Huelga en Alimerka, 2019. Imagen: EFE.

¿Quién no ha oído decir alguna vez: “cobras menos que una cajera del Alimerka”, o “haces más horas que el reloj, casi tanto como una cajera de supermercado”? Y es que el sector de los trabajadores del comercio minorista de alimentación, fuertemente feminizado, ha sufrido siempre unas altas tasas de precariedad laboral. Un sector que da pingües beneficios a familias como la Fernández González, propietaria de Alimerka y octava fortuna asturiana, que ha visto incrementado en 10 millones de euros su patrimonio en el último año, gracias a la imposición de unas condiciones de trabajo leoninas.

Un salario base de 823 euros, mantenimiento en la más baja categoría profesional y sin posibilidades de promoción, descuento de la jornada laboral del tiempo del bocadillo, y amenazas constantes de no renovación de contratos, de traslados a otros centros en distinta población, y otras lindezas son la carta de presentación de la forma de hacer negocios en un sector dominado en Asturias por Alimerka y que también cuenta con cadenas como La plaza de DIA, Más y más o el grupo El Arco.

Todo parecía destinado a perpetuarse, una lacra laboral que auguraba décadas de explotación sin posibilidad de respuesta. Pero bajo el sol todo cambia, y contra el miedo y todos los inconvenientes, las trabajadoras, armadas con su plataforma reivindicativa, lanzaron desde los sindicatos de clase una negociación que, ante la negativa patronal a asumir nada, acabó desembocando en la convocatoria de 8 días de huelga en plenas festividades navideñas.

La primera jornada fue clave, pocos pensaban que trabajadoras con esas condiciones de trabajo podían llegar a movilizarse. A quienes nunca tienen confianza en las capacidades de la clase obrera les resultó extraño ver que el seguimiento de la huelga era muy elevado. Supermercados cerrados, lineales y secciones enteras vacías en aquellos que habían logrado abrir sus puertas, y las trabajadoras participando activamente en los piquetes informativos, organizándose y dando la cara ante cada tienda, recibiendo la solidaridad cómplice de unos clientes que pasaban sin entrar. Otras trabajadoras, mientras, se aprestaban a cortar los accesos a los centros de logística y distribución.

En ayuntamientos como el de Degaña, el PCTE introducía una moción de solidaridad con la lucha, mientras la simpatía hacía una movilización calificada por muchos como imposible crecía y crecía. La guerra de cifras no se hizo esperar, ante la cifra del 70% de participación según los sindicatos la patronal no reconocía ni un 20% y los medios de comunicación, pagados con la publicidad y al servicio de la patronal, intentaban sin éxito tergiversar la realidad. Pero la realidad es tozuda: la primera jornada de huelga había sido todo un éxito. Los 12.000 trabajadores y trabajadoras del sector de minoristas de la alimentación de Asturias habían decidido ir a la huelga, y la huelga era un hecho palpable.

La propia empresa Alimerka, contradictoriamente con su valoración de fracaso de la huelga admitía que, sólo durante el primer día, habían dejado de ganar 600.000 euros.

Llegados al cuarto día de huelga la intermediación del Gobierno de Asturias le da oxígeno a la patronal, pero se consigue que se abra una puerta a la negociación. La huelga había costado muchos esfuerzos e iba a suponer una merma en la nómina de diciembre muy importante en los ya de por sí bajos salarios y en unas fechas de fuertes gastos, y el haber conseguido que la patronal admitiera sentarse a negociar de nuevo abrió la esperanza de conseguir una solución al conflicto que se saldase con mejoras sustanciales de las condiciones de trabajo. La huelga como medio de lucha estaba dando sus frutos.

Y llegó el 13 de enero, fecha de reanudación de la mesa negociadora. La patronal decide escoger el camino de la confrontación directa, dejando en un mal lugar a un Gobierno de Asturias ahora enmudecido, mintiendo sobre el carácter de sus propuestas y movilizando a los medios de comunicación para intentar desmovilizar a las trabajadoras. Nada de eso han conseguido. La tregua se ha roto y la movilización vuelve a ponerse en marcha con los mecanismos más eficientes que las propias trabajadoras decidan aplicar en cada momento. La lucha obrera dispone de múltiples opciones que, en su conjunto y aplicadas con inteligencia y equilibrio, constituyen la fuerza y la capacidad para conquistar derechos.

En ese momento está la lucha, todos quisiéramos que la victoria ya se hubiera producido pero el camino ya no será recorrido hacia atrás, hoy las trabajadoras de los supermercados han demostrado que forman parte integrante de quienes mueven la historia, y el salto cualitativo en su capacidad de reivindicación y lucha ya no tiene vuelta atrás. Cuando un sector de la clase trabajadora coloca su dignidad, aunque sólo sea un centímetro, por encima de su miedo ya sólo resta sacar lecciones y aguardar futuras victorias.

1ª Lección: Cualquier sector puede luchar por sus intereses económicos y laborales, aunque no tenga tradición de lucha y aunque las condiciones de explotación y precariedad no sean favorables.

2ª Lección: Los medios de comunicación viven de la publicidad y se ponen del lado de quien paga.

3ª Lección: Necesidad de movilizar la solidaridad popular, denunciando el esquirolaje y a los medios de comunicación que desinforman. Necesidad de buscar mecanismos que aíslen la incidencia de expresiones concretas de lucha antihuelga, como la que protagonizó la patronal movilizando una concentración de esquiroles contra la huelga y pagándole el día a una encargada de tienda para que acudiese a esa movilización junto a otras personas ajenas.

4ª Lección: La lucha siempre sirve, incluso ante escenarios que intentan hacernos ver como derrota un impasse o el no haber conseguido todo lo que se pretendía. El derrotismo y las expresiones maximalistas en el terreno de la lucha sindical ayudan a dividir a la clase y a generar sensaciones negativas que justifican la inacción.

5ª Lección: Aunque no estamos ante una derrota, debemos recordar que las victorias a veces tardan en llegar y debemos poner en perspectiva la lucha. Y sobre todo que de llegar a producirse no hay vergüenza en la derrota, puede haber dolor, pero nunca vergüenza, salvo en aquellos que no lucharon o en quienes se pusieron del lado del enemigo.

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