Lo importante es desenvolverse bien bailando en El Hormiguero. O ir de rafting con Jesús Calleja. O hacer magdalenas. Si luego promueves la reforma laboral más lesiva en años, o no derogas la reforma laboral más lesiva en años, o favoreces el pelotazo urbanístico de los grandes monopolios con suelo público, eso ya es lo de menos. El poder del Estado borrará la mancha, quizás incluso la convierta en medalla de honor. El baile, el rafting, las magdalenas, ahí está la clave. Lo que hay detrás, derechos laborales, condiciones de vida, el poder de los monopolios, eso solo es política.

Hace ya algún tiempo que el panorama político español se ha “americanizado”, especialmente en lo que toca a la contienda electoral. La política convertida en show, en la que la proyección de los líderes pondera al alza sobre la propuesta programática, incluso sobre la identidad partidaria. Lo que han venido en llamar marketing político no es otra cosa que simplificación del discurso, demagogia, significantes vacíos. Y tiende a una acusada personificación. En las Elecciones Europeas de 2014, Podemos saltó a la palestra con el rostro mesiánico de Pablo Iglesias en sus papeletas. Pedro Sánchez ha publicado su primer libro de memorias a las puertas de unas Elecciones Generales, donde comienza contándonos su primera decisión como Presidente del Gobierno: comprarse un colchón. Manuela Carmena hace magdalenas. Y la derecha mira al cielo y posa entre beatífica y marcialmente, con esa “España de los balcones” de fondo, que es minoría, pero que ven por todas partes. Lo que hay entre unos y otros es, fundamentalmente, una competencia comercial. Son productos a la venta. Su utilidad para los trabajadores es totalmente desconocida, pero ¿quién compra solo lo que necesita? —saben y se recuerdan en su fuero interno.

La competencia electoral entre unos y otros gestores del capitalismo hoy tiende a negar lo colectivo. Uno de los mensajes de fondo es que los partidos son algo viejo, lo que vende ahora son plataformas, confluencias. El militante es gris, frente al voluntario o el activista, que son multicolor.

Son ideas que están afectando a los grandes partidos de hoy, de izquierda a derecha, y que condicionan —y esto es lo grave— la conciencia de las grandes masas, atacando las formas históricas de organización de los trabajadores. Los obreros no necesitan magdalenas ni reconquistadores, sino un partido fuerte, democrático y centralizado, que defienda sin medias tintas sus intereses.

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