“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”
El Dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte, Karl Marx

Si alguien presta atención a los medios de comunicación escuchará innumerables veces al día cómo tertulianos de todo pelaje, empresarios, “expertos” o personajes del mundo de la política apelan insistentemente a la objetividad y a la neutralidad que debe presidir la actuación de la administración pública. Repiten, como si de un mantra se tratara, que hay que alejar de las políticas sanitarias, educativas o laborales la ideología en beneficio de una pretendida eficiencia tecnocrática en la gestión capitalista.

Sin embargo de cuando en cuando leemos noticias como la siguiente: el gobierno de Mariano Rajoy regaló, entre 2012 y 2015, casi 6 millones de euros en subvenciones a la fundación FAES, presidida por José María Aznar. Las empresas más importantes del país, ACS, Ferrovial, OHL, El Corte Inglés, La Caixa, Gas Natural, Banco Santander, BBVA y algunas otras, también hicieron generosas contribuciones a la misma fundación. Nuestra “sorpresa” se dispara (codazo, codazo, guiño, guiño) cuando leemos que la Generalitat de Catalunya y Diputación de Barcelona también han hecho sus generosas aportaciones.
¿Qué es lo que ha pasado?, ¿Es simple casualidad?, ¿quizá a las administraciones públicas y a las empresas les sobraba dinero y no sabían qué hacer con él?, ¿o más bien FAES sea un adalid del pensamiento objetivo y neutral?

Pues la verdad es que ninguna de esas cosas. Más allá de que esas “donaciones” puedan ser reflejo de pagos de favores pasados y futuros, lo cierto es que en la lucha de clases no hay espacio para la neutralidad y en su aspecto ideológico esta realidad es, si cabe, aún más, insidiosa.

Plantear abiertamente que o se está con la clase obrera o se está con la burguesía hace rechinar muchos dientes y nunca faltará quien nos acuse de ser “extremistas” o “radicales”. Incluso algún o alguna académica torcerá el gesto y nos regalará una sesuda disertación sobre los peligros de incurrir en aquello de la falacia lógica del falso dilema.
A despecho de la Academia, la realidad es tozuda y se impone una y otra vez. La lucha de clases no conoce espacios para la neutralidad. Cuando se impone una reforma laboral, se rebaja el impuesto de sociedades, se legisla a favor de la Banca o se privatiza servicios públicos, ¿quién se beneficia? ¿y quién sale perjudicado? La verdad, revolucionaria como ella sola, es la que es: la burguesía se apropia de la riqueza, la clase obrera y el pueblo trabajador nos quedamos con la miseria, el hambre y la pobreza.

Ante esta palmaria realidad hay dos respuestas: una, pretende que todo es culpa de la “ineficiencia de los gobernantes” o incluso de su supuesta estupidez y tendencia a la corrupción. La segunda nos habla de la naturaleza clasista de la sociedad, del Estado como herramienta de clase y de la dictadura del capital.

La primera tiene la ventaja de la comodidad, de ser mainstream, fácilmente asimilable y con una receta sencilla: apostar por la neutralidad ideológica que mejore la eficacia de la gestión capitalista. La segunda, sin embargo, es la verdad, desnuda, clara, imponente, pero su receta no es del gusto de la Academia y de los “expertos”; nos habla de la lucha revolucionaria, de la necesidad de la toma del poder, de la organización obrera en su Partido Comunista y en sus sindicatos, de convertir cada centro de trabajo, de estudio y cada barrio obrero en una “trinchera de lucha”.

La penetración ideológica constituye una parte esencial de esa tradición de la que hablaba Marx. De la misma forma que no hay neutralidad en la lucha de clases, menos aún la hay en uno de sus aspectos más íntimos: la lucha ideológica. La burguesía—y todas las clases dominantes que la han precedido—siempre lo ha sabido. Y no tiene ningún complejo en armarse ideológicamente en defensa de sus intereses de clase, y para ello encubre su ideología bajo los ropajes de la neutralidad o la objetividad. De eso van los apoyos a la FAES, entre otras.

Ahí, precisamente, en desvelar la hipocresía que esconde la pretendida neutralidad, es donde se incardina el trabajo ideológico que el Partido debe desarrollar en el seno de la clase obrera. Ese trabajo ideológico que debemos desplegar tanto desde el Partido, como a nivel individual, no se sitúa en una clave meramente de interés erudito o cultural, más propio de clubes de lectura que de un partido revolucionario. Al contrario, el sentido de nuestra tarea de formación ideológica posee un profundo carácter práctico.

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. (K. Marx: Tesis sobre Feuerbach)

Traemos a colación esta cita de Marx porque sintetiza a la perfección el punto que estamos defendiendo. Y es que, en efecto, participar en la lucha de clases fortalecidos ideológicamente nos proporciona unas herramientas indispensables con las que conocer en profundidad la realidad en que vivimos, interpretarla de forma adecuada e intervenir en ella con mayores posibilidades de éxito.

La celebración del XI Congreso Extraordinario, al señalar la importancia del giro obrero, la bolchevización y las tareas de organización, colocó los pilares fundamentales para convertir al Partido en la organización de masas que siempre hemos pretendido ser, con una estrecha vinculación con la clase obrera. Ese avance político del Partido en todos los sentidos sólo es posible si va a la par de un fortalecimiento ideológico del conjunto de su militancia.

Queremos y necesitamos una militancia capaz de mantener con firmeza la independencia ideológica no sólo del Partido, sino también del conjunto de la clase obrera frente a la penetración ideológica procedente de la burguesía, tanto en su vertiente liberal como socialdemócrata, que pretende teñir de neutralidad y objetividad lo que no es más que la defensa de sus espurios intereses de clase.

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