El proceso de cierre y desmantelamiento de la industria productiva y, por lo tanto, del carbón se inició hace 30 años con la entrada de España en la UE. La lucha por su defensa y por la defensa de la clase obrera de las cuencas ha sido larguísima, protagonizando luchas ya catalogadas como históricas. En 1991 “las navidades negras”, 1998 otras navidades negras, el 2012, etc.

Es una lucha difícil. Mientras por una parte se luchaba contra la desindustrialización y el cierre, también, a la vez, se lucha por mejorar las siempre atacadas condiciones de trabajo de quienes en la mina trabajaron y trabajan.

Esta lucha se ha caracterizado por diferentes periodos, pero toda ella está atravesada por una tónica: fue y es una lucha defensiva. Y solo poniéndonos como clase a la ofensiva se puede empezar a reconquistar terreno perdido. Si los convenios dignos se negocian luchando, en las cuencas mineras la dignidad y el pan se conquistan luchando. Porque han enterrado las cuencas mineras, han exiliado a su juventud, en los 80 la envenenaron con la heroína y ahora la condenan a la miseria.

Las prejubilaciones no han sido nunca una lotería, son despidos indemnizados, repartidos en mensualidades hasta la fecha de jubilación y han provocado enormes problemas psicológicos, especialmente en las primeras tandas y aun así solo se consiguieron en base a la lucha, nunca fueron regaladas.

Estamos en enero del 2019, un mes después del inicio del decreto de cierre impuesto por la UE (el decreto 787), gestionado por todas las fuerzas políticas parlamentarias, desde el reformismo hasta los liberales y ultraderechistas, pasando por la socialdemocracia. Año de cierre de las minas de carbón, prácticamente todas las explotaciones se encuentran cerradas, en labores de desmontaje, en situación de abandono, o en procesos de liquidación.

Sin embargo, no todo el sector se ha cerrado, el histórico Pozo Nicolasa sigue activo, alimentando, con el sudor de los mineros y las mineras que allí trabajan, una central que produce 50Mw y da energía a 9.000 personas. Hoy, 300 obreros y obreras generan ese valor. Siguen en pie este pozo y la térmica de titularidad pública así como pequeñas explotaciones privadas entre las que se encuentra la del concejo de Ibias, también en Asturies, la cual produce carbón siderúrgico y de otros usos (baterías, electrodos, etc.). Otras explotaciones que se mantienen están explorando el uso de lignitos para fertilizantes.

Sin embargo, ya no podemos hablar del gran sector minero, si hoy 300 mineros multiplican por 30 su repercusión en la sociedad en cuanto a energía, imaginemos lo que ocurría cuando había 45.000 mineros en España. Ahora imaginemos que toda esa capacidad productiva repercutiese directamente en la sociedad sin que las burguesías mineras se apropiaran de gran parte de la riqueza producida y el Estado en el caso de la pública no lo repartiera entre los parásitos burgueses que la rondan. Pues supondría un desarrollo enorme de la sociedad. Lo que ocurre es que esos términos solo son alcanzables en una sociedad socialista-comunista.

Hace días veía en el canal 24h un reportaje sobre la minería ilegal en países subdesarrollados, donde los hombres, en condiciones inhumanas, sacaban antracitas. Me viene a la cabeza la minería en la India y toda la industria de los monopolios europeos explotando a su pueblo. Los monopolios son el cáncer de los pueblos.

Hay algo que trasciende, que va más allá de la propia cuestión productiva, no hay minero con el que se hable que no diga que lo que han roto es un modo de vida. Es cierto, ya no se trata de jornadas laborales de 7 horas (después de destruir las de 8 lo llaman “conciliación familiar”, a esto un minero contesta con un “vete a la mierda”), va más allá del sentimiento de comunidad, de colectividad, de unidad de clase. Lo que otros llaman “modernidad” la clase obrera lo llama barbarie, ejemplo claro de la lucha de clases, de una guerra sin cuartel. Que nadie se confunda, la historia nos llama a ganar.

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