¿Vosotros os acordáis de la conmoción que se vio el día en que todos los valores tradicionales de la izquierda cayeron al precipicio por culpa de un desarme ideológico esterilizante y por una praxis política insultantemente pragmática? Joder que si me acuerdo.

(A propósito del ascenso de Vox y la crisis de Errejón-Iglesias en Podemos)

Seguramente películas como Tiempo Después existen porque en ocasiones lo real supera a la ficción. Porque hay que ser más bruto que la propia realidad para poder señalar lo esperpéntico de ésta. En el último film de Cuerda, los parados acaban compitiendo por vender la misma limonada en el Edificio Representativo mientras pregonan sus deleites a grito pelado. Los últimos vaivenes de la política española quizás señalan que Jose Luis Cuerda debería haber puesto a vender a los parias no limonada sino zumo de brócoli o cualquier otra guarrería. Se quedó corto.

Y es que no es para menos. La política española es cada vez más surrualista. El PP, Ciudadanos y Vox se alían tras las elecciones del pasado 2 de diciembre para crear un gobierno de coalición entre los dos primeros. Ante tamaño ejército, la “izquierda” responde con su despliegue de diversos “soldados” que blanden brazos ortopédicos e imaginan volar al aleteo de sus extremidades. Así contestó Iñigo Errejón, sosteniendo que tenemos que concurrir a una disputa en defensa de la democracia y la idea de España. Si su idea de España es estrecha, egoísta y autoritaria, nosotros tendríamos que exponer la nuestra: amplia, mestiza, diversa, justa y solidaria. Reivindicaba el coraje, el tejer, el reunir, la empatía como lazo social, la igualdad y la fraternidad. La verdad que los términos sobre los que define su respuesta al “bloque reaccionario” parecen sacadas más de un libro de autoayuda (o de canónico manual de marketing para la promoción de limonada) que de cualquier manual de ciencia política de la que es doctor. Y, desde luego, no se distinguen tanto (por la vacuidad de los términos) del lenguaje épico empleado por Vox. Ante los limones rancios, limones de colores.

Y, poco después, Errejón anunciaba en una carta conjunta con Carmena su voluntad de presentarse como candidato a las autonómicas de Madrid en la plataforma Más Madrid. La respuesta de Iglesias no se hacía esperar, afirmando que Errejón se desmarcaba del proyecto de Podemos y que él mismo se situaba fuera de su formación. Iñigo explica los motivos en una carta conjunta con Carmena: “la democracia es un regalo colectivo”, el Madrid de la “tolerancia”, la “libertad”, la “necesidad de otra manera [¿más?] de hacer política”… nuevas palabras para aderezar su limonada de brócoli. Pablo, en el puesto de al lado, vocifera en su carta de respuesta: ¡limonada aguada en el “quinto cumpleaños” de Podemos!, ¡estoy “tocado y triste”!, ¡Iñigo me ha “ocultado” su meditado divorcio!, ¡ganaremos las elecciones por la “dignidad” de los limones!

Cualquier persona que intente encontrar los motivos de unos y otros en sus declaraciones públicas no se enterará de nada. Acabará comprando la limonada que más encaje con su sensibilidad al dulce. Pero, ¿por qué se pelean si venden el mismo zumo? Lo que se suele decir: mientras Iñigo pretende construir un proyecto “nacional-popular” con un discurso del “sentido común” donde el pueblo se identifique con un discurso mayoritario, Pablo quiere crear una identidad basada más en la izquierda con reivindicaciones de tipo más económico que atraigan a los votantes tradicionales de la izquierda. Vamos, que se pelean por los aditivos que quieren echar a su discurso, porque ambos venden los mismos limones. Tras sus aditivos está el mismo capitalismo-limón que no osan siquiera mencionar. Y, así, esos parados de la película de Cuerda creen que dirigen su propia lucha, cuando están bajo el pabellón del Edificio Representativo cuyo rey es el gran limón.

Y, alejado del ruido de unos y otros, del olor agrio que empapa los tabiques nasales, se encuentra la realidad. La realidad de los limones amargos, de los desahucios en España, de la precariedad laboral, de la reforma laboral y sus consecuencias en el empeoramiento de las condiciones de la mayoría trabajadora, de los recortes en educación y sanidad… ¡Pero de eso habla la España de la democracia, del mestizaje, del tejer, de la empatía!, dirán los Iñigo Errejón. Seguro. Pero de lo que nunca hablan es de soluciones reales que vayan más allá de los gestos y las palabras. Como ha demostrado Unidos Podemos en el reciente pacto con el PSOE acerca de los Presupuestos Generales del Estado, solo venden palabras que sirven de propaganda para intentar que el pueblo trabajador confíe en los limones de quienes defienden al mismo capital. Frente a los desahucios, proponen la necesidad de que exista previamente un informe de bienestar social, sin garantizar en modo alguno el derecho a la vivienda. Frente a la precariedad laboral, no se derogan las reformas laborales del PSOE en 2010 y del PP en 2012. Sobre la subida del salario mínimo interprofesional, ¿por qué no se aprueba ya mismo al margen de los presupuestos para garantizar un nivel adquisitivo digno y que muchas familias puedan encender la calefacción en invierno? Facta, non verba, decían los romanos…

No se trata, por tanto, de ponernos al abrigo de unas u otras palabras. Mientras PP, Ciudadanos y Vox abogan por una gestión neoliberal del capital, PSOE y Unidos Podemos (o Adelante Andalucía en los recientes comicios) defienden una gestión socialdemócrata de ese mismo capital. Sus amos son los mismos, con la correspondiente agresividad más reaccionaria de los primeros y la falsedad y política de gestos de los segundos. Si estos últimos hablan más de “política social” es para intentar reconstruir la confianza de la clase obrera en unos partidos que no cuestionan la explotación capitalista y sus consecuencias que diariamente sufre la mayoría trabajadora. Por ello, a los comunistas no nos van a encontrar de coro de ningún ditirambo del limón ni del medio limón, porque se trata de cambiar la realidad de explotación y no de usar pomposas palabras que solo esconden la dominación capitalista.

La tarea de una verdadera política que responda a las necesidades del pueblo trabajador no pasa por la poesía y la retórica. Ha llegado el momento escribir en prosa, de retomar la lógica. Superar el avance de la extrema derecha y combatir las falsas ilusiones del campo socialdemócrata nos obliga necesariamente a recorrer el único camino que sitúe los intereses de nuestra clase en el centro del discurso y práctica política. Pasa por proclamar la caducidad del sistema capitalista y la necesidad de arrojarlo al basurero de la historia. Y tirar la basura es muy distinto que echar ambientador aroma a limón en forma de palabras “seductoras”. Porque por muy bien que huela la basura, sigue descomponiéndose.

Recuperar la política real significa hoy hablar claro a los trabajadores que cada día ponen en marcha nuestro país. Significa hacer un llamado a la organización sindical en cada centro de trabajo y dirigir las fuerzas a confrontar con el capital.

Eso suena a viejo, poco realista, utópico, radical, demasiado agresivo para vender cítricos, dirán. Nos provocará merma ontológica. Quizás. Pero es el lenguaje de quiénes pretendemos escribir un libro de historia y no una receta de limonada. Joder que si me acuerdo.

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