Como un fósforo que se enciende y se consume fugazmente sucedió la noticia que anunciaba que “la filosofía volvía a las aulas”. Fulguró un día y luego se apagó. Y es que la Comisión de Educación del Congreso aprobó el pasado 17 de octubre una proposición no de ley en la que se manifestaba la voluntad de reestructurar el currículo de Bachillerato para que en él apareciera la Filosofía y la Historia de la Filosofía como materias comunes y obligatorias en 1º y 2º. También se recogía la voluntad de retornar la “Ética” a 4º de la ESO, retomando así la “época dorada” (pre LOMCE) de la Filosofía en la que escalonaban sus contenidos en varios niveles atendiendo a cierta lógica.

Se abría así la veda para todo tipo de comentarios que loaban el papel de la filosofía para desarrollar un “pensamiento crítico”, para “abrir la mente”, para “enseñar a pensar”, para que “no nos manipulen”, para llegar a “conocernos a nosotros mismos”, para, en definitiva, liberar a las personas de los supuestos dogmatismos que nos atan a las sombras de la caverna platónica y, quizás hoy, mediática.

Un estudio riguroso del papel que la filosofía ha jugado en las distintas sociedades nos haría comprobar lo místico de las anteriores declaraciones. Y es que la filosofía no se erige por encima de las clases sociales, sino que sistematiza las ideas de una u otra clase de la época histórica que se trate. Siempre se cuenta en las aulas que Sócrates fue asesinado por “pensar”, animando a los alumnos así “cuestionarse las cosas” en el viaje intrépido que sería la filosofía. Seguramente se entendería mejor la cuestión si se relaciona a éste con su discípulo Critias, perteneciente al gobierno oligárquico de los Treinta Tiranos que derrocó la democracia ateniense al final de la Guerra del Peloponeso que enfrentó a Atenas con Esparta. Y es que la filosofía nunca ha sido neutra, no se erige por encima de ninguna sociedad y siempre representa a una u otra clase social, a uno u otro bando. Así, podríamos caracterizar la filosofía de Platón como la primera en universalizar la posición de las clases explotadoras (esclavistas) en Atenas, el pensamiento de San Agustín y Santo Tomás de Aquino como la legitimación de las relaciones feudales de producción, la filosofía moderna como aquella que corresponde a las relaciones de producción burguesas en sus distintas fases (el desarrollo del mercantilismo con Hobbes, la consolidación del poder burgués con Rousseau y Voltaire…). 

Daría para mucho el tema. Pero, sin duda, el mejor experimento sería preguntar a los alumnos qué les parece la filosofía. Y aquí la respuesta suele ser: “odio la filosofía, no entiendo nada, me parece una rayada mental completamente inútil”. Si, como decía Spinoza, una filosofía se conoce por sus efectos, no cabe decir que sea problema suyo. Ese es el efecto real que produce la filosofía en el alumnado. Se ve como algo lejano que nada tiene que ver con la vida más inmediata. Podría pensarse que ello es debido a que la filosofía en sí misma no es liberadora, tal como se observa al atender a la Historia. Quizás porque en muchas ocasiones se enseña como sistemas de doctrinas cerradas que simplemente tienen que memorizar para después reproducir en el examen. Pero, sobre todo, porque no se enseña en el Mundo de las Ideas sino en condiciones concretas, en el estado concreto (y crítico) en el que se encuentra la educación pública.

Si deseamos recuperar la filosofía como un diálogo vivo, que parta de los intereses concretos del alumnado, que sirva para cuestionar el actual estado de la realidad recuperando así la mayéutica socrática como punto de partida del conocimiento, que apasione a los estudiantes y no que les haga odiar más la materia, debemos preguntarnos por las condiciones que empujan a odiar la filosofía. Y es que es imposible practicar la dialéctica socrática si contamos con treinta y muchos alumnos en la clase. Es imposible conocer los pensamientos e ideas más inmediatas que mueven al alumnado si tenemos tantos alumnos que es imposible casi memorizar sus nombres. El problema de la enseñanza no son así los profesores (como pregonan algunos “filósofos” como Jose Antonio Marina al defender un MIR para los docentes) sino los escasos recursos que se emplean para que estos puedan hacer su trabajo.

Si tuviera que proponer una verdad cartesiana sobre la que desarrollar una enseñanza de la filosofía de calidad, que recuperara ese espíritu crítico inherente al campo filosófico, propondría que me dejaran hablar con mis alumnos, que me permitieran recuperar esa dialéctica socrática reduciendo el ratio de alumnos por clase. A partir de aquí podría considerar en lo concreto y no en el mundo de las ideas las nuevas metodologías que motivadoras del alumnado. De ello depende que la filosofía anuncie a lo gallo un nuevo día o que sea esa lechuza de Minerva que viene al final de todo, aunque esta vez sin conocer nada.

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