Desde el 9 de agosto, además de la pandemia mundial de la Covid-19, hay otra constante en los periódicos y telediarios… y es que las elecciones presidenciales de Bielorrusia de este año 2020 han dejado una importante estela de noticias y movilizaciones que, con mucho interés, se promueven desde la Unión Europea y se difunden desde los grandes medios de comunicación.

En Bielorrusia ha gobernado Aleksandr Lukashenko desde julio de 1994, año en el que gana las elecciones por una amplia mayoría. Se van renovando sus mandatos a través de las siguientes elecciones (2001, 2006, 2010 y 2015), hasta llegar a este año 2020. Los recientes resultados que le dan acceso a iniciar su sexto periodo como presidente del país, han sido denunciados por la oposición y ello ha generado una serie de movilizaciones por el país. Mientras algunos países como Rusia y China felicitaban al día siguiente a Lukashenko por sus resultados, otros países vinculados a la OTAN y a la UE promovían protestas enarbolando los manidos términos de “libertad” y “paz”.

Pero estos movimientos no son azarosos, en absoluto. Por un lado, vemos cómo desde hace décadas Bielorrusia y Rusia están reforzando sus relaciones a todos los niveles, en ese proceso sostenido que Rusia está llevando a cabo para controlar cada vez más los mercados, materias primas, transportes, etc. del entorno de la Europa del Este.

Y, por otro lado, el imperialismo de la UE, la OTAN y los EEUU está cada vez más por intervenir en los asuntos de terceros países (como han hecho históricamente para garantizar su hegemonía). En este camino, las contradicciones con otras potencias imperialistas son más evidentes, y más problemáticas. Esto genera un escenario propicio para aupar en Bielorrusia, y en otros países, candidaturas que permitan modificar el gobierno del país o, si eso no es posible, al menos desestabilizarlo.

Y en esas estamos. Reviviendo historias que ya hemos conocido más veces, porque este protocolo de funcionamiento se repite cada vez más a menudo, dado que estas contradicciones se expresan habitualmente en terceros países, camufladas de problemas internos, fraudes electorales, deficiencias democráticas, o lo que toque mientras suene creíble. Y entretanto, la clase obrera de estos países sufre las terribles consecuencias que les condenan al caos, la explotación, la persecución, etc. Es un esquema de trabajo del imperialismo que conocemos bien, pero no por conocido es menos peligroso. Al contrario, cada vez está más perfeccionado y son más hábiles buscando las razones públicas para sus guerras.

En el caso de Bielorrusia los intereses de imperialismo están claros, pero son sus aliados en la zona quienes más están implicados en el día a día del conflicto. Ucrania, Polonia y los Países Bálticos son quienes están a la cabeza de la lucha contra Lukashenko en la región. Estos países nos suenan, y no precisamente por alabar su gestión ni su respeto por los derechos democráticos y civiles. Pregonan la necesidad de “libertad” y “democracia” en Bielorrusia, mientras en sus países avanzan cada vez más rápido en la restricción de libertades y derechos para los luchadores de la clase obrera, poniendo cada vez más dificultades al trabajo sindical y a la actividad de los partidos comunistas.

No va a encontrar la clase obrera bielorrusa una salida en la alianza con estos países ni con las estructuras imperialistas que les azuzan. No, la historia ya nos ha enseñado cómo son las cosas en los países que protagonizan un capítulo de las guerras interimperialistas. Y mantener las cosas como están… ¿es esa una solución para el pueblo bielorruso?
Pues tampoco. Además de los muchos detractores de Lukashenko. también han salido, especialmente en las redes, grandes fans del Presidente. Es cierto que bajo su gobierno muchas de las necesidades de la población son ampliamente cubiertas gracias a la propiedad estatal de algunos sectores de la economía. Sin embargo, esto no es en ningún momento equiparable a un estado socialista, y es necesario dejar esto claro para no enmascarar el funcionamiento de las leyes capitalistas en este tipo de gobiernos.

Es una trampa elegir entre formas distintas de gobierno del capital, que varían en el grado en el que cubren ciertas necesidades populares. Este es un falso dilema para las masas obreras y populares de cualquier país, puesto que las bases del sistema de explotación siguen intactas.

Por ello, la actual tarea de los y las comunistas respecto a la situación en Bielorrusia es clara. Denunciamos alto y claro la injerencia extranjera en los asuntos del país y el intento de desestabilización del país. Y, por otro lado, apoyamos firmemente a la clase obrera y al pueblo trabajador bielorruso, que debe buscar su propio camino para la satisfacción de todas sus necesidades en un marco económico y político socialista.

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