Estos meses se ha alzado y cobrado dimensiones gigantescas la figura de la mujer obrera. Mujeres siempre silenciadas, invisibilizadas, emergen y se nos presentan hoy como el verdadero punto de apoyo para mover la tierra, para que la vida siga. 


Han sido salvadoras y garantes de la vida en Urgencias, en las UCIs, en las residencias geriátricas, en la limpieza, en las cajas de los supermercados, cuidando a domicilio en sus hogares a los ancianos solos, tras el mostrador de la carnicería y de la frutería. Son los miles de temporeras sobreexplotadas que llegan desde Marruecos para salvar la cosecha y nuestra comida diaria. Son las confinadas que en 40 metros cuadrados con poco aire y poca luz, con poco dinero y poca tecnología, cuidan de nuestra infancia. Un 83% de los niños y las niñas no realiza ni tiene condiciones —sitio— para realizar ejercicio físico, informa Save the Children; malamente se apañan para hacer los deberes sin concentración y sin medios, con un móvil con pocos datos o un ordenador viejo que la mayor parte tienen que compartir con su madre o su padre, pues se ha convertido en su instrumento de trabajo. Las madres trabajadoras intentan ayudar sin medios y muchas veces sin la suficiente formación para poder hacerlo. Estas son las víctimas de la crisis sanitaria, de la crisis capitalista, de la brecha de género, de la brecha digital, de la brecha educativa. 


No son las ministras capitalistas, las consejeras derechistas, las buenas para nada, las reinas, las infantas. Todas las brechas son expresiones y manifestaciones multiformes de la misma brecha, de la brecha insalvable: la brecha de clase.

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