Cuando era pequeño y comenzaban a llegar a los buzones los catálogos de juguetes, mis padres siempre me advertían: no les podía pedir a los Reyes Magos nada que costara más de 3.000 o 3.500 pesetas. Ese era el rango de gasto aproximado en juguetes que mis padres podían solicitar a los monarcas. No entendía por qué los Reyes Magos tenían un límite de gasto ni por qué, entonces, en el catálogo aparecían juguetes con precios de incluso cinco dígitos por los que yo, hijo de, a la sazón, una limpiadora y un camarero de un bingo, ni siquiera podía ilusionarme. Tal vez ahí llegó mi primer descontento con la institución monárquica y cierta intuición de que la Navidad no es igual para todo el mundo, así que, con el tiempo, dejé de enviarle carta alguna a los Reyes Magos.
A no todos los pesebres llega el oro, ni en todos los portales hay un buen buey o cordero. El gasto de las familias españolas durante las Navidades suele ser un dato muy manido; los datos que arrojan varias organizaciones muestran que la mitad de las familias españolas van a tener un gasto similar al de años anteriores, entre un cuarto y un tercio tendrán un gasto superior, y algo similar, un gasto menor. Estamos, pues, ante una situación estable y equilibrada. Las compras navideñas están atravesadas por dinámicas que las diferencian del resto del año. La existencia de patrones culturales muy definidos, que implican muchas fechas señaladas en poco tiempo, obsequios, nuevas modas, etc., hace que no sea un indicador fiable para determinar la mayor o menor bonanza de las familias, más aún cuando es sabido que una parte de estos gastos se cubre con ahorros del resto del año e incluso con la apertura de líneas de crédito en muchas familias.
Veamos algunos datos. Según el Boletín Estadístico publicado por el Banco de España a principios de diciembre, desde 2021 el índice general de precios de consumo ha aumentado un 19,3 %; específicamente, un 31,8 % en productos alimentarios, un 14,7 % en vivienda (incluyendo gasto energético), el vestido y calzado alcanzan el 10,5 %, y el transporte, un 13,5 %, etc. Ni un solo grupo de consumo ha disminuido o se ha mantenido en un índice de precios similar, con la salvedad de los precios de las comunicaciones, que «solo» han aumentado un 2,6 %. No encontramos cifras similares en el aumento de los salarios reales, salvo en unos pocos sectores; desde 2019, solo un 7 % de los trabajadores españoles han visto un incremento de sus salarios reales por encima del 7 %. De esta manera, podemos decir que los picos alcanzados por los precios en los años 2022 y 2023 no fueron seguidos por los salarios. La situación contrasta totalmente con los constantes anuncios de inmensas ganancias de los grandes monopolios, algo bien condensado en la reciente publicación del Informe sobre la Desigualdad Mundial de 2025.
En datos navideños concretos, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) anuncia una subida del 3,9 % en los alimentos típicos de estas fechas. En la última década figura un aumento acumulado de más del 55 %. Evidentemente, el golpe es mayúsculo para la clase obrera y los sectores más empobrecidos de la población, que son a los que se bombardea con publicidad, nuevas tendencias y nuevas celebraciones, y a quienes se les empuja a gastarse sus pocos ahorros o la paga extra. El lector o lectora de Nuevo Rumbo tiene que hacerse a la idea de que las cuestiones políticas nunca tienen una explicación sencilla y que los problemas económicos no dependen del gobernante de turno ni de una única situación coyuntural en tal o cual país. El Estado puede influir en el curso de los eventos en el mercado, evidentemente, pero la sociedad capitalista tiene como pivote central el motivo de la ganancia, el cual crea la atmósfera donde cobran fuerza y discurren los resultados micro y macroeconómicos; el Estado siempre funciona en un marco de competencia y conflicto y está sujeto a fuerzas en oposición. Por otro lado, la interdependencia entre los diferentes países es total.
Los aumentos de precios navideños, sin duda, responden a factores coyunturales como el aumento de la demanda, impulsado por el consumismo, el cual implica la reducción del desempleo por contrataciones de temporada, el aumento de horas trabajadas, mayores pedidos a proveedores, etc. Sin embargo, esto no explica el incremento sostenido de los índices de precios que subyace a esta situación. Las explicaciones de la inflación son de lo más diversas, incluso en tradiciones tan heterodoxas como la nuestra, y no podemos exponer en este medio complejos esquemas entre tasas de crecimiento nominal y real o tasas de utilización de capital. Seremos, por necesidad, mucho más sintéticos.
El problema está en la oferta, en los mecanismos de producción capitalista. La recuperación de la producción a nivel mundial ha sido insuficiente desde el fin de la pandemia y las turbulencias de 2022-2023. El crecimiento de la productividad laboral (producción por trabajador) ha sido bajo en los años recientes; de hecho, en términos de valor (es decir, horas de trabajo), la oferta se ha estancado. La productividad laboral no ha tenido un despegue espectacular, y mucho menos en España, por mucho que 5se infle la burbuja de la IA; y cuanto menor es el crecimiento de la productividad, mayor es la tasa de inflación subyacente, tal como indican algunas instituciones financieras.
Esta productividad se ve encadenada por una baja inversión productiva, que es el motor de la economía capitalista, y no el consumo, como se suele decir. La inversión productiva (la orientada a «la economía real») difícilmente puede remontar en nuestro sistema capitalista porque dicha inversión depende de la rentabilidad y esta: 1) se reduce al aumentar la capacidad productiva global, porque se intensifica la competencia y los precios bajan; esto implica que el coeficiente de ingreso por unidad de capital invertido también disminuya; y 2) reconduce el capital a otros sectores actualmente más rentables, como la especulación, el rentismo o las finanzas, etc. Todo esto nos resulta familiar, ¿verdad? La inflación, por tanto, se nos presenta como un fenómeno secular, con subidas y bajadas, pero sostenido, y no parece que sea algo que se solucione pidiéndoselo a los Reyes Magos, aunque quizás sí siguiendo una estrella roja en el firmamento.