El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional por la eliminación de la violencia contra las mujeres, recordando el asesinato de las hermanas Mirabal por orden del dictador dominicano Trujillo.

Las mujeres trabajadoras somos las que más sufrimos la violencia machista. Aquellas con menos recursos, que no pueden permitirse cambiar de domicilio, de trabajo o de ciudad. Aquellas que aun siendo maltratadas no denuncian porque no pueden ser económicamente independientes y viven con un miedo constante.

A nuestra discriminación en el ámbito laboral, a nuestra carga de trabajo en las tareas reproductivas (crianza, cuidados, tareas domésticas…), a la mercantilización de nuestros cuerpos, se une la máxima expresión de discriminación sobre la mujer trabajadora: la violencia física, psicológica y verbal.

Desde las instituciones nos señalan constantemente que se lucha diariamente contra la violencia hacia las mujeres, pero los datos nos indican que mienten. La legislación actual ni protege ni cuida a las mujeres maltratadas. Da igual que se denuncie, que haya órdenes de alejamiento, que haya peligro real hacia la mujer, que nos siguen asesinando, la justicia sigue riéndose de nosotras.

Se persigue a las mujeres por luchar, por defender los derechos que les corresponden. Se tortura y se asesina a lo largo del mundo a toda aquella mujer que se sale de las normas establecidas por la burguesía.

Pero en cambio, se incentiva y se defiende que alguien pueda comprar el cuerpo de una mujer para engendrar a un niño o una niña que no les pertenece, se incita a abortar si ese niño o niña no gusta a quien lo compra, pero si se aborta por motivos de salud o por el simple hecho de decidir libremente que no se desea ser madre, se castiga, se persigue y se señala con el dedo.

Esta violencia está intrínsecamente ligada al sistema. Un sistema que nos explota como clase y nos maltrata como mujeres. Un sistema, el capitalista, que permite que la mujer trabajadora sufra todo tipo de humillaciones, vejaciones e insultos. El capitalismo aboca a la mujer trabajadora a vivir en un entorno rodeado de incertidumbre, preocupación y miedo.

La desigualdad es algo propio del sistema capitalista, y como tal, es imposible lograr la igualdad real para las mujeres trabajadoras dentro del capitalismo. Un sistema que nos explota, nos oprime y nos discrimina es incapaz de garantizarnos nuestros derechos y de ofrecernos lo que necesitamos como clase trabajadora.

La lucha de la mujer trabajadora no puede ser ajena a la lucha del conjunto de la clase obrera, y solo mediante la organización con el resto de nuestra clase seremos capaces de conseguir nuestra liberación y poner fin a cualquier tipo de violencia.

Para las comunistas, la lucha por nuestra emancipación es parte inseparable de la lucha de clases. Estamos convencidas de que solo mediante la lucha revolucionaria podremos avanzar hacia nuestra propia emancipación. Organicémonos como clase obrera junto a nuestros compañeros para combatir y reivindicar nuestros derechos y por el fin de la violencia hacia las mujeres en todas sus formas.

Luchar por un país para los trabajadores y trabajadoras significa luchar por el fin de la  explotación y la desigualdad. Luchar por un país para la mujer trabajadora es luchar por nuestro futuro y por el de nuestros hijos e hijas. Luchar por un país para la mayoría trabajadora y los sectores populares es luchar por un país para la clase obrera.

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