Hong Kong, 2019. Imagen: Getty Images.

El pasado 9 de junio comenzaron una serie de manifestaciones multitudinarias en Hong Kong, que durante todo el verano han abierto telediarios de todo el mundo: una huelga no sindical el 12 de junio, cargas policiales cuatro días después, el asalto al parlamento el 1 de julio, el ataque de encapuchados a los manifestantes el 21 de julio, la paralización del aeropuerto entre el 12 y el 14 de agosto y una contramanifestación a favor de Beijing, con medio millón de participantes, el 17 de agosto. Hasta finales de agosto, el saldo es de 883 detenidos, numerosas armas decomisadas y presuntas cifras de 2.100 heridos, entre ellos 205 policías.

China acusa a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Taiwán de estar detrás de un intento de revolución de colores, a similitud de las que se organizaron para Siria, Libia o Ucrania. La prensa occidental, por el contrario, ve un caso paradigmático de lucha entre la libertad y la tiranía. A mi juicio, el primer planteamiento esconde los factores internos bajo los externos —que aun así, existen— mientras que el segundo no merece siquiera una refutación, por absurdo.

Hong Kong es actualmente una ciudad completamente bajo soberanía China, aunque con un grado de autonomía muy amplio. Su Ley Básica establece un sistema sustancialmente diferente al del resto de China en aspectos como la moneda, la gestión económica o las instituciones políticas. Cualquier esfera puede ser diferente al resto del país, a excepción de la defensa militar o las relaciones exteriores, competencias que no están transferidas.

Políticamente, el conflicto se origina con la discusión parlamentaria de un nuevo redactado para la Ley de Extradición, que data de la época colonial británica. El actual texto, por ejemplo, no ha permitido a Hong Kong extraditar a un hombre que asesinó a su mujer en Taiwán y que ha aprovechado el vacío legal para permanecer impune en la ciudad autónoma. Sin embargo, ciertos grupos opositores vieron en la reforma legal una tentativa de armonizar los códigos penales de Hong Kong y el resto de China, debilitando la autonomía.

Esta reticencia tan puntillosa en un asunto menor se explica mejor desde la identidad propia hongkonesa. No porque Hong Kong tenga una larga tradición democrática, como parece querer decir la prensa occidental. De hecho, bajo el régimen colonial británico, se administraba la ciudad con un gobernador nombrado desde Londres y el resto del sistema legal sigue prácticamente intacto. La identidad, como todo lo demás, tiene fuertes raíces en aspectos materiales: en la economía.

Cuando en 1997 Hong Kong volvió a ser parte de China, su PIB representaba un 20% del de todo el país. Actualmente, el PIB hongkonés es un 3% del chino, si bien la economía de la ciudad autónoma es superior a la de países como Israel o Irlanda. El PIB per cápita de Hong Kong sigue siendo superior al de la media china, pero la brecha se ha reducido: en 1997, Hong Kong tenía cifras 35 veces superiores a las de la China continental, mientras que hoy son 5 veces superiores. Incluso ciudades como Beijing, Shanghai o Shenzhen han superado en tamaño económico a Hong Kong.

Este proceso no muestra una ralentización del crecimiento hongkonés, sino la expansión acelerada de China. No se ha hecho en perjuicio de la oligarquía hongkonesa, a la que se han ofrecido condiciones ventajosas de inversión en el mercado chino, sino en su favor. Pero la integración es bilateral: Hong Kong importa del resto de China el 67% del agua, el 94% de la carne de cerdo, el 100% de la de ternera, el 92% de las verduras, el 66% de los huevos, el 100% del gas natural, el 99% del petróleo y el 25% de la electricidad. La integración económica dentro de China es básica para la burguesía hongkonesa, que insospechadamente, es el principal apoyo en la ciudad de los actuales dirigentes del Partido Comunista Chino.

Hong Kong fue el único puerto chino dentro de la Organización Mundial del Comercio hasta 2001, año en el que todo el país pasó a ser miembro. También solía ser la principal bolsa de valores y mercado de intercambio de divisas, siendo hoy superado por la Bolsa de Shanghai y la internacionalización del yuan.

Si bien la oligarquía hongkonesa gana con la integración en China, entre determinados sectores, fundamentalmente de estudiantes universitarios y trabajadores cualificados, existe un sentimiento de pérdida de identidad, relacionado con una importancia relativamente menor de la ciudad dentro de China y de Asia Oriental en general. Este sentimiento no tiene una raíz étnica o cultural: el 92% de la población de Hong Kong es china, con un rápido crecimiento desde los 600.000 habitantes a los 7,4 millones entre 1945 y 2019, basado fundamentalmente en la emigración desde la provincia china de Guangdong.

¿Qué sucederá?

Los escenarios más probables son la derrota por agotamiento o una intensificación de la injerencia externa para avivar las protestas, que aun así, están abocadas al fracaso. Los dirigentes chinos, con su compromiso con las relaciones de mercado, han puesto las bases para que en Hong Kong y el resto de China se generen contradicciones que llevarán de forma necesaria a conflictos de clase, de forma más o menos directa, en ocasiones enmascarados más o menos como conflictos identitarios. Pero al mismo tiempo, esos mismos dirigentes son grandes conocedores de la gestión política y de la historia.

Por eso, el recurso a la fuerza sólo se utiliza como amenaza velada, con unas maniobras antidisturbios en la ciudad fronteriza de Shenzhen el 14 de agosto. El tiempo, saben, corre a su favor, en un territorio que ya controlan y sin amenazas militares serias.

Ahora bien, las lecciones del siglo y medio de humillación, en que China fue dividida en zonas de influencia por las potencias occidentales y numerosos territorios fueron desgajados del país, les enseña que, si se diera el caso, más vale un baño de sangre que un peligroso ejemplo a imitar.

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