La memoria histórica constituye el caudal acumulado de la experiencia histórica de la humanidad, el esfuerzo colectivo de los grupos humanos por no dejar caer en el olvido todo aquello que nos constituye como seres humanos vinculados en sociedad.

La construcción del relato, tan del gusto del posmodernismo, es el velo tras el que esconder la historia cuando no conviene a la clase dominante. Casualmente todos esos “relatos” que se pretenden equiparar a la verdad histórica contribuyen a justificar su posición dominante.

Cuando el olvido no triunfa sobre la memoria, se acude a la manipulación: libros de texto que pretenden hacernos olvidar la inconmensurable aportación del pueblo soviético en la Segunda Guerra Mundial o la vil traición de la socialdemocracia al apoyar a sus burguesías en la Primera Guerra Mundial son sólo dos ejemplos.

Tanto la vieja como la nueva socialdemocracia son especialmente hábiles en la táctica de olvido-manipulación. Igual que contribuyen gustosamente a laminar el originario carácter de clase del Día de la Mujer Trabajadora, no tienen reparos en olvidar que fue ella, la socialdemocracia, quien asesinó a Rosa Luxemburgo y a Karl Liebneckt un 15 de enero de 1919 por medio de la mano ejecutora de un sicario.

Pretenden hacernos olvidar que el ministro de defensa alemán de la época, Gustav Noske, ordenó a los Freikorps, un grupo paramilitar de extrema derecha, reprimir la lucha obrera encabezada por los espartaquistas y asesinar salvajemente a sus dirigentes.

Pero el caso de Rosa Luxemburgo también ilustra su otra estrategia: la manipulación. A propósito del aniversario de su asesinato, se multiplican los sesudos artículos en los que se exacerban sus diferencias tácticas con la Revolución de Octubre (que las tuvo) al tiempo que se minimiza —o se oculta— su firme apuesta por los bolcheviques y la Revolución, con el objetivo de presentarla, parafraseando a Lenin, como una “adocenada liberal”.

La historia de la vieja —y también ya de la nueva— socialdemocracia está construida sobre la traición permanente a la clase obrera, por eso carece de héroes y heroínas que presentar ante nuestros ojos y necesita robarnos nuestros referentes, despojarlos de su carácter revolucionario y apropiarse de ellos para construirse una memoria histórica, que no pasa de ser —esta vez sí— un relato falsificado de la Historia.

Luchemos contra el olvido y la manipulación de nuestra memoria. ¡Qué no nos roben a Rosa y a Karl!

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