Imagen de la serie Chernobyl, de HBO.

Chernobyl, la nueva y exitosa producción de HBO, relata la historia de cómo la URSS acometió el control del desastre acaecido el 26 de abril de 1986 en la central nuclear V.I. Lenin situada en las inmediaciones de la ciudad de Prípiat, en la República Socialista Soviética de Ucrania.

Mediante un relato cronológico y un cuidado trabajo audiovisual, Chernobyl nos describe las distintas etapas en las labores de contención del accidente tal y como se desarrollaron en los meses posteriores a la explosión del reactor. Una ficción documental que, a través de la aparente pretensión de acercarnos al acontecimiento, supone en realidad una potente dosis de propaganda anticomunista.

Chernobyl adolece de una atmósfera y unos personajes excesivamente caricaturescos. El Estado soviético y sus funcionarios —ya sean soldados, administrativos, científicos nucleares o agentes del KGB— aparecen como personajes secundarios grises y desalmados, carentes de emociones y sin mayor pretensión que la salvaguarda del prestigio de la propia Unión Soviética. De manera similar el Partido Comunista no supone una amplia organización social que persigue unos fines determinados, sino una temible camarilla semi clandestina cuya única ambición es la promoción y el lucro individual de cada uno de sus miembros, bajo cuya única lógica se entienden las discusiones y los enfrentamientos internos.

Así, a lo largo de los cinco capítulos encontraremos soldados ebrios de vodka que ejecutan cachorritos, un comité ejecutivo del PCUS escondido en un sótano para buscar su propia gloria mientras desatiende a su pueblo, valientes científicos incapaces de lidiar con la terca burocracia y hasta una cándida abuelita ucraniana que iguala al nazi-fascismo con el socialismo soviético sobre la base del mito Goebbeliano del Holomodor, segundos antes de que alguien ejecute a su vaca lechera.

HBO trata así de absolutizar más de 70 años de socialismo soviético bajo la caricatura de la burocracia y el militarismo gris. Ni una sola mención a la atención sanitaria gratuita que se garantizó a las personas afectadas, tampoco a los miles de hombres y mujeres que voluntariamente trabajaron en cientos de tareas para contener el desastre y mitigar sus consecuencias. Nada de heroísmo, sacrificio consciente o solidaridad.

No deja de resultar curioso que a casi 30 años del triunfo contrarrevolucionario en la Unión Soviética, se sigan destinando ingentes esfuerzos a tergiversar su historia a través de producciones artísticas destinadas al consumo masivo. Por qué será…

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