De un tiempo a esta parte la cartelera de cine y las parrillas televisivas se han llenado de nuevas versiones de viejos títulos o de revivals de las décadas finales del siglo pasado. Supongo que lo habrán notado. Este hecho anecdótico podría interpretarse como el síntoma de una época de mediocridad creativa. Este recurso al pasado denota cierta falta de originalidad. Casi podríamos decir que vivimos en la época de los remake. Pero lo que en términos culturales es un leve padecimiento, en términos políticos resulta un castigo en toda regla.

En plena crisis del coronavirus, el Gobierno de Pedro Sánchez ha recurrido a este rescate de viejos títulos. Para ir capeando la crisis política propuso, por una parte, un nuevo Plan Marshall, y por otra parte, unos nuevos Pactos de la Moncloa. Ambas propuestas están poco definidas en su formulación, son meras declaraciones de intenciones, vagos deseos. Y la verdad es que no pretenden ir más allá de lo que alcancen las resonancias históricas de su nombre. Si ya es triste vivir en la época de los remake, imagínense que esa época sea también la del “relato”. Porque de nuevo es el dichoso “relato” con lo que tiene que ver la elección del Gobierno de traer a colación el recuerdo de los Pactos de la Moncloa y del aún más lejano Plan Marshall. Se trata de pescar un par de nombres propios con buena prensa y colocarse su reedición como un pin.

Para entender el propósito del Gobierno hay que tener antes claro de qué hablamos cuando hablamos del Plan Marshall y de los Pactos de la Moncloa.

El Plan Marshall fue el programa de inversión de capitales estadounidenses para la reconstrucción de la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial. El impacto de dichas inversiones como verdadero factor de la rápida reconstrucción y recuperación macroeconómica europea de postguerra ha sido puesto en duda por la mayor parte de economistas y de historiadores —de todas las tendencias—. Los 14000 millones de dólares invertidos entre 1948 y 1952 se calcula que contribuyeron a incrementar el PIB de los países receptores en no más de un 0,3% en todo ese tiempo. El capital experimentaba, al margen del estímulo del Plan Marshall, un ciclo alcista de su economía nunca antes conocido. Sin embargo, el Plan Marshall pasó al imaginario colectivo como una magnífica y determinante solución económica para salir de la crisis. El verdadero motivo del Plan Marshall se encontraba, sin embargo, dentro de la lógica de la conocida Doctrina Truman, la política de intervención anticomunista internacional promovida por los Estados Unidos. El 12 de marzo de 1947, Harry S. Truman leía en el Congreso de los Estados Unidos la proclamación de dicha estrategia. El 17 de junio de 1947, el Secretario de Estado George Marshall leía en la Universidad de Harvard el discurso sobre el plan de reconstrucción que a la postre llevaría su nombre. El objetivo del Plan Marshall era, antes de nada, asegurar la contención del comunismo en Europa Occidental, favoreciendo una rápida recuperación económica y tratando de frenar el creciente prestigio de la URSS y de los Partidos Comunistas en las principales potencias del viejo continente.

Lo más curioso de que Pedro Sánchez recurra al mito económico del Plan Marshall para la presente situación es que el Plan Marshall no dejó ni un solo dólar en España. España quedó fuera de dicho plan porque no participó en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, también aquí opera el mito salvador de Marshall. Pero, yendo a lo importante, ¿a qué se refiere Sánchez cuando propone un nuevo Plan Marshall? ¿Quién hará el papel de los USA en este remake? Sin duda, el Gobierno propone que esos fondos salgan de la UE. Y a lo que llama nuevo Plan Marshall no es más que a la mutualización de la deuda que financie un plan de reconstrucción post-coronavirus. Dicho así, pierde épica, ¿verdad?

Quedaría por saber quién es el enemigo a contener por este Plan Marshall de nuevo cuño. ¿Otra vez los comunistas?

Con los Pactos de la Moncloa pasa tres cuartas partes de lo mismo. El recurso es retórico, porque si las condiciones históricas del Plan Marshall son del todo diferentes, el contexto histórico de la España de 1977 con el de la actualidad no permite, sencillamente, ni el paralelismo más forzado. Y Pedro Sánchez y Pablo Iglesias lo saben, ambos, perfectamente.

En octubre de 1977, todos los partidos parlamentarios firmaron dos acuerdos —bueno, todos no, los populares de Manuel Fraga solo firmaron uno de ellos—, uno de carácter económico y otro sobre medidas jurídicas y políticas. El objetivo era transitar de la forma más pacífica para los grandes capitales del país de la dictadura fascista a la democracia burguesa. Convertir el Estado de la una en el de la otra. En cierta manera, también fue un remake, o más bien una segunda parte. El mito ha convertido la convergencia parlamentaria de aquellos pactos en la clave de la modernización española y símbolo de consenso, reconciliación y responsabilidad de Estado. Habría que ponerle comillas a todos estos términos, pero así lo entienden Pedro Sánchez y Pablo Iglesias y a ese mito se aferran. La realidad es que los Pactos de la Moncloa supusieron la consolidación en el aparato del Estado de los mismos poderes hechos fuertes durante la dictadura. Y por supuesto, la consumación de la traición del PCE carrillista, renunciando definitivamente a la lucha de clases.

El Gobierno sabe bien que la posibilidad de un pacto de Estado que congregue, como en el 77, a todas las fuerzas parlamentarias está fuera de la realidad. Solo C’s, en un viraje táctico, parece prestar oídos, pero ni el el PP a cualquier precio, ni por descontado Vox, van a hacerse foto alguna con Sánchez e Iglesias en estos momentos. Ciertamente, el capitalismo español se juega el futuro, pero no parte de las mismas condiciones ni necesidades que hace cuarenta años. El remake, en este caso, no tiene escrito ni un borrador del guión. Y si llegara a rodarse algo con el mismo título, sería una muy libre adaptación del original.

A estas alturas de la película, uno ya se sonroja de tener que recurrir una vez más a la apertura de Marx en El 18 de Brumario, pero es que la realidad, como vemos, es obstinada, y ciertos protagonistas de esta época, bastante mediocres. La Historia se repite dos veces, está claro: primero como tragedia, después como farsa. Pues eso. No paguen por ver los remakes de la temporada, tengan por seguro que les estafarán igual que con los originales.

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