Es un hecho conocido por la sociedad que, si eres mujer te enfrentarás a muchas dificultades en tu vida laboral, tales como contratos a tiempo parcial, dificultades para conciliar, “techo de cristal”, etc. Por no hablar nuevamente de la brecha salarial.
Algo similar ocurre con los inmigrantes, los cuales, aunque estén de forma legal en España, suelen acceder a trabajos que, por su dureza, no son deseados por los autóctonos.
Ahora bien, si unimos las dos características antes mencionadas y resulta que eres mujer e inmigrante los problemas no se suman sino que se multiplican; si además en esta ecuación incluimos la participación de una empresa que actúa como agencia de colocación y que ofrece a las mujeres, en su mayoría inmigrantes, unos puestos de trabajo en los que no se las incluye en la categoría que les corresponde en función del trabajo que realizan y en los que se las contrata por menos horas de las que realmente trabajan, pagándole menos de lo que les correspondería, ya tenemos el “círculo perfecto”.
Nuestra protagonista, Cristina Yamileth, se dedica a la atención domiciliaria, que junto al de empleada de hogar, es una de las actividades más olvidadas por la Inspección de Trabajo y es que, como recoge el Estatuto de los Trabajadores, se trata de una relación laboral especial ya que se realiza en domicilios particulares y no en centros de trabajo al uso.

Tal como consta en la denuncia presentada por Cristina, ante la Inspección de Trabajo el 26 de marzo pasado, la agencia de colocación Berento Almería 2012 SL, la contrató a través de EDADES Almería como empleada de hogar, cuando las tareas a realizar eran de auxiliar de ayuda a domicilio y en uno de los contratos de 16 horas semanales la jornada real subía hasta las 36 horas (9 horas del sábado a 21 horas de domingo) y ni por ese contrato ni por el otro que tenía de 4 horas diarias, la empresa le abonaba la parte proporcional del actual SMI, sino una cantidad inferior.

Denunció, como ella misma indica, “para salvaguardar mis derechos y los de mis compañeras”. Y menos de dos meses después fue despedida de ambos puestos de trabajo mediante burofax.

Esta historia real es también la realidad de muchísimas mujeres que se encuentran en esa misma situación y que, por desconocimiento de la legislación española o por miedo a tener que abandonar el país, no se atreven a levantar la voz exigiendo sus derechos. Además, el sistema termina por “convencerlas” y se contentan con el consabido “al menos tengo trabajo, mejor calladitas…”, porque a la que reclama, como ya se ha visto, la despiden y eso crea inseguridad y miedo en las restantes.

Ante esta situación es necesario hacerles comprender que la única forma de acabar con la explotación es organizándose y luchando por sus derechos y para ello es muy importante afiliarse a los sindicatos de clase y demostrar a la patronal que no es un colectivo sumiso sino dispuesto a luchar por sus derechos.

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