Imagen: RTVE.

Madrid está siendo el epicentro de la crisis del coronavirus en España. Este artículo es la segunda entrega de una crónica —a través de sus trabajadores— de estos días.

Paula coge el teléfono fijo con miedo, no ve el número pero está segura de que es su tía y no son buenas noticias. Esta mañana llamó para avisar de que habían venido enfermeras a su casa y habían sedado al abuelo, afectado por el coronavirus. «El hospital está colapsado y no podemos llevarle porque no hay respiradores, no podemos hacer más», le dijeron. La noticia se confirma, el abuelo ha muerto y yace en su cama. La dureza de la situación no acabará ahí, pues pasarán doce horas hasta que los privatizados servicios funerarios se lleven el cuerpo. Doce horas que pasan como una eternidad.

Juan coge el teléfono y marca números con ansiedad, no sabe nada de su madre. Hace días que no llama desde la residencia en la que vive. No lo coge nadie a pesar de la insistencia. Se sienta a comer y ve en la tele cómo la residencia privada de su madre está siendo intervenida. Una puñalada fría recorre su cuerpo. Esa tarde la dedica a ponerse en contacto con otros familiares de la residencia para intentar averiguar qué ocurre con sus seres queridos. Horas después consiguen que les cojan el teléfono, la madre de Juan está contagiada pero sin síntomas. No han tenido la misma suerte el resto de familias, el número de muertes es elevado.

Historias que por graves y duras no dejan de ser comunes estos días. Es el caso de multitud de familias madrileñas abandonadas por un sistema que vendió al mejor postor el cuidado de sus familiares. A los trabajadores, que vienen denunciando la situación desde las privatizaciones, la emergencia no hace más que darles la razón. Gonzalo trabaja en una residencia de mayores privada y describe cómo la situación se debe a la gestión que se hace. «Nosotros tenemos mascarillas de tela, pero cuando pedimos FFP2 y FFP3, las que son de ver dad útiles, se hacen los locos y contestan que es lo que hay». ¿Le darán la misma contestación a las familias cuando recojan a sus muertos? «Me hicieron firmar que se me había entregado protección que no he recibido. La realidad es que lo que tenemos se reutiliza aún siendo de un solo uso».

¿Cuáles son las condiciones de estos trabajadores? «De siempre lo que más falta hace es personal, desde auxiliares hasta técnicos, con bajas y vacaciones que no se cubren y que sobrecargan al resto. Ahora mismo se necesita mucho más personal porque las bajas son más prolongadas y no somos suficientes. La empresa ha prometido contratar a más gente pero no confirman que esa gente se vaya a quedar después de esto». Las empresas se valen de la necesidad de aquel que no consigue un puesto de trabajo en centros sanitarios u hospitales. Los puestos de trabajo se convierten en estaciones de paso, la organización obrera escasea por la temporalidad y la patronal aprovecha para rebajar las condiciones de contratación. «Si pregunto por qué mi sueldo es menor que en una pública me responden que el convenio de las residencias privadas es así, porque esto no deja de ser una empresa privada y hay que cuadrar las cuentas». Siempre el mismo denominador común, beneficio privado contra el interés popular. Hacer caja con el más vulnerable.

Al igual que en hospitales, se está contratando estudiantes en últimos años y médicos no especialistas por ser mano de obra más barata. Martín es un estudiante contratado durante la pandemia en una residencia privada. «Las ofertas de trabajo a estudiantes consisten en apoyar al médico en sus funciones, pero los fines de semana estamos solos, siendo los únicos médicos presentes en el centro. En caso de urgencia que no sepamos manejar podemos llamar por teléfono a un médico adjunto, pero en muchas ocasiones este no puede venir, ya que trabaja a la vez en varios centros. En la residencia la situación es desoladora, con aproximadamente 150 personas ya hay, de momento, una docena de muertos. Los cadáveres permanecen varios días en las habitaciones porque los seguros no se hacen cargo de ellos. No nos llegan test diagnósticos para coronavirus, por lo que tenemos aisladas a aproximadamente 50 personas por precaución. Hasta que llegamos nosotros solo había un médico y un enfermero en todo el centro, trabajando a destajo incluso con fiebre y tos, puesto que de no hacerlo nadie atendería a los pacientes. Llegan voluntarios para ejercer tareas auxiliares, pero muchos se van a los pocos días por no poder aguantar la situación. Hay escasez de materiales básicos como mascarillas de oxígeno, suero fisiológico o medicamentos. Usamos bolsas de basura como EPIs y lavamos nuestras mascarillas en casa porque no hay suficientes para usar a diario. Hacemos todo lo posible para sacar a los pacientes adelante, pero en ocasiones nuestro esfuerzo es inútil al no tener apenas medios”.

Las residencias son el caso más mediático pero no el único. Curioso ha sido el caso de los proyectos de atención psico-educativa en la Comunidad de Madrid, servicio también privatizado. Ayuso decretaba la suspensión de los contratos con las empresas auxiliares considerándolas no prioritarias antes del confinamiento, respondiendo estas empresas con propuestas de ERTEs a la plantilla. Días después los servicios sociales se declaraban actividad esencial y los contratos se retomaban. Claudia es educadora social, a pie de calle, y pasó en días de ser la representante de sus compañeras en las negociaciones de ERTE a tener más trabajo que nunca, ya normalmente excesivo. «El principal problema es que no se es realmente consciente del volumen de personas vulnerables carentes de apoyos, cuya vulnerabilidad se intensifica ante una situación de este tipo». Gran parte de las personas a las que atienden son consideradas población de riesgo. «Esto nos lleva a vivir con la incertidumbre sobre la salud de los usuarios y usuarias y en algunos casos lidiar con su pérdida. Con determinados colectivos resulta complicado asegurarnos a través de una llamada telefónica que han comprendido y están poniendo en marcha todas las medidas de higiene y prevención ante el virus».

Los profesionales de la intervención social hacen una labor importantísima a pesar del trato laboral al que siempre se han visto sometidos. Ayudan a multitud de personas a gestionar la soledad y las consecuencias del aislamiento. «Es muy frustrante no poder intervenir físicamente con ellas para apoyarlas. Tenemos una sensación de gran responsabilidad. Esto hace que llegues a tener el teléfono del trabajo todo el día encendido». Su labor también consiste en comprobar que las personas a las que atienden dispongan de alimentos o productos de aseo e higiene, para que se puedan tramitar ayudas si es necesario. «Algunas personas ni siquiera disponen de jabón de manos para poder interrumpir la cadena de contagios. Para las personas en situación de calle o que no disponen de medios para poder informarse es necesario mantenerlas al corriente de cuál es la situación general. Algunas desconocían la existencia del virus e ignoraban que se había decretado el estado de alarma. También las situaciones de maltrato y violencia de género se han intensificado durante el confinamiento», concluye Claudia.

¿Qué ocurre con quien no tiene donde confinarse? Sandra trabaja en un centro de acogida para personas sin hogar de SAMUR de Madrid, pero el servicio está privatizado. «La situación actual es que el máximo de protección que nos han dado es una mascarilla quirúrgica diaria, que a mediados de esta semana se gastaron. Hemos tenido que traer mascarillas de tela hechas por la familiar de una compañera. Seguimos en espera de los test, que supuestamente están pedidos pero no llegan». Todavía no tienen certeza de algún contagiado en el centro, pero dado que en muchos casos es asintomático y no disponen de equipos de protección se corre el riesgo tanto para trabajadores como usuarios. «Ellos también deberían disponer de mascarillas quirúrgicas para evitar que contagien a los demás, pero no tienen nada y siguen yendo a trabajar». A pesar de la situación de aislamiento, se siguen creando plazas y admitiendo a personas que no presenten síntomas. «No hay sitios para más camas, pero actualmente contamos con cuarenta y cinco personas a pesar de tener una capacidad máxima de treinta y cinco. Tienen que dormir en las zonas comunes».

En definitiva, da igual la gravedad de la situación en la que te encuentres. Tanto anteriores como esta crisis no hacen más que mostrarnos a parásitos haciendo caja del sufrimiento ajeno. El único desinfectante efectivo contra ellos es la organización popular y obrera, sin ella estaremos vendidos al mejor postor.

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