Pensar como Koldo

En marzo de 2020, mientras la mayoría estábamos pensando en qué iba a pasar con nuestro trabajo, con las clases o con la salud de nuestros abuelos, no fueron pocos los que vieron la pandemia como una oportunidad para lucrarse. Un «espíritu del emprendimiento» embriagó a muchos empresarios de este país para traer material sanitario en una situación de extrema necesidad, eso sí, a cambio de un jugoso rédito económico. La clave del éxito estaba, especialmente en un periodo donde la contratación de emergencia era la norma, en tener contactos dentro de las administraciones públicas, lo que permitía acceder a una ventaja competitiva frente a otras empresas. Después de la pandemia, con las aguas más calmadas, ha ido apareciendo toda una serie de redes y entramados empresariales que se dedicaban a sacar tajada en los peores momentos de la crisis sanitaria. El último y más sonado de ellos ha sido el caso de Koldo García, antiguo asesor de José Luis Ábalos, ministro de Transportes en el anterior Gobierno de Pedro Sánchez y también antiguo Secretario de Organización del PSOE.

Koldo García aumentó su patrimonio de forma irregular en hasta 1,5 millones de euros en los dos años que siguieron al Covid. Lo hizo siendo el enlace que permitió que empresarios como Juan Carlos Cueto, uno de tantos de los que aparecen en la trama, consiguiera contratos de compraventa de material sanitario por los que presuntamente se embolsó 9,6 millones de euros de beneficio. Cuando vienes de una familia de trabajadores y tu cuenta no ha pasado nunca de los tres ceros, hablar de millones parece absurdo. Si tomamos la mediana del salario en España, unos 21.600 euros brutos al año, llevaría la friolera de 443 años de trabajo acumular esa cantidad de dinero. Resulta insultante. Casos como el de Koldo García o el del hermano y la pareja de Ayuso provocan en la sociedad una mayor desafección política que, no correctamente canalizada, beneficia a los capitalistas.

El discurso de la «casta» que tanto utilizaba Podemos hace una década apuntaba directamente al hastío fruto de la corrupción sistémica en los años de la crisis. Era un discurso que situaba, mediante la retórica populista, la connivencia entre empresarios y políticos y el enriquecimiento mutuo de ambos. Acertaba especialmente en entender la corrupción política como un continuo en vez de una situación de puntuales manzanas podridas. Los enormes salarios que se cobran en muchos puestos políticos, el funcionamiento de los partidos como agencias de colocación donde la carrera política garantiza una salida directa en consultoras y consejos de administración y la propia corrupción ilegal formaban un todo de prácticas corruptas, aunque tuviesen distintos grados de gravedad. Pese a lo parcialmente acertado del análisis, el origen y la perpetuación de la corrupción no se situaba en los mecanismos empleados por el Estado para integrar a los distintos grupos políticos en sus lógicas de redistribución y consenso, sino en vagas referencias al «régimen del 78».

Por eso, cuando los propios dirigentes del espacio político de Podemos, siendo el caso más reciente el de las abortadas «puertas giratorias» de Alberto Garzón, empezaron a enriquecerse mediante su actividad política, eso sí, legalmente, el discurso de la casta se volvió para señalarlos, anulando uno de los elementos discursivos que habían permitido su éxito. Con el tiempo, por ejemplo,  a limitación salarial de los cargos públicos de Podemos –al principio, un tope de tres SMI–se fue relajando y diluyendo, y hoy Sumar no la contempla en sus estatutos ni especifica cómo y cuándo la implantará. El sentido común volvía a susurrarles a muchos de quienes los habían votado que «todos eran iguales». A los más autocríticos les decía que «en su situación todo el mundo habría hecho lo mismo».

Y es que ahí está una parte de la cuestión, las lógicas burguesas son las lógicas de la ganancia, y resulta sencillo dejarse llevar por ellas cuando te mueves en ciertos ambientes, te acostumbras a cierto nivel de vida y, encima, no posees una organización que nazca desde la base, desde los espacios de vida y trabajo de los trabajadores y trabajadoras, que controle tu acción (los partidos comunistas siempre asumieron la especial vigilancia que requerían sus secciones parlamentarias).

En el caso que nos ocupa, el de la corrupción, esta lógica burguesa conecta con las exigencias del juego de la gestión capitalista, es un mecanismo mediante el cual determinados empresarios garantizan sus intereses económico-corporativos, se aseguran colaboraciones de apoyo mutuo, se financia la acción de los partidos políticos, se garantizan fuertes apoyos y financiación para sus planes políticos, etc. En definitiva, es un mecanismo más del sistema de dominio mediante el cual unos gestores sirven a una determinada clase cuya forma de existencia es precisamente la ganancia.

Desde esta perspectiva, el problema de la corrupción deja de ser un problema únicamente moral y pasa a entenderse de una forma más completa, donde lo que realmente determina el comportamiento corrupto es el conjunto de incentivos e intereses, especialmente fuertes en el sistema capitalista, que lo provocan. Ni a ti ni a mí se nos pasó por la cabeza en marzo de 2020 forrarnos, porque estábamos lo suficientemente ocupados en sobrevivir como para poder pensar en otra cosa. A Koldo y compañía se les ocurrió, como a tantos otros antes que ellos, porque, estando donde estaban, por qué no pegar una pequeña mordida. Pero también es gracias a casos como el de Koldo que muchos pensamos de forma cada vez más clara que es necesario mandarlos a todos a tomar viento y construir un mundo nuevo donde la corrupción no tenga ni siquiera la opción de ser pensada.

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