El mensaje de la reacción

En el mismo lugar donde Podemos prometió “asaltar el cielo”, se reunieron un domingo de octubre de 2018 diez mil fervorosos simpatizantes de Vox. Sin dejar de ser una casualidad logística, la rima del destino no deja de resultar un signo de los tiempos. Mientras el asalto estelar se quedaba en el muy terrenal apoyo de la conocida muleta del PSOE, la extrema derecha en España avanzaba, logrando una organización, una difusión mediática y unas expectativas electorales nuevas.

No hemos terminado de salir de la última crisis —no lo haremos nunca en el marco del capitalismo— cuando ya se está generando el fango de la próxima. Y el sistema, por supuesto, se prepara para ello. Lo hace de una manera siempre renovada. Las medidas y recursos no serán los mismos, porque las crisis son cada vez más grandes. Para la que viene, por si es necesario, el capital comienza a arremangarse la camisa. Y no es casual que la extrema derecha y el fascismo puro y duro comiencen a acercarse a las instituciones, a tocar gestión del poder. Es una realidad por toda Europa, por todo el mundo, podría decirse. Y España no se escapa de esa lógica. La propia derechización del PP y de Ciudadanos apunta en esa misma dirección, hacia propuestas de gestión del capitalismo cada vez más reaccionarias, como forma de hacer frente a la movilización obrera y popular que puede desencadenar la próxima crisis.

La extrema derecha y el fascismo han avanzado porque se les ha blanqueado. Sus postulados ideológicos han arraigado en el sembrado del nacionalismo en el que han esparcido semillas tanto la derecha como la vieja socialdemocracia, engalanados de rojigualdismo. Y también por la asunción de los postulados pequeñoburgueses de una nueva socialdemocracia cada vez más cerca de la vieja socialdemocracia, cuyo respeto de las normas del sistema ha servido para que las opciones más reaccionarias obtengan representación institucional.

El diario El País le dedicaba, una semana después del mitin de Vox en Vistalegre, un editorial al auge de la ultraderecha en el mundo. Pero no hablaba de la ultraderecha, sino de “los extremistas”. La democracia, en peligro, se titulaba el editorial. Unía a Bolsonaro o Trump con Venezuela y Bolivia. El truco se ve a la legua, es viejo, pero funciona, por desgracia. Nos vuelven a hablar del extraño contacto entre los extremos, de los dos demonios. Alerta con ello, porque ese es también el mensaje de la reacción.

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