Editorial

Hace hoy 90 años las clases dominantes de nuestro país se revolvieron de forma violenta contra un orden republicano que percibían como una amenaza. No se habían puesto en cuestión las bases de su dominio económico y político y, sin embargo, quienes mandaban y querían seguir mandando se alzaron en armas contra el ímpetu modernizador y el aire renovador que había traído la II República. Pero no fueron las reformas y los avances democráticos en derechos y libertades lo que más preocupó y puso en alerta a la burguesía, los terratenientes y sectores de la Iglesia católica y del Ejército. Tampoco ni siquiera la victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936.

Lo que hizo actuar de la forma más extrema y violenta posible a las clases dominantes fue el avance decidido de una clase obrera que cobró consciencia de su verdadero poder a raíz del fortalecimiento de sus organizaciones y de su acción política independiente. Es imposible mencionar este proceso sin aludir a la Revolución de Octubre de los bolcheviques, la formación de la Internacional Comunista y su impulso en la creación de partidos comunistas. Los procesos revolucionarios se sucedieron por distintos países, la clase obrera se convertía en un actor capaz de disputar el poder político, y España no fue ni mucho menos ajena a esta pulsión.

1921 vio la creación del Partido Comunista de España como Sección Española de la Internacional Comunista, un hito que posibilitó el desarrollo de una política independiente frente a la clase dominante. Los años de la clandestinidad bajo la dictadura de Primo de Rivera resultaron difíciles, pero la clase obrera siguió teniendo a su partido. Fue en los años previos a la Guerra Nacional Revolucionaria cuando el PCE experimentó un vertiginoso crecimiento que lo llevó a contar con varios cientos de miles de militantes y le permitió convertirse en un actor protagonista en la guerra. La creación del Quinto Regimiento o el impulso de las Brigadas Internacionales a través de la Internacional Comunista dan cuenta de la importancia política de las y los comunistas españoles en la contienda.

La derrota frente a las tropas franquistas, ayudadas por la Italia fascista y la Alemania nazi, y la larga noche que impuso la dictadura a sangre y fuego mermaron la capacidad del PCE, mediante el asesinato, la cárcel y el exilio de cuadros y militantes. Pero la clase obrera se recompuso y, con su partido al frente, desde la clandestinidad, fue sacudiendo los cimientos del franquismo mediante lucha, movilización, huelgas y una extensa organización en los centros de trabajo y en los barrios obreros, practicando un sindicalismo de clase y combativo. Conseguía agrietar el dominio de la burguesía. Pero los postulados del eurocomunismo se impusieron y acabaron mutilando la independencia de la clase obrera a la hora de situar su agenda, sus intereses, sus necesidades, y de querer disputar el poder a la clase que lo detentaba (y lo detenta). Lo que ganó, en cambio, fue pretender integrarse en las estructuras estatales –del Estado burgués– con la intención de «democratizarlas» y así avanzar hacia el socialismo.

Y, de aquellos barros, estos lodos. El resto de la historia lo conocemos, y aún hoy nos pesa. Aunque no sea necesaria una efeméride para ello, este 90 aniversario debe servir para recordar de lo que es capaz la clase trabajadora cuando actúa con independencia, consciente de sus intereses antagónicos con la burguesía y con un partido comunista que impulsa, coordina y eleva y da una dirección política a sus luchas, engarzándolas siempre con el horizonte socialista-comunista, situando siempre la insuficiencia de cualquier avance –por relevante que sea– mientras no se transforme la estructura socioeconómica, mientras no se quiera disputar el dominio de clase de los capitalistas. 90 años después, debemos reivindicar esa acción independiente como clase y ponerla en práctica día a día, en nuestros centros de trabajo y en nuestros barrios. Las luchas por nuestras condiciones de vida y de trabajo no pueden ser delegadas en políticos que, fingiendo estar de nuestro lado, gestionan este sistema y no dan ni darán ni un solo paso para intentar derrocarlo y edificar una sociedad nueva.

La lección que nos dejan varias décadas ya de experiencia de una democracia liberal occidental, tras la larga noche franquista, es que no hay Gobierno capitalista que sirva a los intereses de la clase trabajadora y le arañe poder a la burguesía. No hay fuerza socialdemócrata, por radical que se presente en su intento de acceder al Gobierno, que pueda revertir las tendencias objetivas del capital, que hoy, con cada vez más dificultades para reproducirse, exige mayores sacrificios a la clase de la que la burguesía extrae la plusvalía y exprime los recursos naturales, convirtiendo el medio en que vivimos en uno cada vez más hostil. Los últimos ocho años de Gobierno socialdemócrata, incluidos dos Gobiernos de coalición, muestran este escenario con claridad. Y de la mayoría trabajadora depende poder darle la vuelta.

En ese intento por recuperar nuestra independencia como clase, las y los comunistas estamos redoblando esfuerzos por dotarnos de una comunicación, de una prensa, que cuente nuestra historia: nuestras necesidades, nuestras reivindicaciones, nuestros análisis, nuestras luchas. Todo aquello que no cabe o supone apenas una nota a pie de página en los grandes medios de comunicación, propiedad de bancos, grandes empresas, fondos de inversión. ¿Quién de ellos va a tener interés en difundir las luchas que, aunque sea aún puntual y sectorialmente, ponen en cuestión el dominio de la burguesía? ¿Quién de ellos va a tener interés en dar cabida a análisis marxistas?

Ellos, lógicamente, no se equivocan en no darnos voz. Ni cabe culparlos por ello. Es lo lógico. Es lucha de clases. Así que no nos equivoquemos nosotros. No sigamos leyendo únicamente lo que a ellos les interesa que leamos. No creamos en una falsa y limitada pluralidad. Detrás de cada medio con líneas editoriales en apariencia muy distintas e incluso enfrentadas siempre hay un banco, un gran grupo empresarial, un fondo de inversión; ¿a través solamente de lo que ellos nos cuenten pretendemos informarnos? ¿Esa es toda la libertad de prensa a la que debemos aspirar? Nuevo Rumbo nació para contar lo que no aparece en esos medios: nuestro día a día, nuestras condiciones de vida y de trabajo, nuestras aspiraciones, nuestra lucha. Nuevo Rumbo quiere ser el medio de comunicación que narre otra historia, la nuestra, y llegar a las manos de cada vez más trabajadores y trabajadoras. Ahora te toca a ti: apoya la prensa obrera.