La espantada de Juan Carlos I, en pleno periodo estival, ha sido el último episodio de una serie de escándalos protagonizados por la monarquía. Y la cosa no parece que vaya a calmarse. A la histórica facilidad de la Casa de Borbón para dar a luz personajes grotescos, se suman las investigaciones seguidas contra Juan Carlos en Suiza y, por primera vez, también en España. Por tanto, la cosa va a seguir dando mucho que hablar.

Espoleado por este esperpento, el debate sobre la forma de Estado ha recobrado actualidad. ¿Monarquía o República? Así se plantea el debate. A un lado se colocan los defensores de Felipe VI: PP, Vox, Ciudadanos y el PSOE, tratando de echar tierra a la cuestión. Al otro, una curiosa colación conformada por Podemos, con sus satélites, y la mayor parte de las fuerzas nacionalistas periféricas.

Obviamente, la posición del partido monárquico está clara. La posición del segundo partido, no tanto. En sus filas forman desde burgueses independentistas hasta soñadores pequeñoburgueses. El objetivo de los primeros está claro. El objetivo de los segundos es tremendamente difuso. En todo caso, su alianza se hilvana con la defensa de la elección democrática de la jefatura del Estado y con el rechazo hacia la corrupción (al menos hacia la Real). El debate se mueve en ese marco que, en esencia, es un marco burgués.

Sí, en el seno de la burguesía existen múltiples contradicciones que, en condiciones de crisis, se expresan cada vez con menos tapujos. Los capitalistas, grandes y pequeños, discuten en distintas lenguas con qué tejado conviene más cubrir el edificio estatal. Porque nuestra clase dominante tiene la suficiente experiencia histórica para saber que se avecina tempestad. Unos, pretenden que su edificio siga cubierto por la monarquía, siguiendo el refranero español: pues vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer. Otros, pretenden cambiar de tejado por otro que, según su opinión, cumplirá mejor su función, e incluso hay quien reivindica elegir por separado su propio tejado.

Estos últimos, los modernizadores de tejados, saben que al menos por ahora están en franca minoría, aunque la Casa Real parezca empeñada en echarles una mano. Y, precisamente por eso, apelan al pueblo, pues sin él no serán capaces de que triunfe su propuesta. Lo curioso en este debate de arquitectura política es que las clases dominantes sólo discuten del tejado, pero no del edificio sobre el que se asienta, construido sobre la base de la explotación de los trabajadores y de la miseria de buena parte de nuestro pueblo.

Al igual que las llamadas revistas de sociedad, incluidas sus más actuales expresiones, persiguen que los más discutan sobre las condiciones de vida de los menos —la alta sociedad— y aspiren a ellas, en el debate sobre la forma de Estado el pueblo está convocado a apoyar una u otra forma de tejado, pero ninguna de las propuestas burguesas le invita a entrar a palacio. De hecho, el edificio se hace para mantener a la chusma a raya y para proteger la sacrosanta propiedad de los dueños del país.

La burguesía, a través de sus partidos políticos, discute cómo reorganizar su fortaleza. Porque el Estado, al fin y al cabo, es eso: la fuerza organizada de la clase dominante contra los dominados. De alguna manera, nos llaman a discutir las formas estatales con las que mañana pretenden engrilletarnos. No debemos caer de nuevo en la trampa.

La clase obrera debe levantar su propio proyecto. Y eso pasa por derruir desde sus cimientos el edificio estatal de la burguesía, y sobre su solar levantar un nuevo edificio en el que quien quede fuera sean sus anteriores propietarios. Un nuevo edificio hecho a medida de la clase obrera, en el que tenga su espacio todo el pueblo trabajador, construido para defender nuestros intereses.

El aspecto fundamental de la lucha de clases es la organización del poder del Estado. Y a esa fiesta no están dispuestos a invitarnos ni los unos ni los otros. Frente a todos ellos, los trabajadores deben levantar su propia propuesta: la República Socialista. Qué duda cabe que tanto los propietarios actuales como sus conserjes nos dirán que eso no es posible, que nos conformemos con elegir el tejado que nos proponen, debemos responderles con nuestros propios planos y con nuestra lucha por edificar nuestra propia construcción.

¿Significa eso que no participemos del debate actual? De ninguna manera. Aplaudimos y estimulamos el debate, queremos que se dividan profundamente, que su edificio se agriete un poco más cada día, porque finalmente seremos nosotros quienes debamos derribarlo a mazazos. Además, no olvidamos que nuestro pueblo tiene una cuenta pendiente con la Casa de Borbón. Pero no nos conformamos con elegir propietario, queremos un edificio sin ellos.

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