Editorial

La contradicción es grande, hasta límites difícilmente sostenibles. Un grupo de seres humanos viaja más lejos que nunca y observa, desde la distancia física y mental que otorga el hallarse tan alejados de nuestro día a día, un planeta Tierra en el que, evidentemente, no existen las fronteras que algunos se empeñan en alimentar. Los avances científico-tecnológicos que hacen posible viajar a 390.000 kilómetros de nuestro planeta o crear algo tan asombroso como la inteligencia artificial chocan de frente con la estrechez del sistema socioeconómico que impera en los confines de esta pequeña porción del universo.

Cuando uno toma perspectiva, como experimentaron los tripulantes de la misión Artemis 2 de la NASA, pero como también podemos figurarnos con no mucho esfuerzo quienes permanecimos aquí abajo, resulta absurdo creer en esos límites ficticios que ha ido dibujando sobre la esfera azul y verde el complejo desarrollo de las sociedades humanas durante milenios. Pero hoy, cuando diversos avances tecnológicos, intelectuales y sociales permitirían como nunca elevarse, literal y figuradamente, por encima del acumulado histórico de enfrentamientos entre pueblos, resurgen los monstruos. Resurge con viejos y nuevos ropajes la ideología que a lo largo de siglos ha justificado, de diversas maneras en cada momento, las guerras. Justo hoy, cuando es perfectamente factible que los desposeídos de todo el mundo tracemos en común un proyecto emancipador para toda la humanidad que les ponga fin a las guerras, el sistema que las genera sigue vigente y la clase interesada en defenderlo las fomenta.

Ese proyecto revolucionario, el de la clase obrera mundial, ya alumbró en 1917 una sociedad diferente y superior en el país más extenso del globo y a lo largo del siglo XX conllevó la liberación de miles de millones de personas del yugo del colonialismo y el imperialismo. Pero ya entonces encontró la oposición férrea y criminal de quienes no transigían con ese mundo nuevo: una clase dominante que en la forma del fascismo, dispuesta a todo, trató de contener a sangre y fuego el avance de ese nuevo mundo. Una clase capitalista que hoy, ante la ausencia de un bloque socialista que ejemplifique la posibilidad de otro sistema socioeconómico, avanza decidida, con una oposición obrera que, lamentablemente, aún se encuentra desnortada y desorganizada.

Y es ahí donde encontramos la idea que vista desde el espacio debe de resultar a todas luces absurda: que unos seres humanos han de tener preferencia sobre otros según la parcela en la que –arbitrariamente– les tocara nacer. Lo que lleva largo tiempo existiendo y que el movimiento MAGA desde Estados Unidos puso encima del tablero mundial con mucho peso está siendo defendido estos días en nuestro suelo por los acérrimos seguidores de Trump con el término de «prioridad nacional».

Más allá del casi surrealista apunte de que varios de los principales dirigentes de Vox que defienden dicha postura tienen una nacionalidad diferente de la española, y del hecho de que plasmar esta «prioridad» en pactos de Gobierno autonómicos suponga una clara intromisión en competencias estatales o una contradicción con preceptos incluso de la propia Constitución burguesa de 1978, lo cierto es que dicha plasmación en pactos de Gobierno, gracias a las amplias cesiones realizadas por el PP, refuerzan un discurso que ya lleva años impregnando el debate público.

Se busca un chivo expiatorio. Nada se dice del hecho de que la mayoría de la población migrante sale de sus lugares de origen en busca de unas oportunidades laborales y vitales que potencias imperialistas como España les niegan de sus países con el saqueo y expolio de sus recursos naturales por parte de grandes monopolios. Nada se dice del hecho de que cientos de miles de trabajadoras y trabajadores españolas se vieron, como ellas y ellos ahora, obligados a emigrar hace varias décadas, y de las penurias que les pudo ocasionar verse expuestos a esa «prioridad nacional» en los países que los acogieron. Nada se dice del hecho de que en una sociedad desembarazada ya de una clase explotadora, en la que la riqueza generada por las y los trabajadores se orientase a la satisfacción de las necesidades sociales, no sería posible enfrentar al último contra el penúltimo, porque nadie se vería privado de tener sus necesidades básicas cubiertas.

Mientras en España y otros países avanzan los discursos y las medidas que criminalizan a la clase obrera procedente de otros países, la propia Unión Europea también les cierra cada vez más las puertas, algo plasmado en el nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo que entrará en vigor el próximo mes de junio. Una UE que busca su sitio en un mundo inestable y volátil donde ha perdido preponderancia frente a otros actores, y en el que su tradicional aliado, Estados Unidos, le está volviendo la cara. La «autonomía estratégica europea», de la que el Gobierno de Pedro Sánchez es un entusiasta defensor, encuentra apoyo en las principales cúpulas sindicales y en un sector de la clase obrera, que aceptan, con el argumento del aumento del empleo, la reorientación de la industria de defensa y otros sectores económicos clave hacia la inserción de nuestro país en las estructuras imperialistas.

Y es en este escenario internacional y doméstico donde celebramos un nuevo Primero de Mayo. Un nuevo día internacional de la clase obrera, en el que debe cobrar más fuerza que nunca la lucha de nuestra clase, la que nos une en nuestros intereses comunes, como trabajadoras y trabajadoras, contra la clase que nos explota. Varias luchas relevantes de los últimos meses nos muestran el camino, muchas con la huelga como principal herramienta: los riders plantando cara al gigante Glovo, el profesorado de varias comunidades autónomas diciendo basta –con las trabajadoras de escuelas infantiles sobreponiéndose a altísimos niveles de precariedad–, o la valentía de Manuel y Jesús, encaramados a una grúa protestando contra las listas negras, y sus compañeros del metal de la bahía de Cádiz parando la producción en solidaridad.

Ahora, esas luchas sectoriales deben engarzarse en una estrategia común: una lucha clasista que debe transformarse en una oposición obrera a los partidos de la guerra y del capital, responsables del deterioro de nuestras condiciones de vida y de trabajo. Un nuevo Primero de Mayo es una oportunidad para recordar que esa oposición obrera pasa por fortalecer día a día un movimiento obrero y un sindicalismo de clase combativo, que no asuma compromisos con todos aquellos Gobiernos que gestionan el sistema imperialista que genera las guerras, las migraciones, la carestía y el deterioro constante de nuestras condiciones de vida y de trabajo. Y siempre, siempre –si es necesario, figurándonos mentalmente la imagen del planeta desde miles de kilómetros–, situando un horizonte de superación del capitalismo. Porque no hay paz posible en el seno del imperialismo.