Lecciones de lucha de Manolo y Jesús: 28 días subidos a una grúa

La política de rearme en Europa ya no le resulta extraña a nadie. Un constante bombardeo mediático busca justificar su desarrollo y la aceptación social del discurso belicista. Pero, en un sentido mucho más cotidiano, claro y palpable, la clase trabajadora de la Bahía de Cádiz lo conoce de primera mano, pues es en sus astilleros, como el de San Fernando, donde la demanda para la fabricación de armamento militar ha generado un aumento de la producción y del trabajo. Trabajadores cualificados de este sector, especialmente asociados al del metal, venden su fuerza de trabajo a diario fabricando el armamento que luego será utilizado para derramar sangre de su propia clase.

El conflicto del metal en la Bahía de Cádiz no es nuevo ni ha dejado de existir en estos últimos años. Ya ha aparecido anteriormente entre estas páginas. Su última cara visible ha sido la lucha que protagonizaron los trabajadores Manolo y Jesús el pasado mes de abril, en protesta contra su condena al ostracismo laboral, al que se han visto sometidos por atreverse a ejercer su derecho a huelga y por su participación sindical. La patronal buscó disciplinarlos, junto a otros trabajadores del sector, a través de las famosas listas negras, que vetaban su contratación en Navantia o cualquier otra empresa filial o subcontrata dedicada al sector de la construcción naval y del metal en la Bahía de Cádiz. Ante tal tesitura, y a pesar de que son trabajadores más que cualificados, Manolo y Jesús se vieron obligados a salir de España para poder ejercer su derecho a trabajar. Sin embargo, su exilio laboral era incompatible con la subsistencia, por lo que, de vuelta a su tierra, y tras pasar por un sinfín de peticiones para lograr un puesto de trabajo que fueron denegadas, decidieron confrontar con los responsables directos de su miseria.

Fueron 28 los días durante los que, subidos a una de las grúas de Navantia-San Fernando, denunciaron su situación y mostraron la cara más visible de la represión de la patronal. Contaron con el apoyo de sus compañeros y con la solidaridad de los trabajadores de astilleros de otros puntos del mapa nacional (como los de Ferrol), así como de otros muchos sectores productivos. También se convocaron movilizaciones y concentraciones en defensa de la lucha de Manolo y Jesús, y hasta María Jesús Montero apareció en los medios de comunicación intentando esquivar su responsabilidad en el asunto, previo inicio de la campaña electoral en Andalucía.

Manolo y Jesús, durante casi un mes de lucha, estuvieron expuestos tanto a las inclemencias del tiempo como a la exhaustiva vigilancia y al sabotaje por parte de la empresa (dejándolos en ocasiones sin agua o comida, sin baterías para los móviles para dejarlos incomunicados, acordonando toda la zona para que no pudiese acercarse ningún compañero a apoyarles, etc.), con la intención de desmoralizarlos y que desistieran de su lucha. Finalmente, fueron obligados a bajar tras montarse un operativo policial digno de una película de acción de Hollywood. La amenaza: dos trabajadores desarmados que exigían el fin de las listas negras y reivindicaban su derecho al trabajo.

Tras bajar de la grúa que fue su refugio y trinchera, fueron recibidos con los brazos abiertos por un numeroso grupo de trabajadores y por familiares. Pero la represión del capital no terminaba ahí, solo entraba en una nueva fase. A consecuencia de su acción reivindicativa, ahora enfrentan la imputación de delitos por «desorden público, coacciones y daños a la propiedad». Con ello, se manifiestan dos fenómenos palpables, que evidencian las vergüenzas del sistema económico y la realidad de la lucha de clases.

El primero de ellos, el de cómo la justicia, en una sociedad burguesa, por muy maquillada que se presente a la clase trabajadora, no es más que la imposición de una justicia al servicio de la burguesía. Las fuerzas de seguridad del Estado se aseguran de mantener el orden y los privilegios de los capitalistas, ante un conflicto de clase como el que han protagonizado Manolo y Jesús.

El segundo de ellos es el de cómo la socialdemocracia, personalizada en el Gobierno central de PSOE y Sumar, vuelve a posicionarse y demostrar de qué lado está y al servicio de quiénes gobierna: la burguesía y el capital. Sus discursos impotentes y su desentendimiento público del conflicto estallado en la Bahía de Cádiz dejan clara su deliberada incomparecencia a la hora de hacer cumplir los derechos más básicos de los trabajadores, así como su voluntad de mantener disciplinada, frente a la patronal, a la clase trabajadora en su conjunto para perpetuar las relaciones de producción de clase. Así, sale a relucir la insuficiencia de la consigna de la «defensa de lo público», que concibe lo público como algo intrínsecamente positivo por el hecho de que exista una mayor participación del Estado. El problema no reside en qué entidad gestiona la empresa (si el Estado o un capitalista privado), sino en la contradicción capital-trabajo y en la propiedad privada de los medios de producción y la riqueza. Las relaciones de producción bajo cuyas lógicas operan las empresas públicas siguen siendo las capitalistas, y el Estado, en este sentido, responde a quien conforma la clase dominante en ese contexto. El ejemplo de Navantia es ilustrador: un monopolio público está sosteniendo una política de listas negras como medida de represión ante la participación sindical de sus trabajadores.

En ocasiones como esta se deja entrever con mayor claridad el carácter de clase del Estado, lo cual debe servir para demostrar la falsa dicotomía que algunos esbozan entre burguesía y Estado, entre empresas privadas y empresas públicas «fuertes», como si la clase burguesa no dependiera del Estado para el mantenimiento del propio modo de producción capitalista y como si el Estado burgués fuese una suerte de entidad abstracta que pudiera llegar a utilizarse para proteger a la clase trabajadora. Es el Estado burgués el que garantiza y asegura, con sus leyes y sus instituciones, el dominio de los intereses de la clase que gobierna, como hemos visto en la represión y coerción policial contra los trabajadores del metal, así como en la imputación de los delitos arriba citados. Todos y cada uno de los derechos y libertades que hoy existen, y que están en claro retroceso, fueron arrancados a ese mismo Estado burgués décadas atrás por una clase obrera organizada, consciente y combativa, cuyo espíritu es el que ha inspirado a Manolo y Jesús, y que debemos recuperar.

Sin embargo, aun cuando la lucha de Manolo y Jesús se ha convertido ya en un ejemplo para toda la clase obrera nacional, sus demandas sindicales abren algunas preguntas sobre cuáles podrían haber sido los pasos posteriores a seguir. Y es que la lucha sindical espontánea, incluso en su versión más combativa, se muestra insuficiente a la hora de abordar un proyecto de lucha política sólida, a largo plazo y trascendente para el conjunto de la clase obrera, pues la estrategia y el planteamiento de una hoja de ruta clara es fundamental para no caer en el conformismo sindical. Arrancar unas mejoras a corto y medio plazo sirve para activar el sentido de lucha de la clase trabajadora, así como para lograr una mayor acumulación de fuerzas frente al capital, pero esas mejoras deben ser también la mecha que agite la conciencia de clase, que abra el camino hacia el largo proceso que es la conquista del poder político, organizada con un partido comunista fuerte y de vanguardia.