniestralidad, ya que esto supondría confrontar con los factores que las potencian y las explican. Es decir, la desregulación laboral propiciada por las sucesivas contrarreformas laborales, la precariedad, la temporalidad, los destajos y los abusos de la patronal que con sus salarios de miseria obligan a una gran parte de la clase trabajadora a tener que realizar jornadas que superan con mucho los límites legales para poder llegar a fin de mes. No son hechos “desafortunados” sinó una organización del trabajo pensada en función exclusivamente de los beneficios capitalistas, los menores costes de producción y por lo tanto de prevención y de formación, los elementos que constituyen las causas estructurales de la “ruleta rusa” de la siniestralidad laboral. Y si ello no fuera suficiente, hay que añadir que estas son sólo las cifras “oficiales” que unicamente reflejan los accidentes que la ley reconoce como laborales entre las que no se encuentran por supuesto las de aquellos trabajadores/as que no se atreven a denunciar por temor a perder el puesto de trabajo, los miles que trabajan sin contrato, los dos millones de trabajadores de la economía sumergida, la mayoría de los tres millones de autónomos, los trabajadores extranjeros explotados brutalmente precisamente en aquellos sectores que mayor índice de siniestralidad registran: sector agrícola, construcción y transporte. Tampoco están icluídas las enfermedades profesionales, las enfermedades psíquicas y mentales provocadas por el estrés y la ansiedad en el trabajo, que ni siquiera están incluídas en el cuadro de enfermedades profesionales del Estado español. Según un estudio publicado en la Revista Española de Salud Pública, en España mueren cada año más de 16.000 trabajadores/as por enfermedades relacionadas con el trabajo y de las cuales el Ministerio no reconoce más de 4 por año. Por su parte, la OIT calcula que por cada persona que muere en accidente de trabajo, mueren 5 por enfermedad laboral (2 millones de muertes en el mundo).

Si algo demuestran estas cifras sobre la siniestralidad laboral es el grado de brutalidad con que el sistema capitalista ataca a la clase obrera. Es el sudor y la sangre de la clase obrera las que alimentan los beneficios del capital, que ahora aumentan en la medida en que decrecen y empeoran nuestros derechos y nuestras condiciones de vida y de trabajo. La productividad y el lucro de la clase capitalista está por encima de los más elementales derechos de salud e incluso de vida de la clase trabajadora tratada y considerada como una mercancía más. Es la ley del máximo beneficio el determinante fundamental de una mortalidadad y una siniestralidad evitables.

Los sindicatos de clase deben prestar el máximo interés y esfuerzo en esta lucha por el control de las jornadas de trabajo, por la información y la formación, la vigilancia y el control sobre la seguridad y la prevención, tanto en la negociación colectiva como en la acción sindical en general. Ninguna hipócrita campaña sobre riegos y ningún Pacto Social conseguirá reducir los riesgos en el seno de unas relaciones de producción y de un sistema afectado por cada vez más frecuentes y más profundas crisis que tratan de superarse destruyendo fuerzas productivas y acrecentando los niveles de explotación obrera para lograr una recuperación económica que solo alcanza a los monopolios.

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