Cuando se piensa en los braceros, la mente acude a esos lugares comunes de siempre: la esquina del pueblo, los grupos de hombres o mujeres que deambulan al alba esperando, las furgonetas de los capataces que se acercan y seleccionan a dedo quién trabajará ese día. Una imagen común en muchos países de Latinoamérica, y en las calles del sur de España. Ya se sabe que, donde no llega la fuerza de los trabajadores organizados en sindicatos, lo hace la avaricia del patrón.

Pero no estoy escribiendo estas líneas para incidir en un problema ya conocido, sino porque hoy las calles de las principales ciudades están llenas de nuevos braceros, de personas que esperan a que alguien llegue a darles un trabajo para alcanzar sueldo.
Sí, hablamos de quienes padecen la llamada “nueva economía”, o “economía colaborativa”, que no son más que otras maneras de llamar a la explotación laboral disfrazada de lagarterana. Esas personas que se pasean por ahí con sus mochilas y teniendo a mano los más variados vehículos, el que puede, y el que no a pata. Cobrando por porte realizado y con su valoración al capricho del cliente, el cual desconoce las circunstancias que padece quien le acerca la mercancía. Si parte de los braceros trabajan sin contrato, también parte de estos modernos braceros para poder trabajar tienen que darse de alta en autónomos a coste propio, ya que la patronal lo “contrata” como quien hace un contrato en igualdad de condiciones con otra empresa, y claro, ahí no caben sindicatos ni derechos colectivos… por supuesto, las medidas de seguridad no van con la empresa matriz, ya que ella solo contrata con “otras empresas”. EPIs o prendas de trabajo por cuenta del obrero… perdón, del bracero… perdón, de la empresa contratada.

Y mientras en la noches frías y de lluvia, en moto, o en patinete, los modernos braceros van de aquí para allá lo más rápido que pueden para agradar al cliente, en los despachos de la multinacionales de publicidad amable y sonrisa de pasta de dientes sacan notas de prensa que explican que si la ley obliga a contratar a todos sus braceros, esta “nueva economía” no tendrá futuro, y tendrían que despedir a sus empleados. Las ratas sarnosas que pueblan las alcantarillas son animalitos sanos y amables en comparación con quienes componen la dirección de estas corporaciones internacionales.

Deberían mirar la historia, de cómo los sindicatos llegaron a los lugares donde los terratenientes eran ley, de cómo se ganaron derechos y salarios en tantos y tantos países. O cuál fue el destino de los explotadores en la vieja Rusia zarista. Que aprendan de la historia, porque aunque nunca se repita, a veces lo que pasa hoy se parece a lo de ayer.

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