Una de estas tardes, cuando vi las primeras imágenes de los vecinos del barrio de Salamanca protestando en la calle, me asaltó un viejo recuerdo. Recordé cuando en el colegio nos llevaban de excursión a Madrid.

Para los hijos de los obreros de la periferia, el viaje a la capital era siempre una aventura exótica. Los altos edificios de oficinas, los bloques de amplios balcones, las grandes avenidas y los museos, las vistas del Retiro; todo nos resultaba majestuoso y extraño. Nada tenía que ver aquel paisaje con nuestros bloques de ladrillo, el campo de fútbol de tierra, las calles estrechas y las vistas al polígono industrial. Era otro mundo. Y en ese mundo había también otros pobladores. En ellos estaba la aventura cuando íbamos de excursión a Madrid.

Nos encantaba coincidir en el museo con los chavales de otros colegios, pero en especial, con los chavales de ese otro mundo en el que la ostentación era la norma identitaria. Allí estaban ellos, con sus uniformes de colegio privado y sus largos flequillos (una moda imperecedera), mirándonos expectantes y soberbios en la distancia, como diciendo “¿quiénes son y qué hacen estos desarrapados aquí?”. Recuerdo esa soberbia y esa chulería blanda de los que se sienten protegidos por la distancia.

Nosotros nos reíamos, porque en cuanto les descubríamos comenzaba la fiesta: primero miradas burlonas, luego gestos de mofa, después un discreto acercamiento a sus posiciones, el desplante retador de alguno de los nuestros, los insultos inevitables y más risas. Nos encantaba toda aquella liturgia. Si estábamos de suerte, el grupo de chicos del colegio privado respondía a alguna de nuestras llamadas. Era lo mejor que podía ocurrir, para nosotros. Porque era la señal que permitía avanzar hacia ellos, dispuestos a la pelea, tirarles lo primero que encontráramos, una lata vacía o una bola de papel albal. No había intención de hacerles daño, sino de dejar claro que allí mandábamos nosotros. En aquellos días de suerte, siempre intervenía algún maestro y por supuesto la sangre nunca llegaba al río. Para nosotros era suficiente con verles amedrentarse. Era hermoso, siempre lo hacían. Y emocionante. Y nos proporcionaba una inmensa alegría. Todas nuestras rencillas internas quedaban apartadas para disfrutar de la victoria sobre un enemigo común. Porque si algún niño pijo nos miraba por encima del hombro, todos sabíamos que había que alzar la barbilla y levantar los puños, si llegaba el caso.

Pues eso recordé al ver a los señoritos del barrio de Salamanca, blandos y horteras, como lo han sido siempre, protestando con la soberbia de quien se piensa que puede mirarnos al resto por encima del hombro. Y caí en la cuenta de que, posiblemente, muchos de entre esa panda de miserables que esta semana se paseaban azorados por Núñez de Balboa, creyéndose valientes, eran los niños de papá que, cuando salían de excursión al museo, nos miraban desde la distancia con sorna a los hijos de los obreros.

Y pensé lo hermoso que sería volver a coincidir frente a frente con ellos, todos nosotros, los desarrapados, los que jugábamos al fútbol en las hermosas calles y los infinitos callejones de los barrios obreros, los de los cerros con majestuosas vistas al polígono industrial. Todos nosotros, todos juntos. A buen seguro, los uniformaditos volverían a amedrentarse, porque si ya de niños eran unos mierdas, de adultos son peores aún, más blandos y por eso más chulos en la distancia. Se muestran muy aguerridos en la endogámica soledad de sus calles, ese Madrid mínimo, vetusto, caduco. Pero imaginaos qué harían si vieran llegar autobuses desde más allá de sus estrechos confines, y nos bajáramos de ellos, como en los días de excursión, orgullosos y con ganas de fiesta, los hijos de los obreros.

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