Entonan la “Giovanezza” por el paseo de los Mártires. Jóvenes soldados gritan “Duce, Duce, Duce” con impolutos bigotes al estilo fascista. Lo dicen con un fervor amenazante. Bien peinados y altivos porque se saben vencedores. En ese momento, el futuro es fascista. El saludo romano es el nuevo saludo. El mar Mediterráneo de fondo es la postal perfecta para finalizar una guerra, otra victoria. Unos cientos de palmeras más allá, al final de la carretera, el destino es bien distinto. La amargura pesa más que los petates con ropa, documentos y pan. Miles de personas miran el mismo mar que los fascistas como única vía de esperanza. Es su única puerta para escapar de esa primavera que se presupone muy negra, la peor de todas. Saben que es sólo el principio de muchas pero ni siquiera intuyen que es la primera y última para la mayoría. Cientos de personas se han convertido en el reducto de lo que fue el estado republicano. Se agolpan en un espigón del puerto de Alicante, ahí acababa la libertad a partir de ese momento. El golpe de Casado aceleró los acontecimientos semanas antes. El pueblo español había perdido la guerra, la II República española se convertía en la primera gran víctima del fascismo.

Esa tarde del 30 de marzo, cuando cae el sol, cae la esperanza. Los refugiados se agrupan por afinidades y siguen hablando de las posibilidades reales de sobrevivir o no, de cómo resistir, de cómo organizarse. Se dan suicidios, reproches y ánimos. Todo se mezcla en un momento en el que el futuro depende de resistir una hora más y de la llegada de un barco. Todos miran al mar deseando refugio pero cada barco que se asoma luce la rojigualda.

El 28 de marzo Madrid fue ocupada. Esa misma noche zarpó de Alicante el Stanbrook rumbo a la primera etapa del exilio, Orán. Casi hundiéndose y despedido por un último bombardeo franquista que hizo todo lo posible para vencer matando. La línea de flotación no se ve y temen que se hunda. Era un carbonero pequeño y se convirtió en el único salvavidas de un puñado de miles. No fue el último barco pero sí el que más refugiados salvó. En el puerto quedaron miles. Existe un registro de tripulantes donde se señala que los militantes del PCE que zarparon fueron 196. El menor número si comparamos con anarquistas, socialistas y republicanos. Puede ser algo irrelevante o verdaderamente significativo. Es un hecho.

Las caravanas de camiones y personas llegaron en tromba desde Madrid y Valencia durante varios días. Huían del fascismo a la desesperada y en medio del caos. En la ciudad la Falange ya ocupaba importantes centros neurálgicos. Desde mediados de marzo, la quinta columna campaba a sus anchas y organizaba el nuevo Estado fascista.

Ese 30 de marzo los italianos dominan la ciudad y entre ellos, un hombre rechoncho, Gastone Gambara, general de la la división Littorio de las CTV (Cuerpo de Tropas Voluntarias). Pasean sus coches por las principales calles y crean un cordón de ametralladoras apuntando al microcosmos republicano que queda en el puerto. Para Gambara no hay negociación que valga con el consulado francés, ni los casadistas. No hay posibilidad de evacuación posible. Las órdenes son “reducir por la fuerza de las armas” cualquier intento republicano de resistir. Por tramos, lanzan ráfagas al aire para intimidar y recordar quien ha vencido.

Un chapista de Mieres mira al horizonte pensativo en ese espigón. Bajo el mismo sol donde ríen los fascistas, a pocos metros, los comunistas siguen aferrados en reorganizar al Partido como única salvación. En ese pequeño territorio en el que se ha convertido la República, él y muchos, siguen pensando que es posible resistir para vencer. Años de militancia y guerra son la levadura que hace crecer la esperanza. Etelvino es de los que se quedó cuando marchó el Stanbrook. Él, junto a otros dirigentes comunistas como Jesús Larrañaga, siguen rumiando, son indiferentes al derrumbamiento del Frente Popular. El Partido y el pueblo, se deben mentalizar para luchar las peores condiciones posibles, se decían.

Etelvino Vega durante esos días fue trasladado al campo de concentración de los Almendros y luego al de Albatera, el gran campo de concentración franquista, donde estuvieron miles. Por allí se paseaban los falangistas de todo el país señalando a sus presas. Su detención fue celebrada por los franquistas como un trofeo de guerra. Era un dirigente reconocido del PCE, redactor de Mundo Obrero y último gobernador militar de Alicante antes del golpe de Casado.

Prácticamente no hay fotos suyas que sean públicas. Sólo una, de perfil, en actitud marcial como descendiente de un viejo linaje del norte. Es un obrero de mirada firme y gesto orgulloso que el 15 de noviembre de 1939 dio otra lección en vida. Cuando ya sabía que se acercaba el fin, siguió animando a los suyos a no ceder. Con decisión y bien vestido, como decían los presos que se debía morir, fue hasta el camión que lo llevaría al pelotón sin mostrar miedo, ni arrepentimiento. Sabía que era su último suspiro y no les quería dar esa satisfacción. Antes le dió a un compañero de celda su única pertenencia, un pañuelo para su mujer, entrega que se completaría 60 años después ya a vueltas del exilio. Lo fusilaron junto a 27 camaradas que abrazaron la muerte cantando La Internacional. Pocos agitan la historia de esa forma.

La desazón es generalizada porque se prevee que los de siempre, otra vez, acabemos poniendo la cabeza en el cadalso. También resulta esperanzador que surjan hombres así de las entrañas del pueblo, más incluso, cuando vivimos una crisis sanitaria sin precedentes en 70 años.

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