El erreJONSismo: entre la nación, el pueblo y la clase

Conspirar bajo luz tenue

Casamata era una taberna librería, un espacio en el centro de Madrid que en 2023 se presentaba como un lugar para «recuperar los sabores y aromas de nuestra tierra, para estar a salvo del movimiento perpetuo (…) para no estar a la intemperie, un reducto en el que debatir sobre todo lo proscrito o silenciado». A priori, más allá del aderezo retórico de conspiración decimonónica, el discurso promocional de Casamata puede distinguirse poco del de otros locales influidos por el neotradicionalismo de moda, incluso con algunos espacios culturales de referencia para la izquierda. Sin embargo, la etiqueta de Casamata eran los náuticos, las camisas Oxford y los chalecos, y los aires de intriga y conjuración eran algo más que un ardid publicitario. Casamata no era un espacio más del pijerío madrileño: era un punto de encuentro de la joven extrema derecha.

Bien sea porque el fortín no resistió a las fuerzas del movimiento perpetuo, o porque de la posición defensiva se pasó a la ofensiva, el proyecto cerró sus puertas apenas dos años después de ser creado. No obstante, su storytelling empresarial parece haber dado el salto a discurso político. Y es que entre los socios de Casamata se encontraba el insigne Carlos Hernández Quero, la joven promesa de la extrema derecha patria, la figura más representativa del proceso de regeneración de Vox.

El romanticismo grasiento

Hernández Quero escribió en 2025 un conocido artículo titulado Toldos verdes o minipisos. Utilizar la cuestión de la vivienda como ariete ideológico no es casual: primero, por ser un problema social acuciante; segundo, porque es un campo de disputa favorable frente a las propuestas estrictamente liberales; tercero, por ser una problemática articulada en torno a la renta, lo que favorece las lógicas interclasistas.

Lo que nos viene a decir Quero en el artículo es que el mal que rompe el arraigo y causa el problema de la vivienda es la libre circulación global del capital y las mercancías y, en particular, de mercancía fuerza de trabajo, es decir, de la inmigración. ¿Tienes un salario que no llega a final de mes? Hay un dominicano a la salida de un garito que está incumpliendo la normativa acústica. ¿Tu empresa te anuncia que no has superado el periodo de prueba? Están más ricos los bocatas de salchichón que los kebabs. ¿Tu casero te va a echar de casa? Normal, han llegado tres pateras a Tenerife. Date cuenta, camarada. Quien pueda hacer que haga, compatriota.

El artículo es una oda al desarrollismo franquista con el principal objetivo de contraponer a las incertidumbres y el hastío del presente una mitología nostálgica, identitaria e integrista. La realidad programática, más allá de ese romanticismo grasiento del «bar de siempre», es la liberalización del suelo, la eliminación de trabas a la construcción y la flexibilización del mercado del alquiler –recetas liberales ya conocidas–, pero introduciendo la variable del intervencionismo estatal en defensa del capital nacional y la violencia contra la clase obrera migrante.

Evidentemente, no es la inmigración la que explica el encarecimiento de la vivienda, sino su condición de mercancía sometida a lógicas de valorización y acumulación. El aumento de la población puede tensionar la demanda, pero solo se convierte en problema cuando la oferta está subordinada a la rentabilidad. Hacer del eje principal del problema lo que es lateral e indirecto, además de librar al grueso de quienes se enriquecen con la vivienda, es una buena muestra de las coordenadas ideológicas que mueven a este sector de Vox: más autoritario, más chovinista, más estatista.

Por eso, Espinosa de los Monteros, al que solo le queda esperar a que el aparato encuentre la fórmula elegante para su definitivo destierro, sostenía recientemente en una entrevista que «el problema de la vivienda se soluciona con un enfoque liberal, no intervencionista. Algunos tienen nostalgia de una época en la que España era un país aislado y no había gran capacidad de iniciativa privada. Hoy, el Estado sólo tiene que liberar suelo, flexibilizar usos y reducir impuestos». Respondía Quero en X: «Si vienen 600.000 al año, se hacen 600.000 casas. Si vienen 2 millones, pues 2 millones, niño. (…) Hablar de vivienda sin hablar de inmigración y remigración es una farsa». Ya no se conspira bajo luz tenue, ahora se afilan los cuchillos a plena luz del día.

De la ruptura en tres del gran partido de centroderecha en España, el PP ha podido reabsorber al sector reformista que representaba Ciudadanos, pero no ha podido hacer lo mismo con el sector más conservador, el de Vox, que se ha estabilizado a su vez como crisol de las derechas a la derecha del PP. Ese espacio tiene hoy unas fronteras enormemente elásticas: el auge reaccionario empuja de forma continua más allá, dejando fuera de juego a quienes solo los matices y aspectos coyunturales alejaban del PP. Los jóvenes voxeros pasan a ocupar las primeras filas reforzando el poder de las facciones más reaccionarias dentro del partido y alzando frente a los moderados caídos la consigna más España y menos IBEX 35.

Más España y menos IBEX 35

Hay quien ha señalado con algo de acierto las similitudes entre el discurso de Quero y el del proscrito Iñigo Errejón. Más allá de las conexiones biográficas, poco relevantes para el caso, lo cierto es que existen elementos de similitud; llamemos a estos elementos sinergias populistas.

El populismo saltó a la arena política española a raíz del 15M. Tras una primera fase dispersa, intuitiva, ecléctica en las plazas, se pasó a una fase doctrinal y programática: nació la nueva socialdemocracia, expresión y canalización de la voluntad de cambio de unas capas medias en vías de proletarización. Quince años después, y habiendo pasado por diversos ministerios, la izquierda a la izquierda del PSOE ha perdido la mayoría de aquel apoyo social que por un fulgurante momento tuvo. Hoy, esa frustración de las capas medias la canaliza cada vez más la ultraderecha, y la frustración encuentra orientación y estructura en la coincidencia de intereses con determinados sectores del capital.

Los «perdedores de la globalización» son aquellos sectores capitalistas ligados al mercado interno o desplazados por la competencia internacional en favor de otros polos más dinámicos de acumulación. Su interés táctico pasa por el desacople comercial y el acortamiento de las cadenas de valor como forma de garantizar la base nacional de acumulación y de aumentar márgenes de autonomía en un contexto de alta volatilidad internacional. Esta perspectiva de aparente contracción realmente prepara un asalto imperialista (el primer y segundo Gobierno de Trump son muy significativos a este respecto), una proyección expansionista orientada a garantizar áreas de influencia y dominio económico; en definitiva, prepara las condiciones para la guerra.

La realidad es que las posibilidades de «desacople» en una economía altamente internacionalizada e interrelacionada son muy limitadas. No hay posibilidad realista de aislar un país de las cadenas de valor internacionales; el larpeo autárquico y antiglobalista es solo eso, una performance que, a pesar de concretarse posteriormente en políticas más pragmáticas, permite localizar esos nudos ideológicos que unen a las capas medias con determinados sectores del capital: el nacionalismo económico, el chovinismo, el fetichismo estatal, el autoritarismo, etc.

No obstante, a pesar de su populismo y «obrerismo», Quero y sus colegas no abrieron su taberna literaria en Fuenlabrada, ni en Vallecas; la abrieron en Chamberí. Por allí cerca, por cierto, a apenas unos 750 metros, estaba Tipos Infames, quienes también colgaron el cartel de cierre hace poco. En su despedida se escucharon cosas muy parecidas a aquello de estar a salvo del movimiento perpetuo: la defensa de la cultura, la bondad del pequeño comercio, mantener las esencias… «¡Nos están robando Madrid!», dicen desde Más Madrid. Y es que solo puede sentir que le roban algo aquel que ha sentido que algo le pertenece.

Hay una línea que divide dos mundos

Así pues, las sinergias populistas entre los sectores identitarios de la ultraderecha y la nueva socialdemocracia tienen que ver con que ambos son expresión de una pequeña burguesía, sectores profesionales, sectores asalariados acomodados, etc. que ante el riesgo miran hacia abajo desde la exclusión o el paternalismo, priorizando la coerción o el consenso, respectivamente, pero con un mismo fin: mantener su privilegio. Para ello, cumple una función esencial la construcción de una idea comunitaria. Se llame pueblo o nación, integre o margine, comparten una lógica interclasista que oculta y diluye el verdadero antagonismo social: la clase.

La izquierda populista comparte lógicas soberanistas y estatistas en la medida en que considera que la «seguridad» de la economía nacional y su «reindustrialización» –sin romper con la inserción en el mercado mundial– garantizan una estabilidad laboral, social y tributaria esencial para mantener determinados niveles de bienestar que aseguren, a su vez, la posición de las capas medias. El Estado cumple, así, un papel esencial como instrumento de ordenación, redistribución y consenso.

Si nos fijamos en la cuestión de la inmigración, vemos la similitud en una misma concepción instrumental. La pata izquierda apuesta por la inserción de la clase trabajadora migrante en determinados sectores económicos (aquellos que demandan mano de obra no cualificada) y una actividad pública que garantice su integración y asimilación social, mientras que la pata derecha apuesta por la exclusión, el disciplinamiento y la construcción de una idea culturalista de la nación en oposición al extranjero, especialmente al extranjero pobre. Si vemos cómo operan los Estados capitalistas para navegar sus contradicciones inherentes, concluiremos que ambos enfoques son en la práctica complementarios, y que el peso que puede adquirir uno en detrimento del otro depende de la coyuntura política, económica y social específica.

En la cuestión de la vivienda también se aprecian similitudes y diferencias. Quero habla de actualizar la «España de propietarios» a la vez que a la izquierda se dibuja al «inquilinato» como nueva vanguardia del cambio. Pero ni tener ni no tener en propiedad particular una vivienda define la pertenencia a una u otra clase social. Por lo general, la principal damnificada por el encarecimiento de la vivienda es la clase obrera, porque ser proletario implica esencialmente que la posibilidad de adquirir o mantener tu hogar está sujeta a toda una serie de variables ajenas a ti; dependes de que alguien te explote para poder sobrevivir.

Y he aquí lo magro del asunto: hay una línea que divide dos mundos: el mundo del trabajo y el del capital. Solo la clase obrera puede articular en un lazo de interés unitario la lucha contra el imperialismo que provoca que millones se vean forzados a abandonar su tierra. Solo la clase obrera puede llevar hasta su límite último las reivindicaciones por el acceso a la vivienda, lo que implica abolir su carácter mercantil.

Así como la nación no configura una comunidad de intereses objetivos, tampoco lo hace la categoría de pueblo o plebe. Ambas nociones están atravesadas por el antagonismo de clases, por la oposición entre los intereses de quienes poseen medios de producción y quienes no los poseen. Poner de nuevo la cuestión de clase en el centro es por tanto la tarea urgente del momento, es cavar una trinchera para dividir políticamente los dos mundos que ya están divididos socialmente, es partir por la mitad sus falsas comunidades y recuperar nuestra independencia. Date cuenta, camarada. Manos a la obra, compañera.