Por fin llegó el esperado momento. Empiezas la residencia, pero más pronto que tarde la ilusión inicial se ve superada por la creciente sensación de que algo no está bien: las guardias interminables, la responsabilidad, la carga de trabajo y el tener que tapar, a costa de tu salud, las deficiencias de un sistema cada vez más incapaz de responder a las necesidades de la gente.
Pronto te das cuenta: no eres el único que se siente así, todo el mundo comenta los mismos problemas, en la cafetería, en los vestuarios, a veces incluso entre lágrimas al terminar un turno particularmente duro. La frustración parece haber calado tan hondo que se ha convertido en impotencia, pero como militante tienes claro que la resignación no es una opción.
Hablas con tus compañeros y compañeras, escuchas, les preguntas si están afiliados a algún sindicato. Una vez más, el panorama resulta desalentador, pues a la mayoría le suenan como algo lejano, extraño; como mucho, están en un sindicato corporativo que los ayuda si la administración se equivoca con las nóminas.
Decides comenzar por tu cuenta: identificas a algunos compañeros dispuestos a organizarse. En cada pausa para el café, en cada guardia, tras cada queja, sitúas la necesidad de hacer algo, de responder. Les recuerdas una idea obvia, pero a menudo olvidada: la única posibilidad de cambio es utilizar nuestro poder colectivo como trabajadores. Finalmente, decidís montar una asamblea de residentes; reducida, con poca experiencia, pero con objetivos claros.
Paralelamente, acudes a los sindicatos de tu hospital. De nuevo, te das de bruces con un muro; en su mayoría, sindicatos divididos por categorías y con escaso o nulo interés por los residentes. Te afilias al que al menos parece representar a toda la plantilla, contactas, esperas su llamada, pero esta no llega.
Mientras tanto, la asamblea ha dado sus primeros pasos, reúnes a un grupo de dirigentes informales, sin más autoridad que la confianza de sus compañeros, y planteáis vuestras primeras reivindicaciones.
Estalla un conflicto: el servicio de urgencias está desbordado. Se abren dos consultas nuevas para atender a más pacientes, pero lo hacen sin el personal de enfermería necesario, lo que supone mayor carga para las enfermeras ya contratadas y, en la práctica, no soluciona el problema. Desde la asamblea presionáis para que se contrate más personal, llamáis a la movilización del resto de residentes, recogéis quejas sobre el colapso de urgencias y, cuando el conflicto escala y se generaliza a la falta de personal de todo el hospital, acudís a las concentraciones. No son vuestros contratos los que están en juego, pero habéis comprendido algo esencial: la necesidad de apoyarse, de luchar por las condiciones de toda la plantilla. Finalmente se consiguen esos contratos, se refuerza el personal de urgencias, y lo que podría parecer una pequeña victoria sirve para demostrar algo de gran importancia: que todos los trabajadores y trabajadoras, independientemente de nuestra categoría, tenemos intereses comunes, y que si nos apoyamos se puede pasar de las quejas individuales a las victorias colectivas.
Tras esto, el sindicato al que te habías afiliado, cuyo apoyo al inicio había sido tímido, comienza a respaldar más firmemente a la asamblea, despliega trabajo específico hacia los residentes y da cobertura y orientación legal a las reivindicaciones que van surgiendo.
En las siguientes elecciones sindicales, ya con el respaldo de gran parte de los residentes del hospital y de la sección sindical de tu centro, consigues ser elegido para el comité de empresa a nivel autonómico. Se trata de una nueva trinchera desde la que seguir luchando por los intereses de tus compañeros y compañeras, pero sin renunciar al trabajo de base, sin renunciar a la asamblea que, reforzada por pequeñas victorias, tiene cada vez más reconocimiento en el hospital.
Ya dentro del comité vuelven los problemas: la mayoría la ostenta un sindicato corporativo, que rechaza sistemáticamente las mejoras que se proponen y continúa ignorando a los residentes. Ahí observas con claridad todos los problemas del sindicalismo en sanidad: plantillas fragmentadas, falta de implantación en los centros de trabajo, luchas entre sindicatos.
Bajo esta red de pugnas intersindicales, de intentos de división entre compañeros y compañeras de diferentes categorías, la realidad es clara, y la conoces porque la vives día a día en el hospital, trabajando en equipo; la conoces porque la viste en el agradecimiento de tus compañeras de enfermería cuando te negaste a trabajar hasta que mejorasen sus condiciones y cubrieran las bajas; la has vivido cada vez que te han apoyado o te han dado ánimos cuando creías que no podías más al final de una guardia.
Y ahora que a los residentes nos intentan hacer elegir entre aquellos que nos quieren enfrentar a nuestros compañeros y compañeras y aquellos que nos quieren como mano de obra precaria, la realidad sigue estando clara: ni con unos, ni con otros.