Editorial

La agresión de Estados Unidos e Israel a Irán, y la guerra en la región que le ha seguido, ha cumplido ya un mes. Un mes da para muchos sucesos relevantes, muchas declaraciones contradictorias de Trump y mucha obstinación de Netanyahu. Pero, sobre todo, un mes da para muchas víctimas de la última escalada en las confrontaciones interimperialistas: son ya miles los muertos; hombres, mujeres y niños que a veces parecen casi una anotación a pie de página en el macabro tablero de las principales potencias. Y la guerra continúa extendiéndose por la región.

Las declaraciones grandilocuentes y contradictorias de Trump se suceden, en lo que parece un síntoma y reflejo en un individuo de la elevada volatilidad de las relaciones internacionales hoy día. Lanza mensajes contradictorios de un día para otro, sin especificar cuáles son los objetivos militares con los que supuestamente está cumpliendo el ejército estadounidense y ofreciendo respuestas vagas o contradictorias cuando le preguntan por los plazos de la guerra. Las elecciones de medio mandato aparecen en el horizonte –noviembre–, y los precios de productos básicos y del combustible se han incrementado para la población estadounidense, para la que la agresión contra Irán resulta poco comprensible y cada vez más impopular.

Hay momentos de la historia en que se agudizan las contradicciones interimperialistas y se reestructuran los bloques y las alianzas de las distintas potencias. Hoy vemos cómo algunas grietas continúan ensanchándose, por ejemplo, en el seno de la OTAN. Desde el inicio de este segundo mandato de Trump ya venían incrementándose estas diferencias entre EE.UU. y algunos de sus Estados miembro, pero con el ataque contra Irán se han exacerbado, hasta el punto de que Trump y Rubio han declarado que, puesto que no se sienten apoyados por sus socios, revisarán la propia pertenencia de Estados Unidos a la OTAN, de la que fueron unos de los fundadores en 1949. Entonces se creó esta alianza armada para contrarrestar la influencia que ejercía el campo socialista encabezado por la Unión Soviética sobre la clase obrera mundial; hoy asistimos a una redefinición de las posiciones que ocupan en la pirámide imperialista las distintas potencias y bloques, que puede conducir a grandes cambios que hasta hace poco podían parecer poco probables o lejanos.

La diferencia con aquel momento, la mala noticia para los intereses de las y los trabajadores del mundo, es que entonces la disputa se daba entre el sistema capitalista y un modelo, el socialismo, que exploraba por primera vez el camino hacia la sociedad sin clases, libre de explotación. Hoy, las disputas que pueden desembocar en cambios sustanciales de las alianzas y estructuras imperialistas no se dan entre modelos socioeconómicos diferentes, sino entre facciones de una misma clase mundial, la burguesía, que mantiene discrepancias en torno a qué vías son más eficaces para perpetuar su dominio de clase en un sistema capitalista que pocos pueden ya defender como el mejor sistema posible.

Mientras tanto, la Unión Europea ahonda en su crisis, al hacerse cada vez más profundas las tensiones entre sus miembros. Estas se reflejan en las dificultades manifiestas para fijar posiciones conjuntas y actuar como el bloque imperialista que es y en la desorientación que le ha generado el pasar a tener prácticamente como enemigo a quien hasta ayer era su mayor aliado. Por un lado, Ursula von der Leyen condenó los ataques de Irán en respuesta a la agresión de Estados Unidos sin pronunciar una sola palabra sobre dicha agresión inicial; por otro lado, algunos Gobiernos han ido mostrando su rechazo al ataque lanzado por Estados Unidos e Israel, llegando a negarle apoyo logístico, no con pocos titubeos, contradicciones y presiones de la propia administración Trump; lo hemos visto con Reino Unido, Francia, España… Se evidencia la fragmentación de una UE que, fuera del paraguas de su principal aliado desde hace décadas, ve necesario virar hacia otras zonas del mundo en busca de nuevos socios más fiables y estables.

Y en una especie de oda al orden mundial surgido de la Segunda Guerra Mundial, en una cruzada en defensa de la legalidad y el pisoteado derecho internacional y las vías diplomáticas, ha encontrado Pedro Sánchez un filón. A nivel internacional se sitúa como uno de los principales líderes en defensa del pacifismo y de un mundo multipolar y «basado en reglas», como les gusta repetir a algunos pese a que resulte evidente que esa arquitectura internacional con unas mínimas normas se está diluyendo, y que no era sino una suerte de paréntesis en el desarrollo histórico del imperialismo que coincidió –nada casualmente– con la existencia de la URSS. Con su condena de la agresión estadounidense-israelí a Irán y la –ambivalente– negativa del Gobierno a que se utilizaran para ello las bases militares de Rota y Morón, se está erigiendo como una voz discordante frente a Trump.

A nivel doméstico, esta posición sobre los turbulentos desarrollos internacionales le sirve a Sánchez doblemente. Por la izquierda, trata de aglutinar el sentimiento extendido a nivel social contra la guerra (enarbolando el «no a la guerra», aprovechándose del masivo movimiento popular surgido contra la guerra de Irak en 2003) y, a nivel político, de anular una posible diferenciación y exigencias en materia internacional de las fuerzas políticas a su izquierda que, en realidad, pocos esfuerzos venían haciendo ya para ello (salvo un Podemos cuya retórica de oposición desde fuera del Gobierno «canta» demasiado si recordamos sus hechos cuando se sentaban en el Consejo de Ministros). Por la derecha, Sánchez exprime esa posición para retratar la postura manifiestamente servil de PP y Vox ante el imperialismo estadounidense.

Falta, como en casi todos los fenómenos en nuestros días, un actor relevante que lamentablemente aún no comparece en las disputas políticas con el protagonismo que le correspondería: la clase obrera y el pueblo trabajador. El sentimiento mayoritario contra la guerra no puede quedarse en ir tras la bandera de un PSOE que mantiene la cesión de las bases de Rota y Morón, que no ha dudado en regar nuevamente con millones a Zelenski, que ha firmado aumentos récord del gasto militar y que está fortaleciendo sin ambages la industria de defensa. Ni siquiera puede limitarse a concentraciones de rechazo a la guerra, en abstracto, que puedan ser fácilmente cooptadas o capitalizadas por el PSOE o la socialdemocracia a su izquierda. La oposición a la guerra debe hacerse extensiva a exigir la salida de las alianzas imperialistas de las que España forma parte, UE y OTAN, y por tanto debe ser una oposición a todas las fuerzas políticas que, de una manera u otra, defienden la permanencia en ellas. Una oposición obrera a la guerra y al capital, porque es este el que provoca en última instancia aquella. Y una oposición obrera porque todas esas fuerzas políticas representan a distintos sectores de la burguesía, y solo la mayoría trabajadora tiene un interés objetivo en acabar con el dominio de clase de quienes tienen interés en las guerras pero a las que nunca irán sus hijos e hijas.