La inteligencia artificial se presenta muchas veces como una novedad limpia, casi mágica: una herramienta que automatiza tareas, ayuda a escribir, responde correos, resume documentos, programa, atiende clientes o mejora procesos. Pero en las empresas no existe la tecnología en abstracto. Existe la tecnología puesta al servicio de un objetivo muy concreto: producir más con menos trabajadores, en menos tiempo y con menor coste.
Ahí está el quid del asunto. La IA no entra como una herramienta neutral. Entra en empresas que buscan beneficios. Si una herramienta permite hacer en una hora lo que antes se hacía en dos, la pregunta es sencilla: ¿quién se queda con esa hora ganada?
Si la respuesta fuese «los trabajadores salen antes, se reparte el empleo y se reduce la jornada sin reducir salario», estaríamos ante un avance social enorme. Pero lo que estamos viendo es otra cosa: despidos, congelación de plantillas, aumento de tareas, más control y exigencia de producir más en el mismo horario. Es decir, la IA se está usando para aumentar la tasa de explotación. Dicho sin rodeos: si una persona trabajadora produce más durante su jornada, pero cobra lo mismo y trabaja las mismas horas, la empresa se queda con una parte mayor de su trabajo.
Los datos ya apuntan en esa dirección. El informe de Funcas sobre inteligencia artificial y mercado de trabajo en España señala que la adopción de IA en empresas de diez o más trabajadores ha pasado del 12,4 % en 2023 al 21,1 % en el primer trimestre de 2025. No hablamos de una hipótesis futura, sino de una tecnología que ya se incorpora de forma acelerada al tejido empresarial. El mismo informe estima una posible destrucción bruta de entre 1,7 y 2,3 millones de empleos en diez años, parcialmente compensada por nuevos puestos y por efectos de complementariedad.
La palabra «complementariedad» suena tranquilizadora. Viene a decir que la IA no siempre sustituye al trabajador, sino que muchas veces le ayuda a ser más productivo. Pero ahí está la cuestión. Si esa mejora de productividad no se transforma en menos horas de trabajo, más descanso, más salario o más empleo repartido, entonces se transforma en beneficio empresarial.
Funcas recoge también evidencia experimental a nivel internacional según la cual la IA puede generar mejoras de productividad significativas, entre el 14 % y el 40 % según tareas y perfiles. Esa cifra debería abrir un debate inmediato: si con IA se puede producir un 20 %, un 30 % o un 40 % más en determinadas tareas, ¿por qué seguimos trabajando las mismas horas?
La consultora McKinsey estima que el 60 % de las horas de trabajo en España son técnicamente automatizables con la tecnología actual: un 44 %, mediante agentes de software; y un 15 %, mediante robots orientados a tareas físicas. La misma información calcula un potencial económico de hasta 142.000 millones de euros para España de aquí a 2030. La pregunta vuelve a ser la misma: ¿142.000 millones para quién?
Porque, si esa riqueza potencial se queda en manos de las empresas, los trabajadores solo verán la peor parte del proceso: miedo al despido, presión para adaptarse, más exigencias, más vigilancia y menos poder negociador. La empresa podrá decir «esta tarea ahora la hace una herramienta», «este departamento necesita menos gente», «quien no se adapte se queda atrás». Así, una mejora técnica se transforma en amenaza laboral.
No hace falta imaginar robots sustituyendo a todos los trabajadores de golpe. El cambio es más silencioso. Una plantilla de diez administrativos pasa a hacer el trabajo de quince porque la IA redacta, resume y clasifica. Un equipo de atención al cliente atiende más incidencias por hora porque el sistema sugiere respuestas. Un programador entrega más código en menos tiempo. Un periodista produce más piezas. Un abogado revisa más documentos. Un técnico prepara más informes.
Sobre el papel, nadie ha sido sustituido. En la práctica, todos trabajan más intensamente. La jornada dura lo mismo, pero cabe más trabajo dentro. Eso también es explotación.
Además, la IA permite medirlo todo: tiempos de respuesta, producción por hora, tareas cerradas, correos enviados, llamadas atendidas, errores corregidos, clientes gestionados. El trabajador no solo produce más: también es observado con más precisión. La herramienta que prometía ayudar acaba convirtiéndose en mecanismo de control.
Por eso conviene no caer en dos errores. El primero sería rechazar la IA en bloque, como si el problema fuese la tecnología. No lo es. Automatizar tareas repetitivas o eliminar trabajos puede ser positivo. El segundo sería aceptar el discurso empresarial de que toda innovación es automáticamente progreso. Tampoco lo es. Una tecnología que aumenta beneficios a costa de empeorar la vida de quienes trabajan no es progreso social.
La cuestión central es quién decide el uso de la IA y quién recibe sus beneficios. Si una empresa introduce IA y gracias a eso necesita menos horas humanas para producir lo mismo, hay dos caminos. El camino empresarial es despedir, no renovar contratos, congelar vacantes o aumentar objetivos. El camino favorable a los trabajadores es reducir la jornada sin reducir salario y repartir el empleo.
Ahí debería estar el centro de la pelea. No basta con pedir formación para adaptarse. La formación puede ser necesaria, sí, pero no resuelve el problema de fondo. Un trabajador formado puede seguir siendo despedido si la empresa quiere ahorrar costes. Tampoco basta con hablar de «ética de la IA». Una IA transparente y documentada puede servir igualmente para eliminar puestos o intensificar ritmos.
La medida concreta que coloca el debate en su sitio es la reducción de jornada. Si la productividad aumenta, el tiempo de trabajo debe bajar. Si la IA permite hacer más en menos tiempo, ese tiempo ganado debe volver a quienes trabajan; no puede convertirse únicamente en beneficio para accionistas, bonus directivos o ventaja competitiva empresarial. Ya ha pasado más de un siglo desde que en España tenemos la jornada de ocho horas.
Reducir la jornada sin reducir salario permitiría combatir tres efectos al mismo tiempo: limitar la intensificación del trabajo, repartir empleo y traducir el avance técnico en mejora real de la vida. Esto no ocurrirá por voluntad de las empresas. Hay que imponerlo mediante acción colectiva, con organización sindical y poder obrero en los centros de trabajo.
El absurdo es evidente: se crean herramientas capaces de ahorrar trabajo, pero bajo las reglas actuales ese ahorro aparece como amenaza para quien vive de trabajar. Se inventa una máquina que puede quitarnos tareas y, en lugar de ganar tiempo, tememos perder el salario.
De nuevo, el problema no es la tecnología. El problema es que sus beneficios se los queda quien manda en la empresa. Si la IA aumenta la productividad, que reduzca la jornada. Lo demás es vestir de modernidad la vieja costumbre de hacer trabajar más para pagar igual o despedir antes.